Inicio La Pampa La superación de la "Maestra-montañista" pampeana

La superación de la «Maestra-montañista» pampeana

Si alguien conoce a la directora del Instituto de Visión Tecnológica, quien además da clases en el establecimiento en el primer año de la Primaria, no podrá suponer que detrás existe una mujer que -por fuera de su actividad docente-, ama la práctica de un deporte al que no todos se animan: el montañismo.
Mariela Edith Cerda es maestra -aunque además ocupe un alto cargo directivo en el establecimiento-, y pocos podrían imaginar a la alpinista detrás de esa persona que con afecto, con especial esmero, se ocupa de los infantes que requieren de su capacidad para dar los primeros pasos en eso del aprendizaje escolar.

De 25 de Mayo.
No obstante desde hace un tiempo -más allá de dar clases- Mariela se dedica con verdadera pasión al ascenso de cerros en distintos lugares del país. Si bien recientemente se dio el gusto de escalar el volcán Lanín, tiene un objetivo supremo para acometer este mismo año: hacer cumbre en el Aconcagua.
Nacida en 25 de Mayo -a las márgenes del Colorado-, vive en Santa Rosa desde sus 19 años, cuando llegó para estudiar Magisterio.
Cuenta que es hija de Emma Coggiola y de Quico Cerda, «cantautor muy popular en el pueblo», ambos fallecidos. «Papá era tractorista y trabajaba en el Ente Provincial del Río Colorado», precisa. Tiene otras tres hermanas mujeres, Yamila, Yanina y Patricia, y un hermano varón, Ceferino, «que él sí practica montañismo de verdad», agrega.
En pareja con una persona con la que comparte la pasión por la montaña, tiene tres hijos de su primer matrimonio: León -el conocido León Gamba, muy conocido como intérprete-, Bruno y Mateo.

Los estudios.
«Hice primaria y secundaria en 25 de Mayo… donde teníamos una vida tranquila, muy social, y nos conocíamos todos. Allá era la hija ‘del’ Quico, y ahora cuando voy me señalan de la misma manera. ¿El río? La verdad es que no teníamos mucha vinculación porque a papá le daba un poco de temor… no lo frecuentábamos mucho. Mi adolescencia también fue sana, de amigos, siempre muy divertida, en esas caminatas hasta la chacra de la Agrotécnica, con esos recuerdos lindos de tantos compañeros», evoca.
Después vendrían sus deseos de ser maestra, y para eso debió llegar a Santa Rosa. «Tenía esa vocación, porque ya le enseñaba a mi hermano, que empezó primer grado sabiendo leer», explica.

A dar clases.
Al principio la vida en una pensión, en la calle Gil, a pocas cuadras de la Escuela Normal. «El segundo año trabajé haciendo limpieza a la siesta en una compañía de seguros; y al año siguiente con la familia Antocci, que tenía relojería y puede decirse que casi me adoptó mientras estudiaba, e incluso una casa a la que iba a comer los domingos».
Recibida como docente, enseguida comenzó a dar clases en la Escuela 38… «Y me dediqué con todas mis fuerzas a ser maestra, maestra, maestra… y llegaron los hijos, León que se dedica a la música, Bruno que estudia traductorado de Inglés en Córdoba y el más chiquito que vive con él que será profesor de Educación Física», puntualiza. «La verdad es que la docencia es vocación, amo lo que hago, la escuela… estar con los chicos. Me encanta y las vacaciones me gustan pero se me hacen largas. Casi con enero me alcanzaría», agrega sonriente.

El deporte en su vida.
Practicó algunas otras disciplinas, como vóley en la Escuela 221, un poco de cesto, pedestrismo… pero necesitaba algo más. Después de concretar su divorcio no estaba con el mejor ánimo, y se aferró a lo que ahora es su pasión: «De la mano de Juan Carlos Rosignolo, quien me enseñó mucho, en 2009 hice mi primer ascenso y no me bajé más. Fue en el Cerro López, en Bariloche, y resultó maravilloso», dice como para convencer.
Con Rosignolo que «tenía un grupo en Neuquén, con amigos y primos y con algunas compañeras íbamos; pero cuando Juan dejó empecé a buscar otros grupos. Desde ese primer ascenso me di cuenta que podría hacer otra cosa, y que el montañismo llegaba después que se cortaba una etapa de mi vida. Fue como una salida…», dice Mariela.

Deporte de riesgo.
Si bien el autor de estas líneas ha practicado deportes -desde siempre-, cabe admitir que no se trataron de disciplinas como pueden ser alpinismo, paracaidismo, aladeltismo u otras que se entienden son peligrosas.
Mariela desestima el temor, aunque sabe perfectamente que tiene sus riesgos, «sobre todo en días de lluvia, cuando el terreno se torna resbaladizo; o cuando el desnivel es muy pronunciado como en el Lanín, que desde el principio se avanza a 45 grados», revela.
Es difícil a lo mejor para el que no hizo la experiencia saber qué se puede sentir, y la maestra-alpinista trata de graficarlo: «Se trata de mirar el paisaje desde otra altura, verlo todo desde arriba, incluso otros picos que están más abajo, o los lagos… Me encanta subir, y me hice amiga de la montaña; me da energía, allá arriba se encuentra la paz, y aunque suba con una mochila de 20 kilos no importa».

Ascendiendo cerros.
Como quedó dicho comenzó con la actividad hace 10 años, y desde entonces «vamos siempre al Tres Picos, en provincia de Buenos Aires, que es un cerro que hacemos para entrenar; pero también mucho al Oeste… Cerro Negro, Agua de Torres, El Centinela; y en Puelén, El Escorial y el Amarillo. El Tres Picos lo hice como diez veces; ocho el Champaquí en Córdoba; y también Los Gigantes, los Penitentes… aunque tengo una deuda pendiente: en el Aconcagua llegué a los 5.500 metros… Pero no va a faltar mucho para intentarlo, y sé que voy a hacer cumbre en el techo de América», reafirma.

«Gana la montaña».
No le resulta fácil responder una pregunta… «Y, es difícil… escalar o dar clases… son cosas distintas… Pero si me apuran me parece que gana la montaña. Me gusta llevar gente y entusiasmarla para que se animen; y tengo un grupo de tracking, que nos llamamos ‘Los Pamperitos’, junto a 6 ó 7 amigos. Soy la que se ocupa de llamar a los refugios, la que los ‘obliga’ a salir a caminar… Y bueno, compartimos los gastos y arrancamos», narra.
Mariela cuenta cuánto le gusta eso de preparar la mochila y arrancar para la montaña… «Me hace muy feliz, y mis hijos lo entienden, aunque están pendientes cada vez que salgo… Les digo que me voy y los llamo cuando bajo, cuando estoy segura ahí me comunico con ellos», completa.
Y alguien se puede preguntar qué pensaría si la madre le dice, muy campante, «me voy a subir una montaña»… No debe ser fácil para los que quedan aquí abajo. ¿O no?

Por la superación.
Cualquiera puede suponer -máxime los que nos quedamos en tierra firme, y estamos convencidos que nunca nos atreveríamos a semejante experiencia- que el alpinismo debe ser atrapante para quienes lo llevan adelante.
¿Porque contra quién se compite? Podría decirse contra la propia montaña, o aún mejor contra uno mismo… en eso de lograr la superación, de conocernos más como personas en medio de esos paisajes que -se nos ocurre- nos deben devolver la verdadera dimensión de lo que somos ante la magnificencia rotunda de la naturaleza.
Sí, debe ser apasionante… tanto como para que una maestra -que ama la docencia-, experimente dudas sobre lo que más le gusta hacer en la vida: ¿dar clases, o trepar una montaña? ¿Con qué nos quedamos, Mariela? (MV).

A fin de año, cumbre en el Lanín
«Fueron tres años intentando el Lanín, hasta que el 29 de diciembre hicimos cumbre con un compañero… una persona que no conocía, y se sumó hasta llegar a los 3.776 metros», cuenta Mariela Cerda.
Explica que se trata de un terreno «muy empinado, tiene pendiente de 45 grados desde el principio y los últimos metros son bastante difíciles. En un momento no daba más y mi compañero me dice: ‘Caminá un poquito que ya llegamos’. Y así era nomás… Todo el trayecto nos demandó dos días: el primero salimos a las 8 de la mañana y llegamos a las 15 al refugio, donde hicimos noche. A las 2 de la mañana nos levantamos y empezamos a caminar, y pudimos hacer cumbre a las 8 de la mañana. Ahí nos abrazamos, y bueno… sí, lloré», admite risueña.
«Un rato nos dedicamos a mirar el paisaje, los picos de otros cerros más abajo, y después emprendimos el regreso a la camioneta que nos esperaba donde llegamos a las 6 y media de la tarde», rememora. «Es maravilloso ver los lagos, toda esa preciosura que tiene la Patagonia visto desde arriba. Es una postal inigualable», sostiene.
Recién al volver a un lugar seguro se pudo comunicar con sus hijos y darles la buena nueva… «Ellos están expectantes siempre… pero no quiero llamarlos a cada rato, porque por ahí las comunicaciones no son buenas, y si no entienden bien lo que les quiero decir se pueden preocupar… Por eso elijo hablarles cuando ya estoy de vuelta», completa.
En el final Mariela señala que «fue una suerte de regalo de fin de año que me hice…», y además sería como un aperitivo para lo que viene: «Sí, el Aconcagua es mi gran objetivo. Y ahora estoy segura que voy a poder», concluye.