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¿Qué sería de la vida sin anteojos?

Indudablemente un buen par de lentes -ya para sol, o para disminuir los problemas de visión-, necesita de idóneos que aconsejen cuáles son los mejores y los más recomendables según quien deba usarlos.
MARIO VEGA
La pérdida progresiva de la visión -por la causa que fuere-, es uno de los problemas que se le presentan a la gente, sobre todo a partir de una determinada etapa de la vida. Dicen los que dicen saber que un altísimo porcentaje de la población -en sus distintas franjas etáreas- utiliza gafas para poder ver mejor.
Aún los niños desde edades tempranas suelen acusar algún problema, y la cuestión se acentúa más adelante, en la adultez. Algunos estudios revelan que por lo menos el 30% de la población menor a los 20 años utiliza anteojos, y que por encima de los 40 años un 90% los requiere.
Puede ser por diversos factores hereditarios como la miopía, hipermetropía, astigmatismo; pero además se da por algunas enfermedades como la diabetes, por ejemplo. Y está probado que en algún momento aparece inexorablemente la presbicia.

Las gafas.
Se indica que algunos de los inventos que cambiaron la vida de la sociedad fueron la rueda, el arado, la pólvora, la imprenta, la máquina a vapor, la anestesia y el telégrafo, entre otros. Y casi no hay discusión sobre la importancia que han tenido en el desarrollo de la humanidad, pero también es cierto que hubo otros adminículos -pequeños si se quieren, tal vez minúsculos comparados con otras invenciones-, que tuvieron una incidencia determinante.
¿Alguien puede imaginar lo que sería la existencia para muchos de nosotros sin un objeto más vale pequeño, como son las gafas, que nos mejoran notablemente la calidad de vida? Es difícil dimensionarlo, porque lo tenemos tan incorporado como un elemento que la mayoría utiliza, que no terminamos de adjudicarle toda la importancia que sin dudas tienen.
Creados hace siglos, la utilización de anteojos podría decirse que viene del fondo de la historia (ver recuadro).
Hoy en día se los adquiere en cualquier comercio del ramo -aunque no faltan los vendedores ambulantes que los ofrecen de todo tipo y color-, y obviamente hay entendidos que se dedican especialmente a aconsejar qué es lo que conviene a una persona según sus necesidades.

Más de 50 años de óptico.
Miguel Ángel Davini (73), titular de una reconocida óptica del medio, lleva medio siglo dedicado a la comercialización de lentes y al cuidado de la vista de sus clientes, de distintas características, y se puede afirmar que es un verdadero experto en la materia.
Pero además Tiki, como lo mencionan quienes lo conocen un poco más, es a esta altura un respetado vecino de la ciudad, que participa de diversas actividades al margen de su comercio de venta y reparación de anteojos.

De Colonia Barón.
Llegado desde su Colonia Barón natal, Miguel es hijo de José, contratista rural en aquella zona, y de Angélica Pagella, quien falleció cuando él tenía nada más que dos años. «Se puede decir que no conocí a mi madre, y que fui criado por una hermana de mi mamá en Buenos Aires, de los dos hasta los seis años que regresé a mi pueblo…».
Eran tres hermanos, Carlos (fallecido), y María Angélica, esposa de Carlos Moslares (los dos padres de Tato y Cristian Moslares).
Casado con Alicia Solaro, también reconocida médica ginecóloga; tienen dos hijos, Matías que es licenciado en Economía y vive en Buenos Aires, y Noelia, psicóloga. Cada uno les dio un nieto, Juana (4), Inti (1 año y cuatro meses).

Tiempos de estudiante.
Miguel hizo la primaria en Barón, y el secundario en General Pico en el Colegio Industrial. «Terminé a los 16, y hasta los 21 laburé con mi viejo…». Eran esos buenos tiempos en que el devenir de la vida aparecía fácil… «jugaba al fútbol en Cultura Integral, de 4 ó de 8… era una época que traían muchos jugadores de Buenos Aires, pero algunos partidos jugué, primero en la tercera y también en primera, y hasta me di el gusto de ascender con el equipo de la B a la primera división», rememora.
Lindos tiempos, sin demasiadas preocupaciones, en todo caso las de cualquier muchacho de su edad… «, siempre la pelota, juntarse con amigos… los bailes en los pueblos de la zona, Quemú, Lote 13, Winifreda, Catriló…». Y sería también el momento de una relación que lleva muchísimo tiempo con Alicia: «Nos conocíamos desde que ella tenía 12 y yo cuatro años más… y cuando nos hicimos más grandes nos pusimos de novio», acota.
«Colonia Barón es mi pueblo de toda la vida, aunque hoy puedo decir que siento de manera muy fuerte la pertenencia a Santa Rosa, porque no puedo quejarme cómo me ha ido aquí», reconoce.
En Barón quedaron sus suegros fallecidos, pero también cuñados y primos que «cada tanto» visitan.

Aprendiendo el oficio.
Cuando tenía 21 años partió a La Plata, con la idea de estudiar Ingeniería, lo que hizo durante un año. «Pero la verdad es que no andaba ni para atrás ni para adelante… pero como unos tíos tenían una óptica en Quilmes, me fui a trabajar allí. Y de a poco fui aprendiendo el oficio», cuenta Miguel. Así fue que encaminaría definitivamente sus pasos hasta recibirse de Óptico Técnico (Contactólogo), oficio que desarrolla entonces desde hace más de 50 años, por lo que cabe suponer que algo debe entender del asunto… ¿No es cierto?
Evoca cuando, en aquel tiempo, tuvieron una óptica en sociedad con el tío en La Rioja y Estados Unidos, en Buenos Aires; épocas en que si bien vivía en Quilmes viajaba recurrentemente a La Plata, donde Alicia continuaba la carrera de Medicina, de donde egresaría con el título.

Llegada a Santa Rosa.
Se casaron con Alicia en 1974, y cuatro años más tarde decidieron instalarse en Santa Rosa: «Nos vinimos en 1978, antes del Mundial de Fútbol. Mis amigos me querían matar, porque me venía justo cuando se jugaba el campeonato… Cuando llegamos Matías tenía tres meses, y fuimos a vivir a una casa de la calle Yrigoyen, casi Oliver… Enseguida puse la óptica en 9 de Julio 180 (al lado de la esquina donde hoy está instalada)… un localcito chiquito, y justo al lado estaba ‘Chamaco’s’, de los hermanos Tony y Jorge Schaab», precisa.

Rápida integración.
Miguel agrega que «a Santa Rosa me adapté bien enseguida… me integré a un grupo de fútbol (que compartimos alguna vez), me acerqué al Jockey y empecé con el golf. También participé de comisiones directivas, me incorporé al Club de Leones… Lo que me acuerdo es que en esos primeros tiempos aquí había nada más que cuatro ópticas: Crespo, Oscar, Vértice y la mía; y ahora hay 17», señala.
Es cierto que la ciudad creció muchísimo, pero además en la población se ha generalizado la utilización de lentes, no sólo para leer, o para mirar a la distancia; sino también los de sol, que hay en distintas gamas y modelos.

Siempre se vende.
Davini es de los que no se pueden quejar, porque aún en los momentos de crisis -tan recurrentes en nuestro país-, él sigue trabajando bien. «Hubo tiempos en que se hacía muchísima publicidad, se auspiciaban los desfile de modelos, estábamos presentes en las elecciones de las reinas de los estudiantes. Al principio arranqué solo, al poco tiempo tuve una empleada que me ayudaba, y fuimos creciendo… En 5 ó 6 años compré esta esquina (9 de Julio y Pico) y armamos nuestro local propio, y ya de entrada nos fue bien, se incorporó personal, técnicos, y un contactólogo que era Luis Cortina. Siempre tuvimos empleadas que dejaron muy buenos recuerdos… aunque algún infiltrado siempre hay…», refiere en broma a Javier Noguera (oriundo de Colonia Barón como él), el encargado del Laboratorio que contempla la charla; y también a Raquel Jordán, Emilia Pelaiz, Jorgelina Delfino, Cristian Moslares, -el óptico y hoy su socio-, y la contadora Marcela Ortellado que naturalmente se ocupa de los números.

Mucho trabajo.
Miguel compara épocas, y dice que en su parecer «alguien que abre hoy es imposible que pueda comprar una propiedad para el local, y después un terreno y hacerse su casa. Y nosotros pudimos… está bien que laburábamos mucho con Alicia, porque ella empezó en el Hospital, y desde hace mucho tiene su propio consultorio… y le fue muy bien de entrada», completa.
Volviendo a lo suyo rememora que en la primera etapa «había pocas marcas de lentes, no había importados, y eran pocas variedades. Desde hace mucho tiempo también vendemos los lentes de contacto, y la gente se fue volcando a ellos, y a medida que fue avanzando la tecnología cada vez se usan más. Hoy son espectaculares, más finos, y solucionan la vida con una comodidad que no existía en los años cuando vine», explica.

Una clientela fiel.
Aunque casi no hay sector que escape de la crisis de estos días, Davini no se queja: «Se siente, pero tenemos una clientela de muchos años que nos es muy fiel… Pasa porque la gente necesita los lentes, pero además hay que estar actualizado con nuevos productos, el tema de los cristales, de los lentes de contacto, y para eso hay que tener tecnología, como por ejemplo los aparatos de medición que son indispensables… y muy caros, porque su valor está fijado en dólares, así que imagináte», amplía.

El golf y los viajes.
Fuera de su trabajo Miguel lleva adelante una vida tranquila, y podría decirse placentera: «Lo normal para mí es un poco de gimnasio, salir a correr por la zona de La Malvina con el perro o en bici, y sigo jugando golf… aunque menos que en otros tiempos, cuando supe tener un hándicap bajo. Iba todos los días con amigos, pero después decrecí porque empecé a practicar menos. Pero es un deporte que me atrapó, y además me permitió hacer una vida de relación y amistades muy fuertes», indica.
Cuenta que le gusta mucho viajar -a quien no, la verdad-, y con Alicia han estado varias veces en Europa, en el Machu Pichu, en Costa Rica, en las playas caribeñas, y en distintas ciudades del mundo. Pero además el golf ha sido un motivo para conocer, porque en más de una oportunidad -junto a su esposa, que también juega- han participado de torneos en Miami, organizados por una firma de Buenos Aires. «Por supuesto nos dimos el gusto de ver allí torneos de profesionales y eso estuvo buenísimo. Nos gusta mucho salir en grupos, y lo hacemos a distintas canchas del país», agrega.

Fana de la Academia.
Hincha del Racing Club de Avellaneda, Tiki se admite «bastante fana», al punto que es creador de la Filial de la Academia, junto al desaparecido y querido Nico De Niro, a Quico Telechea, Chamaco Lastiri y algunos otros simpatizantes. «Me divertía mucho el fútbol, pero el golf te atrapa porque es lindo el entorno, jugar en otras canchas, conocer lugares…», señala las diferencias.
Miguel se declara «un agradecido de Santa Rosa… espero que mi hijo que está en Buenos Aires se decida a venirse con su familia y que estemos todos más cerca», anhela. «Te decía que me gusta viajar, pero uno siempre quiere volver a su lugar… y mi lugar es este», afirma decidido.

Lo que viene.
Se lo ve bien, contento con lo que la vida le ha deparado, conforme porque se siente respetado, y querido «por mucha gente… uno lo advierte cuando anda por la calle, en el saludo cordial, en los amigos que siempre están… Y eso es impagable», se regocija.
Finalmente dice que «lo que viene, si se puede, es disfrutar de los nietos, verlos crecer… y compartir con Alicia, mi mujer, que ha sido una gran compañera. Te digo que la Provincia me encanta y la ciudad también. Es el lugar que elegí para mí y para mi familia. No tengo ninguna duda de eso.
Algo que no contó en la charla -quizás por pudor-, es que a través del Club de Leones llevan adelante un «pesquisamiento» en los colegios, para detectar chicos que puedan tener problemas en la vista. «Sí, no sé por qué no te lo comenté…», admite. Lo cierto es que con Cristian Moslares -y también algunos de los miembros del club, a quienes les enseñó la tarea- salen a las escuelas de le periferia: «Porque en algunas más cercanas los padres tienen obra social, o los llevan a los oculistas a sus hijos; pero donde vamos a veces pareciera que hay gente que lamentablemente no tiene acceso», agrega.
Miguel Davini. Sí, el de la óptica… Uno de los que nos ayuda a encontrar soluciones para nuestros problemas de visión; y seguramente uno de los mejores ópticos del medio, aunque él no lo diga.
En el final me pregunto: ¿Cuántos anteojos habrá vendido en 41 años de actividad? ¿Cuántos miles?…

Un invento imprescindible.
¿Desde qué tiempos se utilizan los anteojos?, ¿quién los inventó? Cabe preguntarse cómo sería la vida cuando no existían, porque obviamente siempre hubo gente con problemas de visión, inexorable situación que se presentaba cuando llegaba la
la presbicia, o cualquier otro tipo de mal que afectara los ojos: leer, escribir, trabajar, o aún moverse en sociedad podían transformarse en imposibles.
Hasta el Siglo XIII el único camino era la resignación. Algunas referencias indican que griegos y romanos habían descubierto que un recipiente esférico de cristal lleno de agua aumentaba las cosas y podía ser utilizado como lupa.
Hacia el año 1250 se comenzaron a desarrollar las llamadas «piedras de lectura», lupas, esferas de vidrio cortadas por la mitad y pulidas que deslizadas a lo largo de una página iban ampliando el texto.
El científico árabe Ibn Al-Haytham describió la función de la córnea y experimentando con cristales y lentes, y fue la base para producir lentes a nivel muy primario, lejos de lo que conocemos hoy en día.
En Venecia, a fines del siglo XIV, se empezaron a ver anteojos, con una lente convexa y monturas a base de madera, hierro, huesos o cuero. Eran dos pequeñas lupas con las manijas remachadas entre sí en forma de uve invertida que podía apoyarse en el puente de la nariz.
Se desconoce el nombre del inventor de los anteojos, pero en 1306 un monje en Pisa, Italia, acuñó la palabra «occhiali» (anteojos) y su uso comenzó a extenderse por toda Italia y Europa.
Cuando Gutenberg inventó la imprenta (1450) las gafas ya eran utilizadas por artesanos, monjes y estudiosos de la religión, y cuando los libros empezaban a estar al alcance de todos, la popularidad y las compras de anteojos aumentaron considerablemente. A finales del siglo XV, los vendedores ambulantes de gafas eran comunes en las calles de Europa Occidental.
Las gafas que se apoyan en la nariz y las orejas fueron inventados por un inglés, pero no fueron considerados de moda.
Las de sol se popularizaron allá por 1910, usadas por las estrellas de cine para proteger sus ojos del resplandor de las luces de los estudios de grabación.
¿Y los lentes de contacto? La primera lente que se puso en el globo ocular fue a principios de 1900, cuando un fabricante alemán de ojos de cristal colocó una lente protectora a un hombre cuyo ojo se vio afectado por el cáncer. El paciente llevó la lente hasta su muerte, veinte años más tarde, sin perder su visión.
Se estimaba que en 1964 más de 6 millones de personas en los Estados Unidos usaban lentes de contacto.

Los lentes «retruchos».
Las vendedores ambulantes venden las «marcas» Ray Ban, Armani, Vogué, etc. Y sobre eso dice Davini: «En nuestra Asociación trabajamos en cuanto a la venta ambulante, y en negocios que no son ópticos, porque hay una ‘Ley de óptica’ provincial que no se cumple», casi se resigna.
Y relata una anécdota graciosa: «Una vez una señora trajo para acomodar unos Ray Ban… ¡eran ‘retruchos’!. Cuando lo calentamos para acomodar el armazón casi se derriten, y quedaron inservibles. ¡Qué hago!, me dije… Porque no iba a poder convencer a la mujer de lo trucho de sus lentes. La cuestión es que a los pocos días en Buenos Aires vi a uno de estos muchachos senegaleses que venden en la calle y tenía unos igualitos… Los compré y se los traje… ¡La mujer chocha!» se ríe Miguel. Trágico hubiera sido que algún cliente lo viera ¡a Davini! comprando en un puesto ambulante. ¿O no?