Mustafá Diop y su “mamá del corazón”

Mustafá Diop es un muchacho senegalés que hace poco más de una década reside en Santa Rosa. Llegó impulsado por su hermano, Cserigne, quien arribó a las tierras pampeanas poco tiempo antes en búsqueda de un futuro mejor.
Al igual que su hermano mayor, Mustafá vino con las maletas cargadas de sueños y esperanzas de poder escaparle a la triste realidad que vivía en Touba, una ciudad religiosa ubicada al otro extremo del Atlántico, a poco más de 8 mil kilómetros por tierra; y que en horas de viaje aéreo comprende al menos dos escalas en aeropuertos previo a descender en Ezeiza. Sin saber ciertamente cómo sería el lugar adónde iba a parar, el menor de los Diop tomó ese avión que luego lo depositaría en Buenos Aires, para después subirse a un micro que lo dejaría en nuestra terminal de ómnibus.
Así fue el comienzo de una nueva vida para Mustafá en Santa Rosa, ciudad a la que siente como su hogar y adonde encontró la posibilidad de desenvolverse como comerciante callejero -aunque por estas horas desde el municipio busquen retirarlo del espacio que ocupa, la misma suerte que corren hoy sus coterráneos y otros vendedores de la calle-.
Pero en esta historia hay algo más que largos viajes y trabajo. En esta historia se descubren aspectos de la vida paralela de aquellos inmigrantes que -como Mustafá- llegaron a La Pampa, desprendiéndose de su cultura y su idioma, con el objetivo de conseguir una vida mejor.

“Mi mamá del corazón”.
Es sábado, pasaron treinta minutos de las tres de la tarde y Mustafá aguarda ansioso la llegada de un equipo periodístico de LA ARENA que lo pasaría a buscar para ir a la casa de Nelly, una vecina del barrio Aeropuerto de la capital pampeana.
Algo demorados, el joven senegalés y los nuevos compañeros emprenden camino hacia una vivienda situada en el Pasaje Jorge Newbery y García. Allí los esperaban Nelly y Rocío.
En el camino, a través de un español entrecortado y con timidez, Mustafá indicaba al chofer las calles que debía atravesar para llegar a la casa. Estaba ansioso, mientras tanto observaba unas fotos que le obsequiaron escasos minutos después de subirse al vehículo.
Una vez en el destino indicado, el muchacho descendió del utilitario y se apostó frente a un portón de rejas negras, a la espera de que alguien saliera a recibirlo.
Hacia él llegó Rocío, una joven que le abrió la puerta y de inmediato ambos se fundieron en un abrazo. Se dijeron un par de palabras y luego del cordial saludo a los dos desconocidos, caminaron hacia el interior de la casa.
Ahí estaba Nelly, una mujer de estatura baja y de cabellos claros, que no pudo ocultar la emoción apenas vio entrar a Mustafá. Lo mismo sintió el joven senegalés que al verla se la presentó a los dos acompañantes con la frase -nuevamente con un entrecortado español- “ella es mi mamá, mi mamá del corazón”.

“Sólo se reía”.
Para entender un poco sobre la relación que Mustafá tiene con Nelly y Rocío hay que volver el tiempo hacia el año 2007. En ese entonces la mujer había puesto un aviso en el diario donde ofrecía un pequeño departamento en alquiler.
Para su suerte el aviso fue recepcionado por un -en ese entonces- adolescente, de color, llamado Cserigne Diop. Este y su sobrino -Modou- recién habían arribado a Santa Rosa. Venían desde Senegal, y habían colocado un puesto de venta de relojes, anteojos, billeteras y joyería en la calle.
Los jóvenes inmigrantes lograron alquilar ese departamentito y con el tiempo se hicieron “de la casa”. Sin dudas Nelly fue un puntal en la adaptación de estos chicos a la vida santarroseña hasta que vino Mustafá, con escasos 20 años.
“Nosotros no estábamos acostumbrados a ver gente de color”, contó Nelly al recordar los primeros días de sus inquilinos; que con tan poco tiempo de estar en la ciudad comenzaron a decirle “mami”.
También recordó cuando llegó Mustafá, al año siguiente: “era tan tímido, lo único que hacía era sonreír. Pobrecito, sólo se reía”, dijo la mujer, mientras agarraba la mano del muchacho.
“El llegó de Africa, no sabía hablar nada… y Rocío, que lo entendió desde el principio, empezó a enseñarle un poco -recuerda Nelly-. Y con Cserigne, pobre, lo mandaban a propósito al kiosco para que aprendiera a desenvolverse”, rememoró la mujer mientras Mustafá hacía lo mismo que cuando llegó, reírse de la situación.

“Es como un hijo”.
Entre anécdotas, Rocío y Nelly, fueron contando los momentos vividos desde la llegada de los jóvenes senegaleses hasta la actualidad: “Mustafá aprendió a hablar de a poco hasta que le agarró la mano. Y a los pocos días estaba vendiendo en el puesto”, dijo la mujer que, además de Rocío, tiene tres hijos más.
“El se hizo de la casa muy rápido, y ya es como un hijo para mí. Cuando se va a Africa nos hablamos todo el tiempo; y él dice ‘mi mamá’ y claro, si se crió conmigo acá. En realidad no lo he parido, pero me preocupo mucho por él, lo mismo por los otros chicos y los vecinos se asombran, pero para mí son como mis hijos”, confió Nelly, que además de mimarlo con caricias en las manos, suele lavarle la ropa y hasta cocinarle (próximamente, cuando se reponga de una gripe, prometió que le hará un asado).

“Somos como hermanos”.
Sin dudas Mustafá tuvo suerte y lo reconoce, porque en algunos pasajes de la charla lo menciona. Ya sin timidez -dentro de la casa se siente más seguro- dice que haber conocido a Nelly y a Rocío, “mi hermana”, como él la llama, fue beneficioso para su adaptación.
Incluso aseguró que en alguna oportunidad la joven tuvo que salir a su “rescate”, cuando años atrás quisieron retenerle la mercadería que vendía, porque carecía de un permiso.
La relación fue creciendo, y si bien a él se le complicaba hablar en español, Rocío hizo un esfuerzo para aprender el dialecto de Mustafá, el Wolof, que sólo se habla en Senegal y Gambia.
También suelen comunicarse entre ellos en inglés; y gracias a esto han podido disfrutar de discusiones que sólo se dan en un ámbito de hermanos: “nos criamos prácticamente juntos y nos conocemos muy bien, y si discutimos es por su carácter, es algo arrebatado”, dijo la joven entre risas y aseguró además que “sólo nos faltaría comunicarnos en el idioma árabe, porque Mustafá es profesor, sólo que no puede dar clases acá por su poca capacidad para hablar en español”.
En este sentido la joven dejó al descubierto una virtud -ó una obligación en la educación de las escuelas de Senegal- que escapa a lo que cualquiera de nosotros pueda imaginar: “ellos en el colegio salen con profesiones, él es profesor de idioma árabe, otro es mecánico, otro carpintero, y así”, enumeró Rocío.

Dos familias.
Mustafá consiguió en Santa Rosa algo que no tiene precio y que a los ojos de las personas que nunca se fueron de casa pasa desapercibido… El consiguió una familia adoptiva comprendida por Nelly, la “mamá del corazón” y por Rocío, “mi hermana” -como él les llama-.
Actualmente nuestro amigo -que sin dudas es un personaje del centro- tiene un puesto propio en la esquina de las calles Coronel Gil e Irigoyen, donde se aposta de lunes a lunes; con las altas temperaturas del verano y los fríos que calan los huesos durante el invierno.
Sólo cuando llueve o cuando el cielo amenaza con descargar su furia en forma de gotas, el muchacho no sale a la calle a vender, lo cual lamenta porque, ciertamente, es un día de trabajo perdido.
En este sentido aseguró que el dinero que gana de su trabajo, una parte es para él, para costear los gastos en la ciudad y poder vivir; mientras que el resto lo guarda para su familia en Senegal, adonde viven su mamá y su esposa, su fiel compañera; a quienes con suerte ve una vez por año. Pero no está triste porque sabe que es un privilegiado al tener dos familias.