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Oscar Schneider: el hombre que vive en la vidriera

Salir a mirar vidrieras es un paseo -si sólo se trata de mirar- atractivo y que no cuesta nada… Es habitual que la gente salga en algún momento a entretenerse viendo los exhibidores con distintos artículos. Desde indumentaria de distinto tipo, pasando por electrodomésticos, artículos de computación o cualquiera que a alguien se le pudiera ocurrir.
No por nada los comercios tienen destinados amplios espacios a sus vidrieras ocupando grandes ventanales. Es que la atracción para el futuro cliente empieza por mostrarle mercadería de manera llamativa, interesante y hasta provocadora en ciertos casos.
«Es que lo ideal es atraer al potencial cliente en 7 segundos que pase por el lugar», afirma sin dudar Domingo Oscar Schneider (74), «El Pato», el escaparatista por excelencia de la ciudad. El hombre -aunque ya jubilado- sigue haciendo vidrieras en diversos comercios de la ciudad, poniendo su cuota de ingenio, creatividad y buen gusto, tres elementos esenciales a la hora de armar un cuadro que atrape al que vaya pasando por la vereda.

El vendedor silencioso.
En la antigüedad, la mercadería se mostraba sobre algún mobiliario donde se la ubicaba de manera desordenada y sin criterio alguno.
Dicen los que dicen saber que las vidrieras, tal como las vemos hoy, empiezan a verse en el siglo XIX, en almacenes de París y Londres. Nacía allí un concepto nuevo de escaparatismo.
«Sí, es así, escaparatismo se le dice…», explica Oscar. Y agrega que el escaparate es el espacio dedicado a vidriera en los comercios.
Los que quieren más precisiones cuando hablan de escaparatismo lo explican como el conjunto de técnicas aplicadas al diseño y montaje de vitrinas. Su estudio ha generado el arte del escaparatismo desarrollado por quienes lo llevan adelante como el conjunto de técnicas aplicadas al diseño y montaje de vitrinas y escaparates.
Más popularmente se lo conoce como «el primer vendedor» de un comercio, o también como «el vendedor silencioso». Ese que de alguna manera concita la atención de quien va pasando por una vereda y se encuentra con un producto que -presentado de manera especial- le resulta atractivo.

La vida entre maniquíes.
«El Pato» Schneider es un santarroseño, casado con Alicia María Bonetto; con la que tienen dos hijas: Claudia Marina (vive en Lincoln); y Laura Valeria (en Santa Rosa). Eran cuatro hermanos los Schneider: Julio Omar (Chesita, fallecido), Mabel y Carlos Rubén. La familia se completa con cinco nietos, Alex, Valentín, Julieta, Agustina y Malena.
En esta ciudad a mucha gente la conocemos desde siempre, y eso pasa con Oscar… Cualquiera que circule por el centro lo podrá ver con alguna habitualidad en medio de una vidriera -cuando no se las tapa mientras trabaja-, entre maniquíes, prendas de vestir, alfileres y cartelería con ofertas y precios…

Medio siglo de actividad.
«Hago esto desde hace 50 años. Ha sido mi oficio desde siempre, y creo que soy el único que hoy en día lo está haciendo aquí en Santa Rosa», dice no sin cierto orgullo.
De una familia que vivió siempre en la Villa Santillán, como todos los pibes jugó a la pelota en la calle en aquellos tiempos que se podía, más tarde -un poco más organizadamente- de arquero en el Club Mitre, donde incluso llegó a colaborar en la comisión directiva. «Allá por 1966 ó 1967 organizamos unos carnavales fantásticos en el Barrio Fitte… Creo que ahora en el club funciona la Peña de Boca», completa. En lo deportivo, agrega, también se dedicó al ciclismo, e incluso fue campeón en segunda categoría hace algunos años, cuenta mientras muestra la foto que testimonia aquel buen momento de su vida deportiva.
Hoy lo lúdico Oscar lo tiene reservado para la danza. «También es algo que me gusta mucho… alguna vez estuve en el grupo ‘Sentimiento’; pero tengo pasión por el tango», expresa.

Cadete en una tienda.
Muy prontito, por recomendación de un vecino entró «como cadete en tienda Galver. Tenía nada más que 15 años… era un pibito. Estuve hasta que me tocó la colimba, Marina, dos años» en la Base Naval de Puerto Belgrano, precisa.
De regreso, de vuelta en Galver -corría 1968- le tocó una tarea que podría llamarse de promoción del comercio, porque viajaba al interior, a Ataliva Roca, Quehué, y otros pueblos del sur de la provincia para pegar volantes y hacer publicidad callejera. «Muchas veces me tocó ir con el locutor Antonio Goncalvez, que iba en su auto con los altoparlantes haciendo la difusión», rememora.

Trabajador independiente.
En algún momento Oscar se dio cuenta que al lado de Oscar Santos («El Chueco») había aprendido mucho del arte de hacer vidrieras, y creyó que había llegado el momento de independizarse. «De joven era muy inquieto y me largué a la pileta… empecé a trabajar por mi cuenta y verdaderamente me fue muy bien», sostiene.
Y ciertamente así fue porque le tocó hacer las vidrieras de comercios -sobre todo tiendas- emblemáticas para la ciudad, muchas de las cuales cerraron sus puertas hace algunos años:
«La verdad es que no me puedo quejar, porque hace 50 años que lo hago, y con esto pude sostener a mi familia, que mis hijas estudien y vivir bien», aporta.

Miles de vidrieras.
Oscar es de esas personas tranquilas, de buen trato, a la que le resulta fácil socializar. «Es así, pero también es verdad que siempre me encontré con gente respetuosa, buena y servicial… y eso me ayudó también para que mi trabajo se conociera por el boca a boca… muchísimo trabajo me llegó de esa forma», explica.
Cuenta que llegó a hacer un centenar de vidrieras por mes -algunos comercios las renovaban cada 15 días-, con lo que un cálculo a vuelo de pájaro le daría que «unas 1.000 por año he llegado a hacer… sí, por allí entre 40 y 50 mil en todos estos años trabajando debo haber hecho…», estima el vidrierista.

Trabajar hasta el final.
Hoy trabaja «a media máquina», para acompañar su jubilación, y por eso solamente hace 5 ó 6 por mes, más alguna otra en General Pico. «¿Si pienso no trabajar más? No… de ninguna manera. Como dice Facundo Manes, voy a dejar 5 minutos antes de irme…», reafirma. «Sabés por qué… porque la actividad hace que uno viva mejor, que se sienta útil. Y estoy bien… entonces por qué voy a dejar», cierra.
Y ciertamente. De ninguna manera en Oscar se puede advertir la edad que porta en el documento. «¡Voy a seguir haciendo vidrieras!», acentúa. (MV)

«Un entrenamiento de todos los días»
«Trabajé para Los Sorianos, Santa María, Barreiro, Ñaró y algunas otras… y todavía sigo con La Princesa, y con otras casa de moda masculina como Signore Vestir. Pero en tantos años no sólo hice escaparates de indumentaria, porque también le armé la vidriera a La Bodega, a alguna librería, e incluso a una farmacia y a una ferretería», completa.
Pero también «Pato» fue ocupado en varios comercios de General Pico (Guglienminetti Indumentaria y Carmelo Indumentaria) -iba y se quedaba un par de días-, y además fuera de la provincia, como en Trenque Lauquen, 9 de Julio, Bolívar y Pehuajó.

Todo se puede exhibir.
«Lo que digo es que todo se puede exhibir y con eso tentar a un cliente desde una vidriera… por eso se dice que el escaparate es el primer vendedor… Cuántas veces les habrá pasado que pasan por un comercio y ven que se expone a su paso algún artículo y lo lleva a uno a preguntar sobre un determinado producto: desde un par de zapatos, pasando por un pantalón, una camisa, un televisor, o cualquier otro objeto», expresa.
«¿Cómo me fui capacitando? Esto es un entrenamiento de todos los días… trabajé al lado de ‘Chueco’ Santos, pero aparte hice algunos cursos, leí algunos libros. Diría que soy un autodidacta que se fue formando en el camino. Y no es por alardear pero sé bien mi trabajo porque siempre viví de esto», enfatiza.

No hay continuadores.
Hay que decir que en nuestro país hay una fecha para celebrar el Día del Vidrierista y el Decorador. En esa jornada se resalta la creatividad y responsabilidad de aquellos que se encargan de ponerle color y estilo a las vitrinas, casas, oficinas y demás lugares. Esta es una actividad que requiere «compromiso, dedicación, paciencia, imaginación y sobre todo buen gusto», afirma el entrevistado.
Oscar Schneider se lamenta porque «le quise enseñar el oficio a algunos jóvenes, pero desistieron… tuve algún ayudante, pero abandonaron pronto, y casi no hay quien haga este trabajo», dice en el final de la charla. Lo que se dice un nicho para explotar, si alguien se da cuenta que son muy pocos los que se dedican a hacer el trabajo de vidrierista.