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Recuerdos de un dirigente de los de antes

Ser dirigente es sin dudas un desafío. La persona se convierte en centro de un escenario en el que su conducta puede ser elogiada, pero también hay exposición a críticas a veces no muy fundamentadas.

MARIO VEGA

La condición de dirigente -en cualquier espacio de que se trate- requiere de vocación, y obviamente de tener aptitudes para ocupar un cargo. Supone además una gran responsabilidad de responder a quienes llevaron a alguien a ese cargo, ya de una entidad social o deportiva o, por qué no, de una institución solidaria como puede ser una cooperativa o una ONG.
Un dirigente es un líder, y son absolutamente necesarias las personas que conducen, que determinan hacia dónde hay que avanzar, y que se transforman en líderes de determinados proyectos. Es verdad que es meritorio que quien asuma ese rol tiene que tener en cuenta que forma parte de un equipo. Ni más ni menos.
Esas personas deben ser intelectualmente honestas, y lo suficientemente decididas en la acción para que lo siga un grupo -imprescindible- y poder alcanzar de esa manera los objetivos que se pretenden.

Dirigentes se buscan.

En estos tiempos -sobre todo- escasea la gente que se acerca a una entidad -de cualquier índole-, y ciertamente lo más frecuente es que son muy pocos los que quieren asumir la responsabilidad de sumarse para contribuir. Aunque naturalmente los hay, y por suerte también muy buenos y comprometidos.
Desde ya se sabe que incursionar en la dirigencia es poner tiempo y esfuerzo en aras de un bien común, en un contexto en que el individualismo resulta moneda corriente.

Personalidades de los clubes.

Si hablamos de por aquí nomás se puede decir que todos los clubes tuvieron en algún momento figuras icónicas, que pensaron en un destino de grandeza para las instituciones de las que formaron parte. Si se trata de dar nombres se pueden mencionar distintas personalidades, más allá que en la enumeración seguramente habrá alguna omisión involuntaria por la que obviamente ya me estoy disculpando…
En el Club Estudiantes entre los más relevantes -aunque no todos hayan sido presidentes- se cuentan Víctor Arriaga, Pedro Lastiri, Santiago Álvarez (p), y Lalo Espina entre otros, por mencionar sólo a los más antiguos.

En otras entidades.

En All Boys emergen el fundador Pancho Colomés, Santiago Marzo, Aquiles José Regazzoli, Ismael Amit, Herminio Bertolini, Rodolfo Marinelli y Ramón Turnes. En General Belgrano René Parada, Hilario Gómez de la Torre, Isidoro Rabinal, Armando Caballero, Cacho Silva, Carlos García, Capi Di Nápoli, Lolo García, Carlos de la Fuente, Chacho Castaño, y otros.
¿Y en Deportivo Penales? El fundador Arturo Varas, Romualdo Díaz, los hermanos Feliciano y Gerardo Jorge, Miguel Gordillo, Alberto Cubero y René Dosio.
Si hablamos de Sarmiento surgen nítidas la presencias de Juan Alejo Suárez Cepeda, de Luciano Álvarez, de los Chamorro, los Calvo, Luis Gadañotti, Héctor Rivas y tantos… En General San Martín, que parece volver a vivir, Evaristo Rosas Arias, Carlos Gutiérrez, Valencia. Y así podemos seguir con cada uno de los clubes santarroseños…

Los de Atlético.

En el caso de Atlético Santa Rosa -otrora uno de los poderosos- cabe nombrar a Vicente Barreira (primer presidente); Antonio Felice, Raúl Talmón (p), Nikito Susvielles, Antonio Nemesio, Mateo Calderón, Raúl Batisttoni, Pichón Chico, Juan Prieto, y los hermanos Héctor y Osvaldo Rivera, entre muchos.
Excelentes dirigentes que se pasaban horas en sus instituciones, con una pasión, con unas ganas de aportar y ver crecer al club de sus amores que llegaban a conmover.
Si hablamos de los notables dirigentes de Atlético Santa Rosa no se puede dejar de hablar de Héctor Oyhagaray (82). «El Vasco» tuvo la enorme satisfacción de conducir al club en el momento más importante de su vida institucional… o al menos en lo deportivo, porque trascendente también habría de ser luego la traición de tres dirigentes que lo mandaron a la ruina, situación de la que aún se está tratando de salir. Y no voy a abundar en esto de lo que todos saben. No por ahora…

El ingeniero Oyhagaray.

Héctor María Oyhagaray es nacido en Pehuajó, aunque un tiempo cuando niño vivió en Ataliva Roca. Su padre, Benito, «tenía una pequeña explotación agropecuaria. Trabajó en actividades agrícolas ganaderas… rentaba campos, hacia agricultura y fundamentalmente se dedico a la compra y venta de hacienda», precisa el Vasco. Su mamá se llamaba Haydee Ariznabarreta, también bonaerense. Su hermana Ana María falleció en un accidente hace años -«el gran dolor de la familia», dice-, y era la mamá de Sergio Melián (hoy también directivo de Santa Rosa), sobrino, ahijado, y muy cercano a Héctor. Sería Sergio quien, de alguna manera, influyó para charlar con uno de los grandes dirigentes que tuvo el albo a lo largo de su historia.

La familia.

Casado con María Sara Contard, el matrimonio tiene tres hijos, las dos mujeres viviendo en Tandil: Valeria, Paula; y Ezequiel en Santa Rosa. Ellas y él les han dado ocho nietos: Francisco (23), Tomás (20), las mellizas Rosario y Catalina (18), Hilario (9), Hipólito (7), Josefina (10) e Iñaki (8).
Héctor cuenta que en 1951 la familia se instaló en Santa Rosa, y «aquí mi hermana y yo hicimos el secundario. Ella en el Colegio María Auxiliadora obtuvo el título de maestra y yo en la Escuela Industrial, hoy EPET N°1, me recibí de técnico mecánico. Después me decidí por seguir la carrera de ingeniería en la Universidad Nacional del Sur en Bahía Blanca, donde me recibí después de un año y medio de interrupción de la carrera porque hice el servicio en el Regimiento de Toay… salí un par de meses después de la última baja», dice en algo que sorprende y que contará luego más extensamente.

El barrio de la niñez.

Se acuerda perfectamente del barrio de la niñez y la adolescencia: «No tenía nombre entonces, y la calle donde vivimos era Cervantes al 600 entre Escalante y Juan B. Justo, a seis cuadras de la Plaza San Martín. Hoy ha quedado céntrico, pero en aquellos años parecía alejado y muchos lo asociaban a un barrio de la laguna dada su proximidad con la Don Tomás».
Agrega que «no obstante tenía bastante densidad poblacional y era previsible mucha posibilidad de crecimiento a corto plazo, como efectivamente ocurrió… Un barrio multiclacista donde se mezclaban clases medias altas y bajas con trabajadores de todo tipo: albañiles, mecánicos, pequeños comerciantes, empleados públicos, etc. Y verdaderamente se caracterizaba por una gran convivencia… eran otros tiempos», admite.

La adolescencia.

El Fortín (Fortín Roca en aquellos años) y El Prado Español eran los clubes que le daban identidad deportiva y social a esa barriada, complementada por «la famosa Escuela 38 y la Escuela Normal, que eran los símbolos de la educación, primaria aquella y primaria y secundaria la segunda».
Se retrotrae en el tiempo y rememora a sus amigos «de la juventud. La mayoría del barrio, por supuesto: los Aguerrido, Bravo, los Costabel, Cacho y Yaya Otero, y el Negro Vitale, por nombrar a los que más frecuentaba. Y a ellos les debo agregar los compañeros de estudio entre los que estaban Mario Morán, Cacho Romero, ‘Pichango’ Dal Bianco, entre muchos».

Siempre el fútbol.

Como era natural en aquellos tiempos la pelota era el juguete de todos los pibes, y para el Vasco iba a ser igual: «Había canchitas por todas partes… Jugué unos años en la cuarta división de Estudiantes y allí compartí con muchachos como ‘Pulga’ González, El Negro Palma y Quique Monlezún», este recientemente fallecido y a quien Héctor reconoce como «un gran amigo».
Aunque jugó en el club de la calle Moreno, siempre simpatizó con Atlético Santa Rosa. Por eso, después de mis años de estudio en Bahía Blanca, a la vuelta ya me acerqué mucho más hasta que me invitaron a formar parte de la Comisión Directiva. Era 1979 y el presidente era Antonio Nemesio y entre los integrantes estaban El Peca Eyheramono, el Negro Blanco, Raúl Talmón (padre), Driden Pérez, los hermanos Rivera y Rulo Batisttoni entre otros».

El presidente.

Recuerda casi con emoción cuando en 1981 «la asamblea de socios me honró con la Presidencia, acompañado casi por la misma gente más algunos que se agregaron. Fueron lindos años para el club, de mucho trabajo, y pocos ingresos como siempre», se ríe.
Precisamente durante su mandato se participó en aquel Regional que ganó Atlético y luego lo catapultaría al Torneo Nacional. Fue, quien lo duda, una justa magnífica y que no se repetiría hasta hoy con una entidad capitalina (lo lograría más tarde Ferro de General Pico). «Sí, fue una época de efervescencia, de grandes emociones… y lo más lindo que le pasó al club», sostiene.

El ingeniero y la docencia.

Claro, más allá de aquellas alegrías deportivas -que demandaron no pocos esfuerzos de los directivos de entonces-, había que seguir trabajando en lo personal porque detrás había una familia e hijos.
Héctor menciona que laboralmente se inició como Jefe de Talleres de Vialidad Provincial, luego que se realizara un concurso. «Después hice algún post grado que me permitió incursionar en otros lugares de la administración pública como la Asesoría de Desarrollo, la Dirección de Industria; y hasta llegué a ser en algún momento Secretario de Obras Publicas de la Municipalidad de Santa Rosa», precisa.
Fueron épocas de muchísimo trabajo, porque «al mismo tiempo era docente de la Universidad Nacional de La Pampa en las Facultades de Ciencias Económicas y en Exactas… así transcurrió mi carrera docente, y años después también me desempeñé en una Unidad Ejecutora del Ministerio de Educación de la Nación en programas educativos financiados por el BID (Banco Interamericano de Desarrollo) y el Banco Mundial en el área de ‘Infraestructura’. Finalizados esos compromisos regresó a la Provincia ya para acceder a la jubilación.

Afiliado al MID.

En algunos años había hombres y mujeres que no se quedaban quietos -seguro que hoy también habrá muchos-, e incursionaban en las más diversas actividades. No sólo laboralmente, sino participando de instituciones intermedias y, por qué no, también hasta se hacían tiempo para la política.
«La verdad es que en mi caso estuve en la política partidaria… mis inicios fueron en la campaña electoral del ’58 que en aquellas elecciones nacionales llevaron a la presidencia de la Nación al doctor Arturo Frondizi. Por razones de estudios me alejé de la actividad pero siempre estuve vinculado de alguna forma a la vida política», refiere
Cuando regresó a Santa Rosa coincidió con la fundación del Movimiento de Integración y Desarrollo, «lo que hizo que me afiliara y volví a participar». Y tiene especial recuerdo «de dirigentes como Rogelio Crespo, Eloy Traba, Evaristo Rosas Arias y tantos otros, de aquí y del interior, quienes participaban activamente en la conformación y consolidación del desarrollismo en La Pampa, que hasta en algún momento llegó a ser la tercera fuerza política de la provincia», rememora.
Un ofrecimiento que le llegó del Frejuli no lo encontró dispuesto para una candidatura, y declinó la propuesta.

Paseando por el mundo.

Cuando llegó la etapa del jubileo y todo marchaba de lo mejor, apareció esta pandemia que azota al mundo y nos cambió la vida, y por supuesto también incidió en la del Vasco y su familia. Gozando del tiempo libre, con María Rosa habían realizado varios viajes por el mundo, y realmente estaban entusiasmados con la posibilidad de continuarlos.
«Nos dimos el gusto de estar en la Europa clásica: España, Italia, Francia, que la recorrimos bastante; y posteriormente hicimos Europa del Este -cuenta Héctor-, conociendo Viena, Budapest, Berlín, Copenhague, Helsinki, San Petersburgo, Moscú, y Estonia. Y además pudimos hacer un crucero por el Báltico», describe sobre las maravillas de esos sitios soñados que pudieron visitar.
Pero no sólo eso, porque también pasearon por Nueva York y otros sitios de Estados Unidos, además de Canadá. «Nuestro país ya lo habíamos andado mucho… y después quisimos conocer el mundo… En eso estábamos hasta que apareció esto…», expresa sobre la pandemia que se abate sobre toda la humanidad.

Disfrutar de la vida.

María Rosa lamenta que «este vasco rezongón», como lo define, no salga un poco más: «Antes se juntaba con amigos en el café, pero con todo esto se queda mucho en casa… Yo le digo que lo llevo hasta el lugar y lo dejo… pero se niega», afirma. Héctor le da la razón y admite que tiene que volver a esa rutina que compartía con Horacio Dogliolo, Abel Bergonzi, Leonardo Písula y algunos otros. Expresa que por ahora no se siente del todo bien, que por allí le cuesta recordar algunas cosas… aunque charlando con él a mí se me ocurre todo lo contrario, y que en realidad lo que le sucede nos pasa un poco a todos. Sí, producto de la edad, pero también de este flagelo que nos mantiene arrinconados, viviendo este para adentro que nos ahoga, nos estresa y hasta nos hace mal…
Ya pasará Vasco. Un día terminará la pesadilla y podremos volver a disfrutar… de la familia, de los hijos, los nietos… y de los amigos del café. Sí, podremos volver a deleitarnos con la vida que está por ahí… esperando.

Con mirada iluminada.

Decíamos que El Vasco Oyhagaray fue dirigente de Atlético Santa Rosa en los momentos más felices de la historia del Albo. Era presidente cuando aquella cabalgata histórica llevó a ese plantel, que conducía el Toro Sánchez, a jugar nada menos que el Torneo Nacional de la Asociación del Fútbol Argentino.
Un recuerdo inolvidable, aunque el entrenador de entonces quedó emparentado -luego-, al mayor fraude que sufrió un club de esta ciudad, y que no es necesario reiterar aquí porque todos conocen lo que sucedió. Se ha escrito suficientemente sobre eso.
Lo cierto es que por estas horas Héctor -a instancias del fotógrafo- regresó al Mateo Calderón, el estadio escenario de aquella hazaña inolvidable. Entró un poco dubitativo… pero se le iluminó la mirada cuando caminó hacia la tribuna que está detrás del arco que da a la Avenida Ameghino: «Esta la hicimos nosotros y la inauguramos cuando se jugó el primer partido aquí con Rosario Central por el Torneo Nacional… ¡Qué lindo momento!», piensa y se queda mirando la cancha donde un grupo de pibes corre detrás de una pelota. Casi como si por un momento El Vasco estuviera evocando a Dany Pérez, Chiquito Rodríguez, Víctor Nicollier, Daniel Petrucci, Tito Mansilla, El Chueco Ramírez, los hermanos Castillo… y tantos otros que participaron de aquella gesta magnífica e irrepetible. «Después a esta tribuna la designaron como ‘Mario Montigni’ que fue un hijo dilecto del club», completa.
Grata sorpresa tuvo cuando ya dispuestos a salir del estadio, apareció José Luis Rodríguez («Chiquito» fue capitán de aquel equipo). No pudieron abrazarse por obvias razones, pero acercaron sus puños en el saludo afectuoso… y claro está el diálogo no pudo obviar aquellos tiempos: «Cuando ganamos la clasificación al Nacional, en Río Gallegos, al presidente lo agarramos entre todos y le afeitamos el bigote», cuenta «Chiquito» divertido, aunque al parecer a Héctor poco le gustó la gracia.
Se fue contento Oyhagaray del estadio… Y se nos ocurre que sería una buena terapia para él ir más seguido a reencontrarse con los mejores recuerdos. Con esos que los albos atesoran como los momentos más felices… Con seguridad le haría bien, muy bien.