Lucas Santos, el artista del pan casero

OFRECE SU MERCANCIA POR LAS CALLES Y REGALA MELODIAS CON SU CHARANGO

En estos tiempos no es fácil ganarse el sustento diario. Y no son pocos los que -obligados por las circunstancias- bajan los brazos; pero también están los que quieren algo más, y redoblan el esfuerzo.
Son épocas difíciles estas. Qué dudas caben… sectores medios de la población, y los de más escasos recursos sufren esas políticas económicas que nunca favorecen al pobre y que, por el contrario lo vapulean y lo van encerrando en un círculo del que cada vez le resulta más difícil salir.
Comercios que cierran sus puertas son fuentes de trabajo que dejan de existir, y es gente que deja de tener la posibilidad de llevar el sustento a sus hogares; y lo mismo sucede con los que en alguna empresa -en los últimos días- recibieron el telegrama de despido, con todo lo que eso significa. Y, además, los precios que aumentan todas las semanas y se tornan una barrera para las necesidades de cada familia.
La crisis golpea duro, y en esta circunstancia muchas familias la van sorteando -las que logran hacerlo- como pueden: se abren comedores comunitarios, proliferan los changarines porque tampoco la construcción ofrece en estas horas laburo, y porqué no decirlo, hay personas que están en problemas para conseguir lo que elementalmente necesitan para subsistir.
En ese contexto están los que -comprensiblemente- se abaten y no pueden encontrar el camino para salir. Que no es fácil, porque las circunstancias no ayudan.

Buscando el camino.
Otros tratan de escapar de esa suerte de encerrona apelando a la imaginación, y muestran la garra imperiosa para pelearle a las dificultades. Son los que no se entregan, los que se levantan cada mañana para ver cómo zafar, cómo seguir a pesar de que se las estén haciendo bien difícil.
Por estos días, en el diario ir y venir por la ciudad, se puede ver una pareja que montada en sendas vetustas y reacondicionadas bicicletas de reparto -esas que tienen una suerte de canasto de hierro adelante- van por las calles con un enorme canasto él, y con una caja ella: ¿qué llevan allí? Una mercadería muy especial, que no puede faltar en la mesa de los argentinos -en realidad podría decirse en estos tiempos que no debe faltar-: pan… pero pan casero. Que ellos mismos elaboran cada madrugada, religiosamente, de lunes a sábado.

Música de panadero.
Pero más allá de la venta del pan casero, hay otro detalle que no deja de llamar la atención, y que le pone al vendedor -sí, a él- un condimento especial y que por supuesto llama la atención. Detenido en una casa cualquiera, en un taller, en un comercio, o en la calle si allí se produce la venta, el joven sacará a relucir un charango y ejecutará con maestría algún tema… o en todo caso apelará al teclado, o quizás a la guitarra y regocijará así al comprador con una melodía. Casi como si fuera una “yapa” (¿alguien recuerda lo que era una “yapa?).
Y no podrá decirse que el recurso no es original. Sí, se puede decir que Lucas es el artista del pan casero.

Trabajar y estudiar.
Lucas Adrián Santos (24) es nacido en Mendoza -una circunstancia-, pero desde los primeros meses, con sus padres, Alfredo y Elvira (fallecida) y su único hermano David (31) vivió en Santa Rosa algunos pocos meses, hasta que se mudaron a Ushuaia.
A los 18 decidió radicarse aquí, entusiasmado por desarrollar su pasión por la música en el Crear. Desde entonces trabajó en dos panaderías -un comercio establecido, y otro que trabajaba encubiertamente-, donde hacía el trabajo de vendedor ambulante. “Creo que soy bueno vendiendo… y la verdad es que el comerciante que me ocupaba medio que no quería que estudiara, pero es lo que a mí me gusta, la música”, reafirma.

Ayelén.
Lucas hacía algún que otro viaje a General Alvear, en Mendoza, donde conoció a Ayelén. “La primera vez que la vi en la calle le pregunté cualquier cosa… y como para decirle algo más le pedí un vaso de agua. Pero nada más que eso. Después ayudó la tecnología, Internet, y nos comunicábamos de esa forma hasta que nos pusimos de novios”, comenta él.
y Ayelén precisa que “hace seis años que estamos juntos; y desde hace uno que tenemos a Olivia”, una gorda hermosa que revuelve todo lo que puede en la casa, mientras sus padres conversan.

-¿Y cómo surgió eso de vender pan en las calles?
-La verdad es que en un momento me di cuenta que no convenía seguir vendiendo para otros, porque cuando aumentaba el pan se achicaba el margen de mi ganancia.

A las 4 de la mañana.
Ayudado por papá Alfredo -también dueño de la vivienda que la pareja ocupa en el pasaje Sarratea-, pudo comprar un horno y comenzó con la elaboración de sus productos. “Me levanto a las 4 de la mañana todos los días, Ayelén un poco más tarde, y empiezo a hacer el pan”, dice mientras muestra el lugar donde hace la elaboración. “Empezamos con tortas fritas, y hacemos pan casero, criollitos, tortas negras, pan de semilla y pizzetas… y lo que tratamos es hacer en cantidades de forma que no nos sobre”, cuenta.
“Por ahora estoy laburando mucho… pero estos días porque es principio de mes, porque más adelante se complica un poco”, agrega.

Melodía.
“¿Cómo empecé a agregarle música? Bueno, contaba que es lo que más me gusta, así que un día salí con una armónica y le gustó a una señora; pero después me animé con el charango, la guitarra y también el teclado… y a la gente le gusta: le toco parte de un tema y le vendo. No puedo detenerme a tocarle una pieza completa porque no me alcanza el día para vender”, aclara.
Aunque no tiene patrones cumple horarios con cierta rigidez, porque hay que hacerse tiempo para llegar a tiempo a las clases del Crear. “Salgo a las 8 de la mañana hasta media mañana; y después otra vez a las 4 de la tarde, y la verdad es que no puedo cumplir todos los días con el estudio… pero los profes saben que me dedico a trabajar mucho y tienen cierta consideración. Porque mi sueño es ser profesor de música. Lo deseo con toda el alma”, se ilusiona Lucas.
Y sigue: “¿Después… no sé. Me gusta mucho Santa Rosa, pero también tengo el sueño de un día volver a Ushuaia recibido de profesor y poder dar clases en el Polivalente en el que hice el secundario”.

“La gente me alienta”.
Lucas confiesa que esa fuerza, ese espíritu que parece tener, a veces flaquea. “Ayer mismo estaba enojado, caliente porque no vendía bien… e increíblemente hoy todo el mundo me compraba, y alguno me decía: ‘dale, no aflojes’, como si supiera lo que me estaba pasando. Y así son las cosas”, resume.
Siempre pienso que detrás de cada persona hay una historia… que invariablemente uno se encontrará con gente que tendrá una particularidad para contar.
Y ese es el caso de esta pareja jovencita, llena de sueños, que no le escatima al esfuerzo. Aunque a veces se sientan desfallecer, pensando que todo es difícil, complicado… “Sí, es cierto, pero me gusta lo que hago, y le ponemos todo… me conocen en los talleres, en los comercios, en la Municipalidad, en organismos públicos. Por todos lados voy a ofrecer mi pan casero… Y algunos me apodaron: ‘El loco del charango’ me dicen. ¿A usted le parece?”, sonríe.
Lo que me parece es que está bueno que haya pibes como estos. Que se bancan las dificultades de estos tiempos, que también las sufren -es verdad-, pero que intentan pelearla, crecer y mejorar. A base de esfuerzo… y de trabajo. ¿No cree que, a su manera, son un ejemplo? Yo creo que sí… (M.V.).

Un justificado por Divididos
El jueves, en el Club Estudiantes se presentó Divididos, y Lucas Adrián Santos no se lo iba a perder… “Que me perdonen en el Crear, pero sabrán comprender que no fuera a clase”, dijo el joven. “Porque la verdad, no me pueden poner falta justamente por ir a ver y escuchar una banda como Divididos, ¿o no?”, dice y busca complicidad. Apasionado por la música, se le había ocurrido una idea loca: “¿Y qué pasa si logro que Ricardo Mollo me firme un papel a modo de justificativo. Sería un buen recurso, y un buen recuerdo”, agrega y se ríe.