Neri Lobos: “Siempre voy a ser docente”

MAESTRA

No debe haber persona que no haya sentido la influencia de sus maestros/as de la escuela primaria. Cualquier recuerdo de la niñez nos lleva a recordar a quienes nos educaron en nuestros primeros años.
MARIO VEGA
Cuando uno se retrotrae en el tiempo se encuentra -invariablemente- con referencias ineludibles. Cuando retrocedemos a nuestra niñez -tan increíblemente lejana hoy-, surgen nítidas las figuras de los padres: papá, mamá, hermanos, y nuestras correrías infantiles. Los recuerdos de juegos inocentes, los amiguitos que fueron y que ya no tenemos… y obviamente florece de forma inmediata trasladarnos con la mente a la escuela, y consecuentemente a las maestras.
Y si digo maestras (con “a”) es porque fueron las que me tocaron… Sólo don Martín Altolaguirre, el director; y el vice Néstor Mario Lastiri (venido de Misiones), eran hombres en aquella Escuela 2 a la que me tocó concurrir. Había en otros establecimientos algunos maestros hombres, pero en mi caso no los tuve nunca. Siempre maestras, admiradas mujeres que resultan, aún a la distancia, imborrables en la memoria.

Siempre presentes.
Porque todavía me sorprende de verdad poder evocarlas con tanta precisión, al menos en sus figuras ataviadas del blanco delantal… y recordar perfectamente sus apellidos (no tanto el nombre de todas): y puedo mencionar a Julia Diez en mi breve paso por la Escuela 314; y después ya en la Escuela 2 la señora de Abascal (mamá de Pablo, camarógrafo de Canal 3), la señora de Giuliani, la señora de Blanco (mamá del profe de educación física, Pablo), y la señora de Comelli, la rigurosa y queridísima maestra de 6° grado que nunca más volví a ver…
No eran entonces la “seño” de estos días, sino la “señora” maestra.
Los que acceden con alguna habitualidad a leer estas notas ya se habrán dado cuenta que no pocas veces me pongo auto referencial -y juro que no es pedantería-, con la intención de escribirlas sintiendo, desde el convencimiento, desde la emoción -que no sé si mi mediocre decir sabe graficar tal como lo experimento- para trasladar de la mejor manera que puedo lo que alguna gente representó en mi vida, y en la vida de las gentes… y este es un caso.

Tiempos distintos, parecidos compromisos.
Por eso digo que el tema de las maestras, de los maestros, es algo que me interesa vivamente. En estos días una de mis hijas es docente y da clases en la Escuela 246 (Quelulén), la misma en la que completó sus estudios primarios. Y puedo advertir que -más allá de los avatares de la profesión, que vaya si los tiene- expresa en su compromiso para ejercer el sentir de los maestros de estos días. Y que más allá de naturales diferencias -la tecnología lo cambió todo, y también la sociedad se modificó abiertamente- me parece que en el fondo los docentes de ahora se parecen mucho a aquellas maestras que me tocaron en las aulas de la Escuela 2.

Día del/a maestro/a.
Se sabe, el 11 de septiembre de cada año se celebra el Día del Maestro/a, y es una oportunidad que se presenta para evocar -al menos con un ramalazo de recuerdos- a quienes contribuyeron a educarnos.
Y precisamente el pasado martes, considerando esa fecha, la Asociación Sarmientina -que preside Rita Ríos- distinguió a los/as docentes pampeanos Neri Norba Lobos de Armagno, Delia Esther Parodi de González, y Juan Carlos Monlezun. Un reconocimiento a vastas trayectorias, que los agasajados recibieron con evidente emoción.

Una charla con Neri Norba.
Un poco al azar -porque la charla pudo haber sido con cualquiera de los/as tres, me llevó a contactarme con Neri Norba (a nadie se le ocurra modificar esos nombres, porque están bien de esa manera. Así se llama), Lobos de Armagno (82).
Blanca Vercellino -una de las maestras jubiladas que luchan por el recálculo de sus haberes-, desde un lugar algo alejado del centro del acto frente al busto a Sarmiento, no podía ocultar sus sentimientos cuando cada uno de esos docentes era convocado a recibir su reconocimiento… Cuando fue el turno de Neri percibí que su agitación se hacía más evidente: “La conozco mucho. Fue una gran maestra”, la elogió Blanca.
Después el contacto con una de las hijas de Neri, y la posibilidad de acceder a charlar con ella. La amabilidad de su empleada -Marcela-, la sonrisa amplia y agradable de la maestra… porque siempre será eso: maestra.

Entre damascos y ciruelos.
Una casa antigua de la calle Alvear -a pocos metros de Garibaldi-, linda, amplia, con un patio que llama la atención por su amplitud, y por las flores… y por esas plantas que pronto se cubrirán de damascos y ciruelos, y las parras que se cargarán de los más abundantes y mejores racimos de uvas. “Este lugar es hermoso y no lo cambio por nada… saben lo lindo que es desayunar cada mañana aquí, leyendo los diarios y mirando esas plantas, y los pájaros…”, se regodea Neri frente a mí y a Mariano, el fotógrafo, que se entusiasma por el contexto para sus fotos.
Sonríe Neri… Siempre sonríe. Es agradable, obviamente culta, y le gusta conversar… y recordar.

La familia.
“Soy nacida el 26 de mayo de 1936 en Santiago del Estero… pero mi alma es pampeana”, afirma de entrada. Su mamá era Onofre Ledesma, y su papá -policía de Territorios Nacionales- se llamaba Dionisio Alberto. El matrimonio tuvo 9 hijos, y un día -después de fallecer el padre- mamá Onofre decidió que se trasladarían a Buenos Aires, porque sus hijos debían estudiar. “Era una mujer muy fuerte y decidida, y mientras vivimos en Santiago atendía gratuitamente la estafeta de correos.. Nos cargó en un tren y nos llevó a Buenos Aires”, la recuerda.
Instalada la familia en Avellaneda, Neri estudió y se recibió en el magisterio, para ejercer primero haciendo algunas suplencias; luego una increíble experiencia fallida en una isla del río de La Plata (ver aparte); y finalmente la posibilidad de instalarse en Clorinda, Formosa, para desarrollar allí su espíritu de maestra.
En ese lugar, en una escuela de frontera -a orillas del río Pilcomayo-, a más de 100 kilómetros de Formosa capital y a 40 de Asunción, con Paraguay en la margen de enfrente, llegó con sus 17 años Neri. No sabía que ese sitio iba a ser determinante en su vida.

Neri y el amor.
Me parece que se sonroja un poquito al contarme… “Venía de Buenos Aires, otra vida, con mis zapatos taquitos altos… me puse de novia enseguida con Franklin, así que mi transcurrir allí fue hermoso”, confiesa.
Franklin Enrique Armagno, también maestro y “nacido en Gil 159, pleno centro de Santa Rosa”, se transformaría luego en su esposo, y el padre de sus tres hijos: Roberto Daniel, hoy médico que ejerce en Buenos Aires y viene seguido a visitarla; Silvia Leonor, abogada en el Estado; y Laura, abogada defensora en el Tribunal Oral Federal. Neri tiene dos nietos, Ayelén (20), que estudia también magisterio; y Antonio (15).

La vida en Clorinda.
“En Clorinda era una escuela humilde, una casita donde nos tocaba dar todos los grados… siempre resaltando la argentinidad, porque hay que recordar que ahí enfrente teníamos Paraguay, y sólo nos separaba el río. ¿Si hablo guaraní? No pude aprender una sola palabra: en la puerta de la escuela estaba prohibido hablar guaraní… aunque creo que eso cambió ahora”, cuenta.
En ese lugar también dio clases una hermana de Neri, Hilda Onofre: “Ella llegó antes que yo a Clorinda, y se quedó allá hasta el día de hoy, que tiene 91 años”, menciona.
“Me acuerdo que hacía mucho calor, que venían chicos indígenas de Paraguay a clase. Era complicado, pero yo era feliz con todo aquello”, rememora.
Agrega que Franklin, una vez recibido aquí en Santa Rosa, fue maestro en Telén y Bernasconi, y que después de eso el destino los juntaría en Clorinda: “Ellos eran seis hermanos, todos casados también con maestras”, completa.

Llegados a La Pampa.
En Clorinda, como pasaba en esos tiempos con los maestros/as era una personalidad. “Estuve casi 10 años, y sí, nos respetaban muchísimo… El único material que teníamos en esas épocas, y también cuando vine a La Pampa, eran el pizarrón, tiza y alguna lámina que podíamos conseguir… sobre todo de una revista, La Obra, que pagábamos mensualmente… Pero todo lo hacíamos
con amor, les dábamos a los chicos el apoyo que necesitaban, cariño y educación. Y siempre como docentes bregando por la educación libre y gratuita”, define.
Tiene claro que aquellas eran años “de mucho machismo, porque el varón arrastraba a su mujer donde le tocaba ir”. Por eso un día iban a llegar a La Pampa, primero a General Pico: “Franklin fue a rendir a Gaiman, Río Negro, y por unas centésimas en vez de Santa Rosa le tocó en Pico… Él se vino de Clorinda con el camión de los muebles, y yo en micro. Dimos clases en la Escuela 111”, completa. Más tarde se trasladarían a Santa Rosa -ya su esposo era inspector de escuelas- y Neri trabajó en distintos establecimientos: pasó por la Escuela 4, pero también por la 2, la 221, la 314, la 218, y la 278 del barrio Río Atuel.

La jubilación.
Después llegó el tiempo de la jubilación: “Lo cierto es que me costó muchísimo, pero ya era tiempo de irse… pero igual, yo siempre voy a ser maestra”, dice como para que no quede ninguna duda.
De todos modos Neri -como sucede con las personas que tuvieron pasión por lo que les tocó hacer en la vida- no puede quedarse quieta: “Me mantengo haciendo todos los cursos que puedo; hago manualidades, voy a las Hermanas Adoratrices, al Centro de la Mujer; y cualquier aplicación de cultura que hay sigo yendo. Hasta que tuve un problemita de salud, hace algunos meses, iba a un taller de narración de PAMI… salíamos por las escuelas a contar cuentos”, comenta con entusiasmo.

Neri, super informada.
Es, se puede decir, una abuela moderna: “Estos tiempos de chicos que manejan internet son maravillosos… acceden al conocimiento de otra manera, distinta a nuestra época, aunque es verdad que se leen menos libros”, admite.
Tal vez porque hay que adaptarse esta mujer singular, esta maestra de todas las horas, no duda en actualizarse, en estar sumamente informada. “Miro mucho Canal 3, pero además leo LA ARENA… hasta las propagandas, y los domingos no dejo de mirar Caldenia”, señala.

Abuela con twitter.
Pero no sólo eso, porque también se mete en las redes: “Prendo la computadora y miro de todo un poco… sí! Tengo facebook… y desde hace poquito twitter. Siempre estoy con ocupaciones, y todo el día tengo cosas para hacer, y eso está bueno”, casi recomienda.
“Mis hijos dicen que soy ‘mandona’, y que si me dejan hablar no me van a matar”, se ríe con ganas. A los 82 le gusta “coser, tejer, cocinar, leer, voy a clases de narración, pero…”, y esboza una queja: “¡A usted le parece! Por el problemita de salud que tuve mis hijos me hicieron vender el auto. Pero ya dije, me siento bien, y en cualquier momento me compro uno, saco el carnet y vuelvo a manejar”, se
empecina.

Por la educación pública.
En cuanto puede Neri vuelve al tema que más le gusta, la educación: “Está bueno lo que están haciendo los maestros, defendiendo la escuela pública y gratuita… porque lamentablemente el colegio privado va tomando más participación y le gana espacios a la educación pública. Mi corazón está en la escuela pública, y siempre la voy a defender: porque veo docentes con vocación, que no darían clases si no fueran por lo que sienten, porque verdaderamente no están bien remunerados”, reprocha.
Analiza la realidad y muestra su decepción por ver “tantos chicos en las calles, sin hacer nada, algunos tomando, o peleando entre ellos… chicos sin futuro. Eso me duele mucho, y pienso que la educación es fundamental para hacer una sociedad mejor”. Como para que la escuchen, ¿no?
“¿Con qué sueño? Con que la educación siga siendo libre, gratuita e inclusiva”. Toda una definición.
Neri. Una maestra como muchas otras… de esas que afortunadamente son enorme mayoría, por más que tengan que salir a luchar contra políticas que no acompañan, que por el contrario sabotean a la educación pública. Si, como muchas otras, una maestra ejemplo.

Un reconocimiento al trabajo.
“Sentí una gran emoción, porque no lo esperaba, me sorprendió. Hasta me largué a llorar…”, dice Neri Norba Lobos al mencionar el acto del martes, cuando la Asociación Sarmientina la distinguió con el Premio Sarmiento.
Ese que se otorga a “una reconocida maestra como testimonio de su trabajo en bien de la comunidad y en mérito a sus virtudes sarmientinas”, según reza la disposición que firman Rita Ríos y Marta Redona, presidenta y prosecretaria de aquella entidad.
Qué decir de Domingo Faustino Sarmiento. Un personaje singular de la historia argentina, que podrá ser cuestionado por algunos aspectos de su personalidad, pero que tenía muy claro que la educación era el camino para engrandecer nuestro país.
Presidente desde el 12 de octubre de 1868, está aceptado que Sarmiento centró la mayor parte de su esfuerzo gubernativo en la promoción de la educación. El impulso bajo el ministerio de Nicolás Avellaneda fue evidente. Es conocido que con Ley de Subvenciones de 1871 -que asignaba a la educación pública las herencias sin sucesión directa y un octavo de las ventas de tierras públicas- garantizó los fondos para la creación de nuevas escuelas y la compra de materiales y libros.
Durante su mandato, y con apoyo nacional, las provincias fundaron unas 800 escuelas de primeras letras, alcanzando a un total de 1816 escuelas; la población escolar se elevó de 30.000 a 110.000 alumnos. Además trajo desde los Estados Unidos 61 maestras primarias y creó las primeras escuelas normales.
También fundó los Colegios Nacionales de La Rioja, Santa Fe, San Luis, Jujuy, Santiago del Estero, Corrientes y Rosario; y fundó escuelas de arboricultura y agronomía en San Juan, Mendoza, Tucumán y Salta. Sí, algo hizo por la educación.

Docente en una isla.
En épocas de golpes militares en nuestro país, felizmente desterrados, algunos presidentes eran confinados a la isla Martín García, ubicada en la desembocadura del río Uruguay. A ese lugar cayó un día Neri -acompañada de su mamá- a dar clases. Se había anotado y la designaron: grande fue la sorpresa de las autoridades de la isla cuando la vieron llegar. Fueron al puerto a buscar al docente y se encontraron… con una mujer.
Sí, su nombre, Neri -“como el arquero”, dice ella refiriendo al mundialista Neri Pumpido- hizo que la convocaran: “Resulta que esperaban un hombre porque debía vivir en un Regimiento, en el mismo pabellón que el resto de los militares”, relata. Obviamente imposible. “Yo estaba dispuesta a trabajar en cualquier lugar del país… y por eso me anoté en Martín García”. Pero no pudo ser.