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Marcelo Guerrero, alma de trotamundos

FUE MOZO, BARMAN, CAPITAN DE UN VELERO, PARACAIDISTA, GUARDAVIDAS Y EMPRESARIO GASTRONOMICO. Y ADEMAS ES CONCEJAL

Si algo no podrá decirse de él es que ha sido una persona sin inquietudes. Viajó por el mundo haciendo de todo un poco. Hoy concejal de la ciudad, revela no obstante que tiene un gran sueño escondido.
MARIO VEGA
En una época adolescente más allá de abrevar en algunos textos de distintas temáticas, pero muchas veces vinculados con lo fantástico (Julio Verne, por ejemplo) no pocos -hoy ya gente grande- nos entreteníamos con algunas revistas de aventuras que nos mostraban inexistentes y asombrosos personajes.
Eran épocas sin internet, ni teléfonos celulares ni tablet, sin las benditas redes informáticas que llegaron para invadirlo todo, y hasta nos fueron ocupando el tiempo y atentando contra nuestros deseos de leer…
Porque lo cierto es que, de a poco, las nuevas tecnologías lo fueron modificando todo. Si hasta descubro cada día que cada vez son más los que han perdido el hábito de repasar los diarios, que para nosotros -para los de mi época- era una cita obligada (y lo sigue siendo) de todas las mañanas.

Aventuras de Salgari y Sandokan.
Y ni hablar de libros, porque son contados los chicos y jóvenes sobre todo -y especialmente los que no están obligados por el estudio de una carrera determinada- que se habrán detenido a abrir uno alguna vez… Y esto no es exageración. Para nada.
Es simplemente mirar en derredor para observar a todo el mundo ensimismado en los teléfonos celulares para -de pasadita nomás- percatarse de qué está pasando por el mundo.
Hoy los adolescentes -hablo en general- no saben de Emilio Salgari y Sandokan, ni de El Corsario Negro, las aventuras de Nippur de Lagash, o sobre la epopeya de Gilgamesh El Inmortal. Todos personajes que si no eran en los textos del escritor italiano podíamos leer adaptados en revistas de historietas como «Intervalo», «El Tony» o «D’Artagnan». Ciertamente cuando muchachos nos atraían las películas de personajes como Tarzán el rey de la selva, Mowgli (Relatos del Libro de la Selva), y más acá el fabuloso «007 James Bond», y hasta el mismísimo Batman…
Sí, otros viejos y hermosos tiempos. Cuando soñábamos con aventuras fabulosas que nunca se iban a producir, aunque la imaginación volara alto. Muy alto…

Recorrer el mundo.
Hemos señalado hasta el cansancio que hoy en día los jóvenes tienen menos ataduras -que los que somos mayores- y un día cualquiera se aparecen con la idea de salir a recorrer el mundo. Y en ese derrotero son muchos los que deciden quedarse para siempre en otros sitios lejanos.
Pero antes no era tan común eso de vivir de país en país, de salir de recorrida buscando quizás emociones nuevas, de vivir episodios que nos acercaran apenas un poquito a aquellos fabulosos héroes de nuestras lecturas juveniles que de alguna manera pueden haber acicateado el deseo de andar el mundo.

Visitar 25 países.
Marcelo Guerrero (57), si uno lo conoce apenas, quizás no daría el perfil del trotamundos, aunque verdaderamente lo sea. Hoy concejal de la ciudad de Santa Rosa, parecería lejos de aquella persona que un día decidió que saldría de recorrida para visitar -y vivir algún tiempo en esos sitios- nada menos que 25 países.
«Creo que me quedó de aquellas lecturas juveniles ese espíritu de salir a conocer, andar… Pero esto no es nada, si tengo en cuenta que mis padres visitaron más de 60 países», empieza la charla.
¿Quién es Marcelo Guerrero? Devenido en político -tampoco aparecía hasta hace algún tiempo como habitué de ese círculo-, es un emprendedor santarroseño, vinculado sobre todo al negocio de la gastronomía.

La familia.
«Soy hijo de José Raúl Guerrero, argentino y de Carmela Caringella (hermana de Pepino), nacida en Bari, Italia, y venida a la Argentina a los 15 años con sus padres y hermanos. Llegaron a Santiago del Estero, donde se conoció con mi papá. Nunca más se separaron, hasta su fallecimiento», empieza su historia.
Tiene dos hermanas, Balbina (hasta no hace mucho trabajó en La Arena) e Isabel; y tres hijos: Florencia (27), Federico (25) y Santiago (10).
Marcelo hoy está en pareja con Eli, su apoyo, «la mujer que me hace reir todos los días», señala.

Padre gerente de hoteles.
El papá de Marcelo trabajó en su infancia como «chango cañero» en un ingenio de azúcar en Tucumán (donde nació), fue lustrabotas y repartidor de diarios, «hasta que empezó a trabajar en hotelería, como botones y finalmente terminó como gerente. Llegó a tener seis a cargo».
El padre era trasladado frecuentemente, por lo que vivió en diversos lugares, hasta llegar a Santa Rosa. «Con el tiempo papá accede a la concesión del hotel del Automóvil Club Argentino, frente de donde hoy está el Casino», completa.

Los estudios.
Hizo primaria y secundaria en el Domingo Savio. «Tuve una infancia maravillosa, rodeado de amigos, travesuras y muchos viajes a Lihuel Calel, porque papá también tuvo la concesión de la estación de servicio y el hotel de lo que hoy es el Parque Nacional. Los fines de semana durante años, los viernes, terminaba la escuela, me tomaba el Tus y viajaba a las sierras. Fue una época increíble de vivencias y contacto con la naturaleza», narra.
Vino el examen de ingreso a Mar del Plata para Abogacía. «No pude entrar así que al siguiente fui a La Plata, donde cursé tres años. Ahí me llaman y me dicen que papá había enfermado de leucemia. En ese tiempo construía un hotel detrás del ACA (los bungalow), pero vino un tiempo malo de hiperinflación y se empeñó… al poco tiempo falleció».

Pensando en empezar de nuevo.
La familia vendió «absolutamente todo para terminar el hotel, que abrimos con grandes deudas. Se hicieron cargo mi hermana Isabel con su marido Arturo (Gambulli) para darle una mano a mamá, porque yo volví a La Plata. Pero allá ya no tenía departamento, auto, tarjeta de crédito… No me quedaban ganas de seguir, fue una época triste y me puse a trabajar. Conseguí de mozo en una restaurante en el barrio ‘El Mondongo’, mientras mi amigo ‘Madera’ Kalinger me hacía el aguante en su casa».
Ante esa incertidumbre iba a empezar con los viajes: «Era una necesidad dar vuelta la página y empezar de nuevo. Y viajé a Italia.

A juntar la guita.
En ese momento un sueldo en Argentina era de 40 dólares, y allá rondaba los 1.000. Pero tenía dos problemas: juntar los 1000 dólares para el pasaje, y además que estaba de novio con quien sentía era el amor de mi vida, Andrea Rodríguez. Y no había ni internet, ni celulares… sólo cartas a mano que podían tardar seis meses en llegar», evoca.
En un momento fue con un amigo a Punta del Este, donde pensaban recaudar para el pasaje a Europa. Pero antes pasaron por Carmelo, entraron al casino, lo perdieron todo y debieron volverse. «En Mar del Plata conseguí laburo en un pub de la calle Alem que tenía una de las primeras canchas de paddle del país. Ahí estuve de barman y mozo y también era encargado de las canchas», puntualiza.

Viajando por Europa.
Ya instalado en Italia trabajó en un hotel donde «ganaba 1200 dólares. Cuando terminó la temporada viajé a Europa del Este, Bulgaria, Yugoslavia, Turquía, Grecia y Albania; y después con mi amigo Maxi (de La Plata) nos fuimos a Londres, donde llegamos con tremendo frío y lluvia. No sabíamos inglés y nos complicaba para conseguir trabajo… Por suerte al dueño de la casa donde alquilábamos, que era egipcio, le encantaba jugar al ajedrez, pero era malísimo. Así que todas las mañanas jugábamos una partida, si él ganaba pagábamos doble y si perdía no pagábamos la estadía… fue por un tiempito, porque el egipcio empezó a estudiar ajedrez y nos empezó a ganar: conclusión, a dormir en una estación de trenes».

Lavavidrios «de altura».
Habrían de conseguir trabajo en Londres: «Era peligroso pero bien pago: limpiábamos vidrios en los rascacielos… De verdad nos daba mucho miedo eso de trabajar en un andamio a treinta pisos de altura! En una semana juntamos para volver a alquilar una habitación y renunciamos porque nos daba pánico. Ahí fuimos de lavaplatos mientras aprendimos algo de inglés en una escuela pública», expresa.
Durante algún tiempo anduvieron de aquí para allá hasta volver a Cerdeña. Luego en Portorrotondo construían un gran hotel «y necesitaban albañiles y ahí estuvimos. Cuando se inauguró quedamos como mozos, con la suerte que al tiempito me designan encargado del lugar. El helado que vendíamos era increíble, tanto que al dueño se le ocurrió venderlo en yates y veleros que paraban en las islas vecinas. Me convertí en el capitán del gomón que llevaba los pedidos. Yo había dicho que sabía navegar pero… al principio me chocaba todo pero finalmente aprendí», se ríe.
Hacía un par de años que estaba lejos del país. «Me dieron ganas de volver sobre todo porque no había sabido nada de Andreita. Cuando llegué fue enorme mi sorpresa: a pesar del tiempo aún me esperaba… ¡Y morí de amor!», confiesa.

El día que fue Batman.
Marcelo decidió esperar a Andrea en Buenos Aires, mientras buscaba trabajo como actor. «En 1982 conseguí en una publicidad de Pepsi para televisión haciendo de Batman. Se grabó en Puerto Madero cuando era muy tenebroso y no lo que es ahora… toda una experiencia, pero lo más importante es que pagaban tan bien que solo con eso me alcanzo para vivir en Buenos Aires cuatro meses».
Mientras Andrea finalizaba su carrera -pensando en irse juntos a Italia-, Marcelo con su primo Ale (Caringella) abrieron un bar en Mar del Plata para la temporada. Volví a Italia para juntar el dinero necesario pero sólo conseguí un puestito como marinero en el yate de un señor que lo alquilaba para paseos: vivía al lado del mar, en un velero que nos daba el puerto con tres dormitorios, con cama matrimonial», rememora.

«Los tres chiflados».
Terminada la temporada regresó para abrir en Mardel «Los tres chiflados», que tuvo un éxito increíble: «Era pegado al edificio donde se suicidó Alberto Olmedo… el lugar se puso de moda y se empezó a llenar de famosos: Araceli Gonzalez, Pipo Cipollati, Víctor Laplace; Diego Latorre que estaba de novio con Zulemita Menem; jugadores de la primera de Boca, de Rácing… Teníamos abierto las 24 horas…». Luego iban a poner «Los Tres Chiflados» en Santa Rosa, donde no había pub. Lo ubicaron al fondo de la Galería 9 de Julio. «Otra experiencia maravillosa, siempre recordado por las mejores hamburguesas que se han hecho, según dicen», recuerda.

Casamiento e hijos.
Al poquito tiempo «Andrea me dio la noticia que estaba embarazada, y nos casamos. Una semana antes se me cortó el tendón de Aquiles y me casé en muletas y silla de ruedas… Andrea regresó a estudiar a Buenos Aires y a los nueve meses nació Florencia, que vive en Inglaterra y está de novia con un chico inglés. Es licenciada en Gestión de Medios y Entretenimientos y tiene un emprendimiento en Londres de pastelería vegana. Es mi consejera, mi sostén», la reconoce.
Andrea, recibida de Licenciada en Nutrición, volvió a Santa Rosa a trabajar en la Municipalidad a cargo de los comedores escolares, y enseguida sería Subdirectora de Compras y Suministros.

Un duro golpe.
Después lo inesperado: el examen de ingreso detectó un problema coronario. En esos días se había enterado que estaba embarazada, y luego de meses de cuidados nació Federico, hoy estudiante en la licenciatura de Marketing y Comercialización y también en Comercio Internacional.
La miocardiopatía congénita que le comprobaron a Andrea iba a culminar con un infarto y su fallecimiento con sólo 35 años. Su papá «Coro» había fallecido de la misma forma a los 33.
«Fue difícil pero siempre rescato que, a pesar de que ella sabía cuál iba a ser el desenlace en ningún momento perdió su sonrisa ni la vocación de servicio», dice Marcelo compungido ante el recuerdo.

Muchos emprendimientos.
Vendrían más adelante fiestas multitudinarias organizadas con su primo, Los Pinos, Los Médanos -llegaron a actuar Los Fabulosos Cadillacs-; y también es ese período, un paso por la Disco Piedra Azul y una nueva aventura: «Con mi amigo René Fité nos embarcamos en la construcción de ‘El Sol Open Bar’, una discoteca frente a la plaza, de tres pisos… Todo un desafío y muchísimas alegrías. Recuerdo que trajimos a una banda que estaba de moda, Comanche, y también tocó Pappo Napolitano».
Pablo Gorris, «el mejor RRPP que conocí, tenía igual que yo pasión por el paracaidismo. Hicimos el curso y nos tirábamos de hasta 5.000 metros… pura adrenalina, otra experiencia maravillosa. La nota triste es que mientras hacíamos el curso falleció en un accidente nuestro instructor, Milo Fernández Mendía».

A República Dominicana.
En tanto, «luego de tres años de éxito con El Sol, cerramos y ahí mismo abrimos El Sitio… al año me llamó Pablo desde República Dominicana y me invitó a hacer funcionar un bar en una playa que era un paraíso… fui con la idea de más adelante instalarme con Andrea y los chicos, porque todos somos amantes del mar. Cuando llegué el bar era un quincho de paja montado sobre cuatro palos, sin paredes, las mesas y sillas de plástico, una de cada color… ¡Un horror! Pero rodeado de palmeras y a 10 metros del mar. Lo transformamos en restaurante y ofrecíamos lo que el hotel no brindaba: langostas, camarones, carne a la parrilla, etc. En un mes fue todo un éxito».

Fiestas en Santa Rosa.
Igual volvió al país, ahora a poner en marcha «la famosa peña de Pavarotti los sábados… Una etapa muy linda, con muchísimo trabajo, pero de un éxito que aún hoy la gente que concurría lo recuerda». Al mismo tiempo se hizo cargo de organizar el Baile Provincial de los Estudiantes…
Pero vendría lo de Andrea y el mundo pareció derrumbarse para Marcelo… «Fue muy difícil seguir, con dos niños de nueve y once años que al final fueron los que me salvaron la vida. Sin ellos, no sé como hubiera hecho. Me concentré en el trabajo intentando pasar el tiempo que es lo único que alivia». Hoy la relación con la mamá de Andrea, María Rosa y con Carlos (su esposo) sigue siendo la ideal: «Nos juntamos para cada fiesta o acontecimiento», expresa.
Más adelante Marcelo ingresó en la Municipalidad, aunque le era complicado: «Los fines de semana me acostaba a las ocho de la mañana por mi trabajo, pero los lunes me tenía que levantar a las seis a trabajar», precisa.
Al tiempo iba a dejar Pavarotti y al año abrió nuevamente El Sol de los viernes; durante casi cuatro años. «Ya cansado de la noche, junto con mi sobrino Marcos abrimos una despensa en la Ruta 5,

Desembarco en la política.
Después vino la convocatoria del Colo Mac Allister, «aunque nunca estuve cerca de ningún partido… Y bueno, armamos el grupo de juventud de Propuesta Federal; y después me ofreceron hacerme cargo de la delegación del Ministerio de Desarrollo Social en la provincia. Intenté ayudar en lo que pude, pero en esos lugares tan sensibles siempre queda la sensación que lo que se hace no es suficiente. Más tarde me ofrecieron ir en la lista de concejales y aquí estoy, tratando de colaborar en mi rol de oposición», sintetiza.

Lo mejor está por venir.
Debo decir algo a esta altura. No conocía demasiado a Marcelo… sólo de algunas conversaciones ocasionales, pero descubrí que se empatiza fácil con él. Y agrego: en estos días, a cada uno que consulté sobre él me dejó un concepto parecido… «es un gran tipo», «buena gente», «muy buena persona». Y eso, en estos tiempos no es poco…
Sonríe ante este comentario… «Lo que digo es que todos los días debemos tratar de ser mejores, que solo no se salva nadie. Tenemos que dejar de lado los egoísmos, trabajar juntos, aprender a ponernos en el lugar del otro, sobre todo de los más necesitados. Ah!, y hay que apostar a la educación. Con eso, el trabajo y compromiso se hace grande a un país. Los jóvenes tienen que luchar por sus sueños porque todo es posible, sólo hace falta dedicación, constancia, trabajo… animarse a cambiar las cosas y creer en uno mismo», afirma Marcelo.
Y finaliza: «Por mi parte agradezco por mi familia, los amigos, la salud y todas las vivencias que tuve, a veces buenas y otras no tanto. Pero siento que aproveché lo mejor que pude dentro de mis posibilidades el tiempo que Dios me regaló. Y como siempre digo: lo mejor siempre está por venir».

CON LA SELECCION ARGENTINA
Traductor de Bilardo
Era 1990 y el Seleccionado de fútbol jugaba en Glasgow, Escocia, previo al mundial de Italia. Marcelo pasaba un par de meses en Londres, cuando la mamá de Maxi -compañero de ruta-, amiga de Carlos Bilardo porque era escribana de Estudiantes de La Plata, les dijo que tenía entradas. «Y fuimos… Habíamos hecho un cursito para aprender inglés y apenas si arrancábamos, e increíblemente terminamos siendo traductores de Bilardo en algunos reportajes… ¡Unos caraduras! Traducíamos cualquier cosa, pero ya éramos parte de la delegación. Si hasta dormimos la siesta en la habitación del Cabezón Ruggeri. Una experiencia inolvidable», se ríe.
No la pasaban bien en Londres: «Era difícil conseguir trabajo y no teníamos para comer: íbamos a los supermercados donde había degustación de fiambres y picábamos algo. Y a veces salíamos a mirar vidrieras y nos parábamos a ver dar vuelta los pollos al spiedo. Confieso que se nos escapaba un lagrimón del hambre que teníamos…», cierra divertido.

UNA OBRA POR LA «ESTRELLA DE MAR»
El actor que trabajó en teatro y en cine
Decía que Marcelo tiene un sueño escondido. Anduvo mucho, pero siente que tiene un paso más para dar. «Sí, a algunos se les ocurrirá una locura… pero quiero actuar», reafirma.
Lo que muchos no deben saber es que participó como extra en un filme muy conocido como fue «Los bañeros más locos del mundo»; pero también protagonizó una obra de teatro en Mar del Plata que ganó la «Estrella de mar».
¿Cómo fue eso? «Te cuento que primero se me ocurrió con un amigo hacer el curso de guardavidas en Mar del Plata. ‘Así cuando llego a Europa tengo algo más para defenderme’, pensaba… fue durísimo porque era todo el año, y la mayoría eran nadadores del equipo argentino, triatlonistas o profes de educación física. Y mirame a mí (se ríe, porque es más bien enjuto). ¡Los tipos unos físicos! Se nos reían, pero igual lo terminamos. Pero resulta que cuando llegué a Europa era en el Mediterráneo, y allí no hay olas, y tampoco guardavidas. Bueno, al menos fui con buen estado físico», se consuela.
En la película en que hizo de extra trabajaban Guillermo Francella, Emilio Dissi, Mónica Gonzaga… «A mí se me ve en la playa de pasadita por allá atrás», se ríe.

Estudiante con Alesso.
En La Plata había hecho dos años en la escuela de teatro de Agustín Alesso. «Me encantaba la actuación… me presenté en la audición de una obra que preparaban para la temporada de verano. Me seleccionaron para interpretar a Teobaldo, el primo de Julieta, en una comedia musical (una sátira) llamada ‘Romeo cantate un tango’: en la ficción me termina matando Romeo», señala. Trabajaba de lo que podía, intentando juntar el dinero para mi viaje a Europa, y lo del teatro estaba bueno, porque aparte que me gustaba mucho teníamos porcentaje de la entrada. Compartíamos sala con ‘Los Midachi’, que hasta ahí no eran tan conocidos. Ellos algunos días y nosotros de lunes a miércoles. En el estreno, lleno de gente… claro, invitados, familia, amigos, etc. Pero después la cruda realidad, 20 ó 30 personas en un teatro para quinientas, aunque la verdad es que era tan buena y divertida la obra que nos nominaron para dos Estrellas de Mar: Mejor comedia del verano junto con ‘Los Midachi’; y Revelación de la temporada a nuestra actriz que hacía de Julieta, compitiendo con Miguel del Sel. Increíblemente nuestra piba le gana la Estrella de Mar ¡a Del Sel! Pero lo bueno es que a partir de eso empezamos a llenar el teatro, con lo que pude juntar el dinero para viajar», completa.
«Y sí, es el sueño que tengo… quiero actuar, y voy a buscar esa oportunidad», dice ahora serio. Y por qué no, si el mismo Marcelo sostiene que «lo mejor está por venir».