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Medio siglo en la ciudad

«Tintorería Tokio informa a toda su clientela su cierre definitivo», fue el mensaje publicado días atrás en LA ARENA, que además de agradecer a clientes, avisó que hasta el 15 de mayo se realizará la entrega de prendas.

«No es un cierre por temas económicos, sino que se cierra porque cumplió un ciclo», aseguraron Marcela y Patricia Giménez, hijas de Juan y María, los dueños de «Tokio» que, en pleno aislamiento, transitan estos días entre cierto duelo y mucha nostalgia, por lo que prefirieron no hablar sino a través de ellas.

En este caso, se trata del cierre de uno de los comercios emblemáticos de Santa Rosa, con 49 años de trayectoria y una clientela «de toda la vida», que ahora se encuentra con la disyuntiva de adónde llevar a lavar sus prendas ya que «para los clientes nunca fue lo mismo venir a Tokio o a otra tintorería, y eso es cosecha de ellos», relató Patricia.

«Ellos» son Juan y María, que compraron el comercio en 1971 y llegaron a tener dos sedes y entre seis y siete empleados. Sumado a eso, una clientela amplísima que eligió desde un principio llevar sus prendas a «Tokio», una tintorería cuyo nombre logró posicionarse en la ciudad y en la provincia, y que sin dudas deja un legado.

Historia

Según contó Marcela, Juan, su padre, era empleado de «Tokio», que hasta 1971 era de Walter Nieto, quien la había fundado unos años antes. «Cuando la pudieron comprar, papá y mamá se casaron y comenzaron a formar la familia», explicó.

En ese sentido, su hermana relató que la tintorería llegó a tener dos sucursales, una a metros del local actual y la otra en la calle Avellaneda 149, hasta que a principios de la década del ’80 el matrimonio compró el local de Avenida San Martín Oeste 255, en ese entonces Avenida Roca, como señala la impresión que llevan las perchas de «Tokio».

«Mamá atendía en el local de la calle Avellaneda, donde tomaba prendas que llevaba al local donde estaban las máquinas. Eso fue durante varios años hasta que tuvieron más hijos y mamá dejó de trabajar. En 1982 papá compró el local actual y la tintorería se unificó acá», expresó Patricia Giménez.

«La tintorería es todo»

Al ser consultadas por un cronista de este diario respecto de lo que significa «Tokio» para la familia Giménez y para la ciudad, las hijas del matrimonio no dudaron en soltar un vehemente «es todo».

«Para ellos fue muy difícil decidir cerrarla porque era una forma de vida que tenían, era su actividad social. Tuvieron una infancia muy difícil en la que los dos la tuvieron que pelear mucho y la tintorería fue su salvación», explicó Patricia.

Además, ambas hermanas coincidieron al expresar que «fuimos creciendo y pudimos ver el amor que tienen los vecinos de Santa Rosa, los clientes, con la tintorería y también con ellos. Nunca fue lo mismo venir acá o a otra tintorería, y eso es lo que cosecharon».

Si bien tomaron caminos distintos en términos profesionales, los cuatro hijos del matrimonio Giménez saben hacer el trabajo de tintorería. «Todos hemos venido a ayudar en algún momento, ya sea para cubrir algún reemplazo o para dar una mano cuando se juntaba mucha gente. Incluso todos nuestros hijos, sus nietos, han pasado mucho tiempo acá desde bebés», relata Marcela.

Dedicación

Al repasar la historia del comercio familiar, entre perchas con prendas y etiquetas, las hijas del matrimonio Giménez, por estas horas encargadas de entregar las últimas prendas que fueron lavadas allí, coincidieron en que ser tintorero se trata no sólo de ser dueños, sino que «todo tiene su técnica». María y Juan las tenían.

«No es fácil encontrar o hacer un buen planchador; Papá lo hizo toda la vida con planchas a vapor y eso tiene su ciencia al igual que el limpiado y desmanchado de prendas. Hay que saber de telas, de solventes, de lavado de equipos, de tiempos y de mantenimiento de máquinas», enfatizó Patricia.

Por su parte, Marcela recordó: «Me ha pasado de estar trabajando con mamá y tomar una prenda que cuando le mostraba la mancha, con solo mirarla y tocarla, ella se daba cuenta si se podía limpiar o no ya que no todas son aptas para limpieza en seco». También contó que «si se rompía alguna máquina, antes de llamar a alguien, mi viejo se ponía a arreglarlas. Capaz estaba un fin de semana entero trabajando en un arreglo con Ciro, el empleado que estuvo con ellos hasta el final».

Un ciclo que termina

Según el relato de las hijas del matrimonio, muchas de las consultas de los clientes están relacionadas a los motivos del cierre definitivo de la tradicional tintorería santarroseña. Y en ese sentido alegan que no es por problemas económicos o crisis, sino que es un ciclo que cierra.

«El tema de la pandemia y la edad que tienen, ella 70 y él 75, es algo que no les permitió poder seguir, porque si no hubiera habido cuarentena estamos convencidos de que seguirían laburando andá a saber hasta cuando. Papá dice que la tintorería siempre les dio satisfacciones, que siempre les fue bien pese a los vaivenes económicos», expresó Marcela.

Y concluyó: «Hoy ellos están en un sube y baja anímico, es decir, hay días que están bien y otros no tanto. Pero para ellos debe ser un duelo, y se tienen que hacer a la idea que la tintorería ya no va a estar más. Y nosotros, su familia, estamos felices por ellos de que de ahora en más puedan vivir y disfrutar tiempo sin trabajar, algo que no saben qué es porque dedicaron su vida entera a la tintorería».