Peluqueros y consultores políticos

UN TRABAJO QUE ESCONDE MUCHOS SECRETOS Y PRESTA OIDOS

Quienes llevan adelante cada día el oficio de cortar y acomodar el pelo suele estar acompañado de un perfil que se acostumbra a escuchar y a hablar. También a aconsejar y pronosticar.
Estoy caminando cuando, de repente, detrás de una vidriera encuentro libros en una peluquería. En vez de revistas hay libros, uno de los cuales es de Isaac Asimov. Estoy de gusto, caminando, un día de franco, y preciso cortarme el pelo. Entro.
“Buenas tardes, ¿hay lugar?”, le pregunto a quien parecía el dueño del local. Había lugar, por lo que el hombre realiza un escueto movimiento de cabeza. Sólo un movimiento de cabeza.
La confianza estaba constituida por capas duras de hielo, de modo que costó romperlas. Quise hacerlo de entrada, diciendo “¡qué peluquería más cultural!”, pero apenas recibí una mueca. El peluquero colgó mi campera en un gancho, y colocó mi mochila estratégicamente en una esquina.

Lavada de cabeza.
Mientras me acomodaba en el lavatorio de cabeza, yo seguí: “Nunca me lavaron el pelo antes de cortarme (era cierto, nunca lo habían hecho), ¿qué diferencia hay?”. Me responde, “lo suaviza y corta mejor”. Le digo, “entonces todo este tiempo me estuvieron estafando”, y me responde, más endurecido que antes, “yo no dije eso, lo decís vos”. Le pregunto si utiliza shampoo, crema de enjuague, o las dos, y cuál era su corte favorito. Pero las pocas veces que obtuve respuesta, pues estaba prendido un secador y no se escuchaba bien, fueron pírricas y secas.
Pensé “debe ser un embole tener siempre ganas de hablar cuando el cliente lo dispone”, entonces lo perdoné pero rápidamente cambié de opinión. Estaba terminando de enjuagarme el pelo y yo me decía para mí: “qué tipo más descortés”. Fantaseé hasta cinco minutos antes de terminar su trabajo con estafarlo, decirle “voy a buscar la plata al auto y vuelvo”, y no volver más.

Pocas palabras.
Juntos nos trasladamos a la silla principal, frente a un espejo que no podía reflejar la distancia que en realidad nos separaba. Comenzó a desmecharme el pelo con golpes sobrios, como su presencia. No quise gastar rápidamente el cartucho de la “crisis”, pero lo hice: “¿cómo te las arreglas con el aumento de la luz?”, pregunté. Apenas se encogió de hombros, dijo “como todo”. Dijo “todavía no hice la cuenta del aumento en relación con el año pasado”. Pensé “qué canchero este tipo”. Insistí una vez más: “¿y la gente, qué dice acá?”, pero la respuesta fue la misma: “y… que está todo igual”.
Sabía que algo escondía, no podía tacañear tanto la información. “Es más difícil sacarle algo a este hombre que poner un comercio ahora. Se ve que es un experimentado”, supuse.

¿Consultores políticos?
Claro, “los políticos me consultan”, me iba a asegurar después.
Entonces, hastiado de la conversación monosilábica, le dije decididamente, a través del espejo: “Vos sabés que los peluqueros deberían cobrar como consultores políticos”. Paró de cortar y me miró por primera vez con ojos chispeantes, como mira aquel que acaba de encontrar una nueva manera de aumentar su contabilidad.
Luego, pasé a contarle la siguiente historia, a la que escuchó atentamente.

Peluquero Pulpo Paul.
Corría el año 2007, plena campaña electoral. De un lado estaba Jorge y más arriba Verna, con todo el aparato estatal. Del otro lado Marín, queriendo volver con su historia bajo el brazo.
Un participante de la campaña “naranja” estaba relativamente tranquilo: su peluquero le vaticinaba un empate en las internas, con tendencia emergente para este último candidato.
Así, con esa precisión.
Un día se les ocurrió organizar un acto en el club Belgrano. Aparentemente metieron “7000 personas”. Fue todo un acontecimiento, no se esperaban semejante convocatoria, y la euforia por el “Tío” estaba a flor de piel; pero una persona iba a desinflarles poco a poco el globo de la ilusión.
Ocurre que en las semanas siguientes a aquel acto, este militante iría a visitar a su peluquero más de lo normal. “Huelo algo raro”, le dijo el profesional del corte a su amigo, una semana después. La semana siguiente le dijo “6 a 4 para Jorge”. La tercera semana directamente anunció “7 a 3”.

Aquellas internas.
Mientras, del otro lado, seguían creyendo que el día de las internas iba a ser otro 17 de octubre, y a este hombre, con los datos de su peluquero, nadie le creía.
Una semana antes de las elecciones, ocurrió el anuncio más temido: “8 a 2, gana Jorge”, pronosticó el peluquero. El militante se fue corriendo a su casa e hizo una artesanal encuesta telefónica, para corroborar esos datos. Nadie le creía, todos pensaban que con semejante convocatoria en el club Belgrano, el destino estaba asegurado. Sucede, según los análisis posteriores, que al demostrar la cantidad de gente que concurrió ese día, el oficialismo se percató, y comenzó a desplegar todo el aparato, es decir, puso en marcha la maquinaria del estado a un mes de las internas, que le dieron el triunfo a Jorge.
Y el único que vio esta situación fue su fiel y querido amigo, el peluquero.

Entre taxistas y peluqueros.
Después de la anécdota nuestra relación cambió. Él me sacaba mechones con un entusiasmo que no puedo describir, al mismo tiempo que, en voz baja y con aires de complicidad, me decía “a mí me consultan”. “Los políticos vienen a consultarme”. “Siempre en épocas de elecciones, se sientan acá, y me consultan. Yo les cuento lo que veo”. Le pregunto: “¿Y quiénes vienen?”, pero desvió el tema de la manera más elegante, con otra pregunta: “¿Te corto más el flequillo o ahí está bien?”.
Como era un hombre tan consultado, intenté no atosigarlo más con preguntas banales, pero le hice una última: “¿y has arrimado el bochín alguna vez?”, me respondió humildemente: “a veces acierto”. Le pregunto: “¿Por qué crees que los peluqueros suelen arrimar y, por ejemplo, los taxistas, que también frecuentan muchas personas, no?”. Respuesta: “No sé, yo cuento lo que veo, nada más que lo que veo, de manera objetiva”.

Las diferencias con el taxi.
¡Claro!, pensé, ¡es eso!. Los taxistas son incontinentes verbales. Te tiran con la libreta ideológica por la cabeza, de modo que los testimonios que recogen a diario, los reproducen de acuerdo a su estructura mental. Por una simple razón: no pierden clientes, ya que uno no puede elegir a qué taxi subir, simplemente se sube.
Por otro lado, el peluquero me dijo “no puedo venir acá a hinchar por uno o por otro, ¿te imaginás?, sería un desastre. A mí me darían ganas de cortarte mal, y vos no te dejarías cortar por mí. Tengo que ser más objetivo”.
¿Te parece?, le pregunté. Me dijo “sí”.
“¿Y si te armás un núcleo duro de clientes, de fanáticos? Esos vendrían a cortarse el pelo con vos hasta después de pelados”.
Pero el hombre, seguro de lo que decía, contundente, me respondió: “No alcanza”.
Y tenía razón, para sobrevivir en el tiempo hace falta más que ideología. (NYC).