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Ramón, el héroe del Hospital Molas

Expone su vida, todos los días. El caso del enfermero que siempre está disponible es paradigmático y ejemplo del valor de todo el personal que le pone el cuerpo y el alma a la lucha contra la pandemia.

MARIO VEGA

En una charla de Redacción nos planteábamos días atrás quién podría ser considerado héroe, qué características debería mostrar alguien para recibir tan enorme calificativo… A través del tiempo conocemos miles de personajes que fueron protagonistas de hechos extraordinarios y recibieron esa denominación.
Hemos hablado de héroes y heroínas cuando nos referimos a nuestra historia y nuestros próceres; y también cuando se trató de hechos que conmovieron porque alguien se jugó la vida por una causa, o en algún incidente particular.
Por eso la pregunta: ¿quién puede ser considerado héroe?

Vencer al temor.

En aquella conversación alguien expresó -yendo a un ejemplo extremo- que si en una hipotética batalla alguien que se muestre enajenado avanza hacia las tropas enemigas sin importarle su integridad física, y expone su vida despreocupadamente, habrá quienes lo vinculen con una cuestión heroica… Pero podría ser el caso de alguien que no está en su sano juicio y no estaría en condiciones de discernir el riesgo a que se expone… y entonces, quizás, la consideración debiera ser otra…
Distinto es el que se enfrenta al peligro aún con razonables temores, pero los vence y avanza… Y si se trata de poner ejemplos podríamos mencionar a alguien que ingresando a una vivienda en llamas saca a una persona y le salva la vida. Seguramente el protagonista sentirá cierto pavor ante el peligro, pero lo habrá superado para llevar a cabo su hazaña.

«Nuestro héroe».

Días atrás, en una visita el hospital Lucio Molas, una médica -a cargo de un importante servicio del nosocomio-, al pasar un hombre de mediana edad y contextura robusta lo señaló y me dijo: «Sabés… ese señor es nuestro héroe». Sin eufemismos definió claramente el rol trascendental que Ramón Luna -que de él se trata, enfermero el hombre- cumple funciones en el establecimiento.
Otras opiniones coincidieron -posteriormente- en señalarlo como una persona con una fuerte vocación de servicio, que nunca dirá que no cuando lo precisen…
«¿Yo un héroe?», dice y ríe con ganas Ramón cuando lo abordo para pedirle que conversemos para esta nota… «Acá en el Hospital hay un montón de héroes, en todo caso», trató de moderar el amplio elogio que se le estaba brindando.

Voluntad aún ante el riesgo.

«Cuando llegó el momento de transfundir plasma a personas con Covid lo cierto es que nadie se animaba a ingresar a la sala donde iba a realizarse… porque no sabíamos las consecuencias de estar varias horas en contacto con el enfermo, y claro que había temores. Pero Ramón levantó la mano y dijo decidido: ‘Yo voy…’. Ese día estuvo cuatro horas dentro del CEAR junto a los enfermos», expresó alguien que lo conoce muy bien.
Pongámonos en situación: ¿Nos hubiéramos animado cualquiera de nosotros a enfrentarnos a ese momento? Porque eran los primeros meses de la pandemia, cuando se sabía muy poco de cómo se debía actuar ante un caso de Covid. Por eso ingresar a esa sala era exponerse a lo desconocido, poniendo en juego su propia salud, y aún su vida…

Inflador psicológico.

Pero además el enfermero que se animó superando los temores que obviamente tenía, es esta misma persona que todo el tiempo está haciendo bromas -y cuenta chistes, algunos de subido tono- dándoles un impulso anímico a quienes sufren y soportan instantes difíciles en el CEAR, y que no saben a ciencia cierta qué pasará con ellos… «Ese hombre salvó muchas vidas desde lo psicológico… los internados esperábamos que llegara porque siempre tenía una forma de levantarlos el ánimo, de arrancarnos una sonrisa cuando no la estábamos pasando bien», nos dijo por estas horas el conocido locutor Fabián Carabajal, quien aportó su testimonio para hablar de Ramón y su accionar. «Me emociona acordarme de Ramón, que a mí me transfundió el plasma… es un personaje divino. Gente del Hospital me contó que le tenía miedo al Covid, y llegaba a su casa y dormía en una habitación aparte del resto de su familia. Lo que puedo decir que el tipo llegaba y era una explosión de alegría y de energía que levantaba el ánimo a todos…», contó.

El enfermero Ramón.

Tiene una voz grave y es conversador, y expresa que aunque parece extrovertido en realidad es tímido (lo disimula muy bien), y que en todo caso su actitud «es una coraza» y «todo el tiempo estoy tratando de vencer el miedo…», confiesa.
Y cuenta: «Me llamo Ramón Gutiérrez Luna (55)… soy el único enfermero llamado Ramón en el Molas, y me conocen como Ramón Luna, o simplemente ‘el Gordo’. Desde los 8 años vivo en La Pampa, cuando mi mamá Teresita Luna, hoy médica jubilada, buscó en el mapa un lugar y caímos… en Luán Toro. Unos años más tarde nos mudamos a Anguil, donde siguen mamá y dos de mis hermanas: Gabriela, que es maestra y Andrea, enfermera. Somos seis hermanos y algunos nos desperdigamos un poco: Eliana también es maestra y vive en Santa Rosa; igual que Germán que es médico del Molas; y Alina, Técnica de Laboratorio, vive en Córdoba».

Esposa e hijos.

La esposa de Ramón es Elisa Lezcano, Directora de Conectividad y Modernización. «Nuestros hijos son José León, ex nadador de All Boys, guardavidas y estudiante de medicina en la Universidad del Comahue… le gustaría ser médico de la Armada; y Manuela Nahir, practicaba Gimnasia Artística y es aspirante al ingreso a Kinesiología, en Córdoba. Ella dice que al finalizar su carrera quiere ir a España, y tal vez luego a los cuerpos de paz de África… Obvio que no quisiera que se me fueran, pero con Elisa les dimos a los chicos las alas y les enseñamos a volar… y ellos van a decidir su futuro», dice ahora un poquito más serio.

Médico frustrado.

Después de estudiar en la Escuela Agrotécnica de Santa Rosa, Ramón partió a estudiar medicina en Córdoba. «Cursando tercer año se me ocurrió pasar mis vacaciones en la zona de Guaminí, con la intención de llegar a Sierra de la Ventana en bicicleta… Así que arranqué a pedalear con un bolso y la bici que aún conservo… Pero en Coronel Suárez daban un curso de Inseminación Artificial y me ofrecí… alguien que criaba vacas de tambo me tomó, y mientras esperaba ver los resultados de las inseminaciones hacía trabajitos en campos vecinos. Cosas sencillas: sembrar una pastura, acarrear trigo o cosas así… En ese ínterin me convocaron para dar clases en la Agrotécnica pero no vine, y ese lugar lo tomó mi amigo ‘Toro’ Duprat… A la vez También en ese tiempo me llamaron del Ministerio de Educación de Buenos Aires para un relevamiento de las Encadenadas… era una empresa española que ya no existe y mi jefe el neurocirujano Raúl Matera, con quién no nos llevábamos muy bien que digamos… él era peronista de la primera hora y yo entonces uno de los primeros integrantes de la Juventud Radical… Por eso aguanté pocos meses y me volví, y la verdad nunca llegué a Sierra de la Ventana. Hasta hoy».

Mecánico y camionero.

Ramón sigue diciendo que ya no quiso volver a la Universidad en Córdoba… «Mamá me quería matar… así que sin saber muy bien qué hacer con mi vida abrí un taller de electricidad automotriz en Anguil. Empecé a hacer peritajes mecánicos para la Policía y cada tanto cubría a Miguel Alzogaray, el chofer de la ambulancia de Anguil».
Recuerda además: «Los domingos me iba con mi cuñado Abelito Calvo en su camión jaula a Buenos Aires a llevar vacas al Mercado de Liniers. Mientras estaba en el secundario mis viajes con él eran regulares; pero ya en la Universidad y con mi estadía en Guaminí se espaciaron. Pero los retomé al regresar a Anguil».
Ramón lo hacía como un hobby, no como un trabajo, «pero un día Abel Calvo (padre) empezó a pagarme… Y ya me gustó más. Así es que era camionero de domingos, y al regresar el lunes mecánico en mi tallercito de electricidad», evoca.
En realidad el taller era un gran patio, sin tinglado ni fosa. «En una piecita tenía mis herramientas y cachivaches. Nunca quise convertirlo en un verdadero taller, porque siempre supe que no moriría ahí», sostiene.

A estudiar enfermería.

Un día se enteró que abría la carrera de Enfermería en Santa Rosa: «Ahí decidí regresar a mi primer amor… fue muy duro… ya era un tipo grande, con tres trabajos. jugaba al rugby, hacía pequeñas artesanías en hierro que regalaba porque nunca quise venderlas… Y bueno, de a poco fui soltando todo: el rugby, la maquinita de soldar, los peritajes y después el taller…».
El hombre tiene un reconocimiento especial para Elisa, su esposa: «»Me ayudó muchísimo para que pueda estudiar… Nos mudamos a Santa Rosa y ella se hizo cargo de todo lo que mis capacidades económicas no podían. Rescato muchas cosas de ese tiempo… como cuando el comisario Luis Blanco, hoy ya retirado, jefe de la Seccional Primera, en su afán de ayudarme me llevaba los autos a reparar a mi tallercito… Todo era una gran ayuda», pondera hoy.

Cuando la Gripe ‘A’.

Ramón tiene presente que «casi al final del Ciclo de Profesional de Enfermería, apareció la Pandemia de Gripe ‘A’. Y como esta del Covid 19 tomó al Estado medio corto de personal. Pedían enfermeros en todas partes, y con otros seis estudiantes -yo los doblaba en edad a todos- fuimos de voluntarios al Gobernador Centeno de General Pico. Trabajamos muchísimo y aprendimos, como me gusta decir, ‘re muchísimo’ más».
Precisa que cuando aquello terminó, y ya recibidos de profesionales los seis, «yo con 43 años, nos premiaron con el artículo 5° de Salud y nos permitieron elegir destino: yo elegí Clínica Quirúrgica del Hospital Lucio Molas, servicio al que amo y extraño hasta el día de hoy».

Al Banco de Sangre.

Pero un día, luego de siete años, sintió que «debía cambiar de aires. Estoy convencido que el personal que se ‘acovacha’ en un solo lugar llega a creer que ese es el centro de su universo. Así que fui al Banco de Sangre del Molas, donde ya llevo cuatro años… en ese tiempo terminé de cursar la Licenciatura, aunque aún estoy luchando con la tesis… ¡pero ya casi la tengo!», sonríe entusiasmado.
Obviamente mamá Teresita -la doctora le dedicó 43 años a la medicina- es una referente para sus hijos. Y evoca Ramón que ella decía que «si alguien golpea dos veces a tu puerta, era porque sos perezoso… la puerta se golpea una sola vez y la respuesta y la solución deben ser inmediatas. Hoy en día sigo haciendo lo que ella hacía: me siento en la cama del paciente, hasta que pasa la fiebre, o el miedo, mientras les cuento mis mejores historias, o escucho solamente, hasta que su desahogo le traiga un poco de paz».

Transfusión a enfermos de Covid.

La doctora Ana Paula Portalez, jefa del Servicio de Hemoterapia, destaca el espíritu de Ramón Luna: «Es una persona que de ninguna manera trabajará a reglamento, que nunca llega tarde, y tiene una voluntad y una vocación digna de destacar».
Rememora cuando hubo que hacer la primera transfusión de plasma a un enfermo de Covid: «Él no lo dudó, cuando por supuesto todos teníamos temores porque no sabíamos manejarnos frente a la situación… y desde entonces hace más de un año se encarga de eso». Y hay que decirlo, tanto Ramón como Florencia Mur -técnica de laboratorio, su compañera desde hace algunos meses- se ponen en riesgo permanentemente. Entonces, cómo no decir de ellos que son héroes. ¿Cómo que no?

Un boca sucia.

Ramón parece divertirse al decir: «Algunos me señalan como un personaje, porque me gusta que todo el mundo ría. Soy muy boca sucia, y sé muchos chistes y cuentos muy subidos de tono que les cuento a los pacientes para sacarlos de su tristeza o sufrimiento, aunque sea por un ratito», admite.
De todos modos no cree «en las malas palabras. Sí en las que están cargadas de malas intenciones, como decía Fontanarrosa. Con esos chistes alivio un poco el día pesado o el dolor ajeno».
No deja de mostrarse «agradecido con todos aquellos que se tomaron un minuto para enseñarme lo que saben hacer, que son muchísimos», asegura.

Los que se van, el dolor que queda.

En un momento de la charla se pone más circunspecto y refiere a cosas dolorosas… «Se han ido muchas personas y entre ellas gente de nuestra intimidad, como compañeros de trabajo. Hubieron tres casos que me socavaron hasta los cimientos: uno fue mi primer chofer de larga distancia, que tenía mucho miedo como sabiendo lo que vendría; también una enfermera con la que mi mamá compartió por muchos años en el Sanatorio Santa Rosa, y a la que cuidé todo lo que pude en el CEAR, hasta que partió… Otro momento muy triste fue hace pocos días: me llamaron de la Guardia Central para transfundir con sangre a una mujer muy joven, pero se fue antes de que logre hacerlo… Casi ni supe quién era, pero sí que era muy joven. Cuando volví a mi casa, y cuando nadie me veía me puse a llorar… de impotencia».

El altruismo como bandera.

Y reflexiona: «A lo mejor es puro cansancio, o tal vez un rasgo de humanidad… pero es que vemos a tanta gente que ha envejecido y ha perdido la sonrisa en tan sólo un año y medio… Esto ha sido muy terrible».
Ramón es un héroe. Yo no lo dudo… ¿o alguien lo puede discutir? Con seguridad en el servicio de Salud provincial hay muchos más… Y el caso del «Gordo» Luna es sólo un ejemplo de un grupo de hombres y mujeres que se juegan la vida con un altruismo que no se puede explicar sino como una actitud de enorme nobleza… y de heroísmo. Sí, claro.
Por gente como Ramón cabe esa frase del poeta… «hay gente que es así… tan necesaria».

Lágrimas en el silencio de la noche.

Si bien se muestra alegre y es difícil encontrarlo con la guardia baja, Ramón revela no obstante que no puede ser indiferente ante el dolor por las pérdidas a las que asisten -lamentablemente- todo los días en su tarea los que trabajan en el servicio de Salud… «Compartimos con los enfermos mucho tiempo, y nos alegramos cuando se van de alta, y cuando se produce un deceso duele no haber podido hacer más para evitarlo… Y pasa todo el tiempo».
Cuando se le pregunta cómo lo sobrelleva acepta que a veces se lleva el peso del sufrimiento ajeno a su casa… «A la noche me siento en mi computadora y juego ‘solitarios’, o miro videos de viajeros en moto, o videos graciosos, mientras trato de olvidar mis propias penas, que las tengo, y también lo que pasó ese día… Pero de verdad no puedo… Y entonces lloro… en silencio, para que nadie se dé cuenta». Y ciertamente su relato resulta conmovedor.
«Igual sé que al otro día hay que volver a empezar… y me gusta ser enfermero, que es el rol que me tocó en la vida. Es mentira que nada me afecta, o que siempre estoy alegre, aunque me vean así… es mi forma de tratar de ayudar a que los demás estén mejor», afirma.

No a la pereza.

Y sigue su monólogo: «Me duele el miedo ajeno, y el mayor temor es que algo salga mal a causa de la pereza, por eso trabajo hasta la obsesión, sin descanso». Y en este punto relata un suceso que lo marcó: «Es como un castigo que llevaré por siempre: hace muchos años a un pibito de Anguil, 18 años tenía, que trabajaba en cuestiones agrícolas, se le rompió su camioneta, me la llevó a reparar y pudiendo hacerlo yo elegí hacer otros trabajos más sencillos. Martín, así se llamaba, pidió un auto prestado, tuvo un accidente y murió… Si yo no hubiera sido perezoso hubiera reparado su vieja camioneta y eso no hubiera sucedido. Desde entonces la enfermería es esto para mí: reparar ya… y ‘ya’ es ‘ya’, para que no pasen cosas malas por una actitud de desidia», enfatiza como si se tratara de un mandato ineludible desde aquel suceso.
A Ramón le tocó cubrir servicio en muchas partes: en la Guardia Central, en Clínica Médica, en el Hospital Evita, en Ambulancias… «Tengo por costumbre hablar mucho con la gente, y busco todas las posibilidades de poder ayudar. Mi frase es una de la Madre Teresa de Calcuta: ‘Debo tratar de hacer todo lo que pueda por ayudar; para con el conocido y el desconocido. Al fin y al cabo sólo pasaré una sola vez por este lugar’. Y es lo que trato, todo el tiempo», concluye.

«Frente de batalla»

Ramón Luna razona que «algo nos dejará esta marea. En la pandemia de la Gripe ‘A’ a muchos nos convirtió en enfermeros-soldados de elite… Cuando esto pase habrá una tremenda calidad de enfermeros, porque hay muchos estudiantes de la carrera que se están instruyendo ya no en la trinchera sino en el frente mismo de batalla».
No obstante advierte que «no pasará así nomás… Las vacunas harán su trabajo en la progenie, pero debemos apostar a cosas que parecen olvidadas como la solidaridad», argumenta.
Agrega que en Salud «hoy estamos todos muy cansados. El Estado invierte mucho en insumos y asistencias, pero sentimos que se va agotando el recurso que está activo desde el principio, y que no pide nada tan difícil de cumplir: algunos que les aseguren trabajo en planta; otros que les regularicen el pago, como los artículos 6° que han pasado meses hasta cobrar… algunos sencillamente un descanso», dice en el final.