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Mario Aguerrido, el abogado impertinente

VERBORRAGICO Y VEHEMENTE, DICE LO QUE PIENSA SIN PENSAR A QUIEN PUEDE MOLESTAR

Anda ya por los 40 años del ejercicio de la profesión. Es un abogado polémico a veces, que puede mostrar en un momento su cara más agria, o de pronto transformarse en un tipo afable y hasta simpático.
MARIO VEGA
Si alguien menciona al «Colorado» Aguerrido, si simplemente se alude a él en esos términos, dejando de lado el «doctor José Mario Aguerrido» (60), difícilmente no haya quien no tenga una opinión determinada de su persona. A favor, y a veces en contra… pero es bien probable que a nadie le resulte indiferente…
Su modo de decir arrogante, su verborragia, su despreocupación por las formas, su modo de presentarse -sin demasiados protocolos, casi desentendiéndose de ellos-, lo muestran habitualmente como un profesional desacartonado pero perspicaz y atento a su trabajo.

Los personajes.
Repito que siempre habrá personas que resulten especiales -al menos para algunos-, y que no pasarán desapercibidas. Por las circunstancias que fueren… Lo reitero cada vez… usted, él, yo… cualquiera de quien se trate será un personaje para alguien. Todos, de alguna manera, por alguna circunstancia, en un momento de la vida seremos observados de una manera determinada. A veces despertando admiración, o repudio, o algún tipo de consideración que puede o no estar acertada en relación a las características de una persona.

Mario, el impertinente.
A veces antipático, muchas otras fastidioso y casi siempre impertinente, Mario (pocos usan el José en primer término), es un abogado que litiga en el foro local (tanto en lo civil como en lo penal), y que -más allá de diferencias circunstanciales- es reconocido y respetado por sus colegas.
Pero detrás de Mario Aguerrido, de ese abogado duro, áspero, que suele mostrarse públicamente, hay un tipo sensible… de esos que prefieren esconder sus facetas más íntimas detrás de una máscara de rigidez, por más que él se encargue de expresar que «tímido no soy».

El juicio de la estafa a la Quiniela.
Creo que lo conocí, o lo registré por primera vez en un juicio oral y público que resultó para mí una fantástica experiencia periodística. Se debatía allí un hecho singular, que no habrá sido «el robo del siglo», pero sí una picardía -en realidad una estafa con todas sus letras- de un grupo de personas que hicieron saltar la banca de la Quiniela Pampeana. Nada menos. No es que tuvieran una «martingala» o fueran adivinos para acertar cada viernes el número que salía a la cabeza… pero se las ingeniaron para jugar y ganar -y no de «gamulina» (¡qué término!, ¡qué grande estoy!)… bueno, Mario fue defensor esa vez -muy joven aún- de uno de los imputados.

«Colores» Aguerrido.
De allí para aquí hemos mantenido sino una relación de amistad, sí creo que de mutuo respeto. Porque valoré su capacidad profesional, y no le di demasiada importancia a esa actitud de arrogancia con que suele hablar. Discutimos alguna vez -casi siempre tuve razón-, pero coincidimos en algunas muchas otras (los dos simpatizamos con «el más grande»). Y más allá de diferencias, debo decir que me parece un buen tipo…
«No me molesta que me digan ‘Colorado’, ‘Colores’, ‘Colo’, ‘Rojo’, no me incomoda porque de chiquito estoy identificado así… por ahí no me gusta que me digan ‘Ruso’, pero no sé porqué…», señala.

Quién es Mario Aguerrido.
Hijo único -¡y se le nota!- de Nilda Turnes (prima hermana, «y con trato de hermana», del inefable Ramón Turnes); y de Ramón Aguerrido, que fue conocido gran deportista y falleció muy joven -con sólo 48 años-, (jugador de fútbol, básquet y paleta: se lucía en el frontón de la vieja cancha de Los Malandras de la calle Centeno). El padre de Mario también supo ser árbitro de fútbol y de básquet -con lo que tuvo inolvidables anécdotas que su hijo recuerda perfectamente- y trabajó en el Banco Hipotecario Nacional.
«Empecé la primaria en la 38 (hoy Avenida San Martín Oeste, Roca al fondo en aquella época), seguí en el Santa Rosa College, un adelanto a los tiempos que vendrían; y después de quinto grado y el secundario en el Domingo Savio… Y tengo mil anécdotas de ahí… con los curas De Vito y Pebere… Todavía todos los años nos juntamos con los que terminamos la secundaria (Daniel Sutil, Omar Rodríguez, Toto De Fonteynes y Raúl Gallego entre otros)», precisa.

Aquel pibe.
Y sigue: «Una época hermosa, con fútbol en la cancha de baldosa, no tanto en la de ladrillo, y ahí me las tiraba de centrodelantero goleador. En ese mismo tiempo un paso fugaz por inferiores de Belgrano y el básquet en Fortín, aunque no me destacaba. Era uno más…».
Primeros años en la casa de su abuela materna, en el barrio de la zona de la cancha de Los Malandras, en Juan B. Justo y Cervantes, «la infancia con los Costabel, Depetris, los Carassay, Aquaroli, Miguel Crespi, los Bartolozzi que eran tíos del corazón… La panadería Oeste de los Depetris era como mi casa, y me gustaba hacerlo enojar al pobre Alejo (falleció hace poco)… pero después venía la reconciliación y me llevaba alguna tortita negra…», sonríe. Era el más chico del barrio, casi una mascota… Después la familia se trasladaría a la calle Entre Ríos y Larrea, en Villa Alonso…. «tendría 7 u 8 años y era un tiempo de baldío y mucho fútbol, con Miguel y Gustavo Díaz, alguna vez Cacho Bornes, el Nene Ondicola (iba a fallecer en un accidente, muy joven), y algunos otros».

Aquel «guacho» preceptor.
Mario expresa que su madre lo tenía «al trote con el estudio y mi viejo con la disciplina… Una vez nos agarramos a piñas con otro a unas cuadras del cole… Fue empate -juzga-, y al otro día nos esperaba Larraona, el secretario del Domingo Savio, y me preguntó: ‘¿Qué le pasó en el ojo Aguerrido?’. Justo venían las vacaciones de invierno y contesté que nada… no quería que me amonestara justo ahí… Me fui a casa y pensé que había zafado, pero cuando llegué mi papá estaba leyendo una nota… Querés creer… ¡El tipo me mandó las amonestaciones por Correo!», se ríe ahora con ganas.
«Mi viejo lo entendió, pero mi mamá me hizo hacer trescientos problemas de regla de tres simple… salí hecho un matemático. Larraona terminó vendiendo libros de Derecho y lo hablamos alguna vez… ¡Un guacho!… ¿o no?», vuelve a reír.

Primeras salidas.
Vivió una época tranquila como adolescente… «A los catorce años sólo interesaba jugar al fútbol. No había televisión sino a partir de la hora 18, y un aparato blanco y negro cada dos o tres cuadras… Las salidas estaban restringidas al matineé de las dos de la tarde en el Cine Monumental, o a ver películas nacionales los miércoles por la noche en el Marconi. Iba con mi madre, y papá nos esperaba jugando al chinchón en la vieja confitería El Centenario… Y me quedaba asombrado mirando el entorno y me parece verlos: Falchi, Atenas, el enfermero Pérez, el mozo Salvador, Fernando Domínguez atrás de la máquina de café…y las mesas con paño… Son recuerdos de un tiempo que ya no es, y cada vez que paso por la esquina me acuerdo de esos momentos», se pone nostálgico.

A estudiar abogacía.
Transcurrían los finales de 1976 cuando los padres, cenando, le proponen que vaya a estudiar Abogacía a Santa Fe. Y se emociona de verdad el «Colo» al evocarlo. «Me gustaba mucho la Historia y pensaba en quedarme acá a estudiar… ‘Nosotros estamos dispuestos a que vayas a estudiar Abogacía… creo que el sueño de mis padres era que fuera como Ramón Turnes, que en ese momento en la familia de mi madre era como el ejemplo a seguir… Medio dudé, y mi viejo me hizo entender que era un sacrificio para ellos, pero que tenía que estudiar; así que aprobé el ingreso, y en marzo de 1977 me instalé en Santa Fe», recuerda.

«Me la banqué».
Una pensión, la habitación compartida con alguien que -después lo sabría- era pastor evangelista… «Ese mismo domingo vi el primer partido de futbol de AFA de mi vida: All Boys/Colón… El primer mes me quedé sin plata a los diez días, pero me la banqué, y no me volvió a pasar. En poco tiempo aprendí a lavarme la ropa y a administrarme».
En la ciudad había muchos pampeanos estudiando: los hermanos Adrián y Bebe Sánchez, Carlos Matei, Oscar Barroso, Mario Ríos, Ricardo Flórez, Hugo Hernández, Moslares…

Un gran dolor.
El primer freno que iba a recibir en sus estudios fue el fallecimiento de su padre, el 11 de noviembre de 1978. «Me avisan que me viniera a Santa Rosa porque papá estaba mal… Era diabético, pero había estado un par de meses antes y nunca lo había visto tan bien… En ese momento yo andaba por los 18 años, y la relación era ahí muy buena. No llegué a despedirlo», se pone triste con la añoranza.
Volvió a Santa Fe, metió dos materias que estaba preparando, pero el problema vendría después… Pasó que por un tiempo no pudo seguir el ritmo de la carrera… el golpe había sido demasiado duro.
«Confieso que los momentos más dolorosos en mi vida fueron cuando, en poco tiempo, partieron las tres personas que más amaba: mi papá, mi abuela materna y mi mama»,

El abogado.
El 28 de agosto de 1982 rindió la última materia, Derecho Internacional Privado, y llegó el momento del regreso.
«Ramón Turnes me llevó a trabajar con él, en función de una promesa que le había hecho a mis padres. Aprendí, pero no había lugar físico ni de hecho para mí; porque Ramón, no por malo, pero sí porque tenía mucha personalidad no le gustaba mucho delegar. Entonces me fui», expresa.
Vendría su casamiento en 1983, el nacimiento de sus hijos mayores, Gonzalo (36) y Costanza (32); y paralelamente empezó a trabajar con Tierno. «Pero me fui haciendo solo… mirando, escuchando, y sobre todo poniéndole horas a la gente y al estudio… Y aquí estoy, después de casi 40 años», narra.

Aparece Brenda.
Es sincero Mario al contar su vida. Y casi se puede decir que no se guarda nada. «Hago muchas cosas en lo profesional, porque entiendo que el medio no da mucho para hacer una sola cosa. Lo que más me gusta es lo Penal pero no descarto otras cosas, porque considero que tengo conocimientos teóricos y prácticos diría de todas las ramas del Derecho, con algunas excepciones», reconoce.
Se le ilumina la mirada cuando repasa un momento «especial» de su vida… «De la profesión, lo mejor que me pasó… sí, es haber conocido a Brenda, mi esposa, con quien tenemos dos hijas, Zoe (16) y Paz (14)».

Hombre insistidor.
Y le gusta seguir con el tema: «Sinceramente agradezco una audiencia del mes de marzo de 1997 (¡cuánta precisión!)… hacía muy poco me había separado de mi primer matrimonio, y fue el momento en que nos cruzamos con la Flaca, defendiendo gente: ella a uno y yo a otros. Enfrentados en una querella», sonríe con el recuerdo.
«A partir de allí la empecé a buscar hasta que la encontré. También merced al ejercicio profesional: me llamó por un trámite y aproveché y la invité a cenar… Creo que a la vez número diez que la invité aceptó. ‘Pero sólo a cenar’, dijo… y bueno, acá estamos, y llevamos 23 años juntos», precisa.

El empresario de la noche.
También incursionó en la movida nocturna de la ciudad y es fácil recordar al boliche Pavarotti. «Fue una fantástica movida que generamos ahí, y los miércoles universitarios ya son historia en la movida nocturna local…Tiempos de mucha exigencia, mucho compromiso… éramos el único matineé de la ciudad, y eso hizo que muchos padres me encargaran que cuidara a sus chicos», dice Mario.
«Era abogado de día y empresario de noche, y en ese ambiente conocí gente de todo tipo. Fue entre 1998 y duró hasta 2010, y nos fue bien y mal… me guardo para mí las consideraciones. Lo pudimos enderezar a partir del 2000 con unos amigos -Heraldo, Eduardo y Sergio-, con los que armamos lo que fue Pavarotti con el tiempo…».
Cuando esa aventura concluyó, habría de influir -impensadamente- en su vida profesional. Fue un dato que lo privó de hacer carrera en el Poder Judicial.

Mario y el fútbol.
Arrebatado, vehemente, entusiasta, Mario tiene por el fútbol una pasión fenomenal. Fanático de River -fue a Madrid a verlo campeón de la Copa Libertadores contra Boca-, por All Boys y… por el Barza. «Lo vi a Messi en 2011 ganar la Champions al Manchester United en Wembley… fue la entrada más cara de mi vida», expresa.
Después se extiende sobre Lionel o Maradona: «Los dos… Me quedo con Messi, pero a Diego le empecé a tomar cariño ahora… lo veo grande, roto. Merecería otra vejez… Veo los partidos de Gimnasia porque además Brenda es hincha del Lobo», completa.
Pero además le suma sus deseos -que mantiene aún ocultos- de un día hacer el curso de director técnico, y quizás de volver a All Boys para contribuir a ponerlo «más arriba» (fue su vicepresidente más joven cuando comandaba el club Claudio Pérez Martínez).

Una rivalidad que sigue.
Alguna vez jugó al fútbol oficial en la Primera B de la Liga Cultural, pero después primero como jugador -alguna vez como director técnico-, incursionó en el fútbol de profesionales.
Le sale el «Colorado» Aguerrido auténtico cuando habla del fútbol de abogados… «Lo mejor, el equipo de ELBE Abogados… no habremos hecho cancha, ni tenemos equipo de hockey, pero el primer título para el Colegio de Abogados lo trajo ELBE, y veinte años después a algunos todavía les duele en el alma, aunque digan que no… Fue en Viña del Mar en 1996. Hay que acordarse: fuimos un grupo descartados de Abogados A y terminamos saliendo campeones latinoamericanos. La Pampa había perdido la final tres veces seguidas, y esa banda lo consiguió… para algunos una lección de que el fútbol es un juego…y si sos medio pillo/vivo mejor…», acota.
¿El equipo? «¡Equipazo! Jugaban El Negro Orozco, Pablo Girard, Carozo Fernández (sí, el vicegobernador), yo y Sergio Díaz, Román Fiorucci, Trombicki y Falciola -el mejor de todos los que vi jugar como abogado-, Kallinger, Martínez, Rovito, Natalio Perés, Pérez Funes y Lisandro Ranocchia… y el Gaucho Díaz, que era el alma mater».
Y sigue: «En la semifinal en Chile le ganamos 4 a 0 a Abogados A… eso marcó un quiebre en la relación de muchos abogados del medio tanto a nivel personal como profesional, aunque parezca mentira…», sonríe satisfecho con el recuerdo.

Lo que viene.
Todavía falta para el balance final… y bastante. Pero sí hay lugar para algunas reflexiones, de lo vivido, y de lo que viene. «Quedan cosas pendientes, y algunas quizás esté a tiempo para intentarlas… ya digo, el curso de DT, hacer algo más de periodismo deportivo (escribió una columna en El Diario, y participó de un programa radial). Eso se puede intentar, pero lo que no se puede cambiar es el no haber podido disfrutar más con mis padres mi carrera profesional… Porque al final somos actores de un libreto que escribe otro… ¿O no?», reflexiona.
«Quedan unos años más de profesión, y después viajar por allí, que no lo hice lo suficiente… Están los amigos de la profesión (los hermanos Sánchez, Mauri Paloma)… y otros como Juan Matus, vecino de mi casa en calle Larrea, que siempre me escuchó, o el Vasco Berrueta que es incondicional».
Expresa después: «A veces pienso que debo aprender a vivir, a disfrutar un poco más. Entender que no todo en la vida es trabajo y responsabilidades; aunque siga como el primer día, cuando todo eran sueños e ilusiones… Hoy son sólo sueños… no ambiciono muchas cosas más, más allá de estar bien y tranquilo. Y sí, en algún momento llegarán los nietos. Ya veremos…», se pone un poco serio.
«Dicen que soy antipático, y me tienen que conocer… Dicen que soy loco… pues me conocen», y un poco que se define y larga la carcajada.
José Mario Aguerrido. Un abogado que no tiene pelos en la lengua. Tómelo, o déjelo.

«Desayunen con asfalto».
«Juez o abogado… son cosas distintas. El abogado pelea todo el tiempo contra el sistema, con sus clientes, con sus colegas… Pero además luchamos contra un sistema donde otros abogados -los jueces- tienen todo servido: empleados, papel, teléfono, etc… y aún así muchas veces no hacen las cosas bien». No se priva de decir nada Aguerrido.
Y continúa: «Y no pasa porque te den o no la razón, pero sí por no perder sin fundamentos… Los jueces en general no tienen idea de lo que es el ejercicio profesional y de la interacción que hace el abogado con la gente… Ni idea. Si la tuvieran, créanme, todo sería mejor para esta profesión y para los justiciables».
Y afirma: «Siempre digo, para ser juez concursen, estudien… pero desayunen con asfalto durante un tiempo, porque no todo es gabinete y libro. Y para peor en algunos casos sólo hay gabinete…».

El camarista que no fue.
Hoy considera que fue «una mala idea» presentarse en 2009 a un concurso de camarista federal (había dos vacantes en el TOF). «Terminé segundo a 50 centésimas en el concurso de oposición y antecedentes… Después, fuera de término, me impugnan las Madres de Plaza de Mayo por ser empresario de la noche y socio de Tierno. Ahí supe que la familia judicial nacional no me quería en sus filas. La intervención de las Madres fue armada por un demandado mío, un colega y otro señor muy poderoso del medio. Ellos saben que yo lo sé…».
«Pasé de un plumazo de segundo a quinto en el orden de mérito… En el Consejo de la Magistratura, estaban todos, tuve un cruce con su presidente Luis Cabral. Este terminó ejecutando otra arbitrariedad preguntando cosas de mi vida personal y sacando papeles. Era evidente que me estaba esperando…incluso hacía referencia a cuestiones anteriores al concurso… Me hizo dos preguntas técnicas que contesté bien, y pasó 45 minutos preguntándome por Pavarotti… Conclusión: eché al carajo a todo el Consejo de la Magistratura. Por supuesto me terminaron eliminando porque decían había mentido sobre que no tenía un boliche -había sido algo muy anterior a Pavarotti, en el que fui socio minoritario-. Sé quienes lo armaron todo…», dice y menciona algún nombre conocido. «Todavía me acuerdo del titular de LA ARENA», dice ahora sin rencores.
Participó también de algún otro concurso en la Provincia: «Uno me ganó alguien que tiene más cursos y postgrados… En otros dos quedé ternado, y eligieron a otro… No sería para mí. Ahí decidí seguir en el ejercicio profesional», termina.

Sacrificio de madre.
El 11 de noviembre de 1978 falleció su papá. «Quedamos solos con mi madre… Se me vino el mundo abajo, y estuve más de un año rindiendo y saliendo mal…», recuerda.
Nilda no lo dudó: se fue a vivir a Santa Fe para acompañar a Mario… «Desde fines del ’80 al ’81 metí 17 materias para recibirme en agosto de 1982», rememora.
«Mamá no quería que yo trabajara, y allí fue… a limpiar casas por Santa Fe; y hasta a cuidar a dos viejitos. Vivíamos los dos en el fondo en un cuarto con techo de chapa, y el baño en el patio… Ahora me doy cuenta lo que hizo mi madre para que me recibiera, porque creo que su sueño era verme abogado… Por eso lamento que papá y mamá no me puedan ver ahora profesional y trabajando», señala Mario y en sus ojos rojizos se adivina que no puede con la emoción que le estalla en el pecho…