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Rolando Benítez, «cirujano» de relojes

El reloj digital hizo que los pequeños aparatos a cuerda fueran siendo dejados de lado. No obstante, hay muchas personas que aún los usan, aunque quedan pocos relojeros de oficio capaces de arreglarlos ante un desperfecto.
MARIO VEGA
Establecer la medida del tiempo fue desde la antigüedad una obsesión para el hombre, en su necesidad de ordenar sus hábitos de vida. De alguna manera las primeras civilizaciones midieron el tiempo para poder establecer sus períodos de siembra, y luego vinieron diversos inventos para llegar a hacerlo con mayor exactitud.
En estos tiempos los relojes se multiplican y se pueden ver en los celulares -sobre todo-, en computadoras, aparatos de televisión, etcétera. De todos modos, es habitual que mujeres y hombres luzcan en sus muñecas relojes pulseras, como un accesorio de la indumentaria. Los hay de las más diversas marcas y modelos… algunos que valen una moneda importante, y otros que tienen mucho menos valor… cuando no se trata de baratijas que se venden incluso en las calles.

¿Reloj o alhaja?
En lo personal debo confesar que hace muchísimos años, décadas -desde que perdí uno muy lindo regalo de mi abuela materna- no uso reloj. Pero no por eso dejo de apreciar la belleza de un buen diseño, o la calidad de algunas máquinas que se ven por allí que en realidad son verdaderas joyas para lucir en alguna fiesta. Aunque, claro, lejos estoy de ser un experto en la materia.
Cuentan que el primer reloj, usado precisamente como una alhaja más o menos excéntrica fue lucida en 1812 por María Carolina de Austria, Reina de Nápoles. Era cuando se utilizaban los de bolsillo, pero a ella se le antojó que lo mostraría en una de sus muñecas. Adosado a un brazalete de oro y piedras preciosas, sería el primer reloj pulsera de la historia que se registre.

Joyerías en Santa Rosa.
En Santa Rosa hubo un tiempo en que había varios comercios que se dedicaron a la venta de relojes: Ruz, Sturba, Ares, Corredera, Vázquez… Seguramente en el repaso habrá alguna omisión, pero cabe mencionar también -aunque ya más dedicados al arreglo-, a Dittler, De María, González, Llel y Fornes, entre otros.
Casa Vázquez estaba ubicada en calle Avellaneda, al lado de la entonces Confitería El Águila -donde hoy está Corredera-, y allí habría de aprender el oficio de relojero Rolando Benítez (77), que lleva nada menos que 65 años dedicados a la actividad.

Familia de «la Villa».
En su domicilio de calle Dante Alighieri 1.054, donde hoy tiene montada su pequeña joyería, y donde trabaja todos los días Rolando nos recibe y acepta gustoso contar su historia.
Nacido en Uriburu, siendo todavía muy niño se estableció con su familia en Santa Rosa, más precisamente «en la Villa Santillán, donde siempre quise vivir… en ese tiempo las calles eran huellas, y esto estaba lleno de renuevos y plantas de piquillín», evoca. «Mi padre, Isabelino, era trabajador rural; mi mamá se llamaba Agustina y éramos tres hermanos, Roberto, fallecido y José Agustín. Estoy casado con María Isabel Gómez, y tenemos dos hijos, Dalila y Natalia, y completan la familia los nietos, Lautaro y Alma», sintetiza el hombre.

En Joyería Vázquez.
«Aquí enseguida fui a la Escuela 180 -emblema de la Villa-, y ya en quinto grado sabía que no iba a seguir el colegio secundario, por lo que empezaba a buscar de qué iba a trabajar más adelante… En las vacaciones me dedicaba a repartir folletos de las tiendas y comercios, hasta que un día un vecino me dijo que en Joyería Vázquez, que tenía el comercio en el centro, en Avellaneda 265, iban a necesitar un cadete, así que me presenté».
Lo tomaron, un poco para hacer mandados, pero también para cebar mates u otras tareas menores… Pero Rolando era un chico inquieto, y se quedaba tiempo observando el trabajo de los maestros de taller, que reparaban los clásicos relojes pulseras a cuerda.

Los maestros.
«Era atrapante ver trabajar a Rubén y Dante Vázquez, y sobre todo a Francisco Triziuzzi, un italiano que sabía muchísimo… un verdadero artesano, capaz de hacer un ‘ejecito’ de la máquina de un reloj con alambre templado… después con el tiempo el hombre se volvió a Italia, pero aprendí muchísimo de él», rememora.
Estuvo 53 años en Joyería Vázquez, hasta que el local se trasladó a la calle 9 de Julio; y más tarde a la Pueyrredón… «Ahí éramos medio socios, y Rubén también se dedicaba a hacer trofeos… con el tiempo decidimos separarnos y repartimos algunas cosas… estas vitrinas -las muestra- , y otros armarios eran de Joyería Vázquez. ¿La caja fuerte? También, anda perfectamente y se abre y se cierra con una combinación», dice ante una gran caja de metal.

Un artesano.
En ese atelier pasa buena parte del día… «Lo que aprendí con el Tano, sobre todo mirando porque era de preguntar poco, es que hay que ser exigente con las terminaciones, porque trabajando con un elemento de tanta precisión como un reloj no puede ser de otra manera… Y sí, un poco se puede decir que uno es un artesano en esto de arreglarlos», expresa.
El tañido de la campana de un gran reloj de pared se hace escuchar, y no puede ser más oportuno para la situación… «Tengo varios, y andan perfectamente», dice Rolando señalando las paredes. Sobre la mesa de trabajo se observan varios de aquellos viejos despertadores que uno podría creer ya no se utilizan, mientras el artista muestra una caja donde se amontonan relojes pulsera que alguien dejó para arreglar y nunca más pasó a retirar… «Suele pasar», admite lacónico.

«El Relojero».
Le cuento que Roberto Arlt, en sus «Aguafuertes porteñas», tiene un artículo que se llama precisamente «El Relojero». Se sabe, el escritor volcaba en esos escritos que se publicaban en la prensa, una suerte de análisis y comentario de los cambios que iba sufriendo Buenos Aires. «Si hay un oficio raro es indudablemente el de relojero, ya que no parecen haber estudiado para relojeros, sino que han aparecido sobre el mundo conociendo la profesión», señalaba.
Al decir de Arlt «casi todos los relojeros son pálidos, lentos en modales, silenciosos… Las estadísticas policiales no dan nunca un relojero criminal. Me he fijado detenidamente en este fenómeno», completaba.
En el caso de Rolando, más allá de la exageración del final -refiriendo a las estadísticas criminales en la frase del escritor-, pensándolo bien se podría convenir en que podría responder a algunas de esas características.

Un hombre muy activo.
Aunque quizás sea sólo dentro del taller, porque en el caso de nuestro relojero, es alguien que supo de tener una vida sumamente activa, incluyendo lo social y lo deportivo. Porque en sus años mozos hizo mucho deporte -fútbol en Atlético Santa Rosa, Estrellas del Sur y General San Martín (no podía faltar)-, y también atletismo haciendo pruebas pedestres, y hasta llegó a ser presidente de Agrupación Juventud y Deporte. Y por si fuera poco, estuvo vinculado a la Asociación Santarroseña de Básquet, donde era prosecretario… Para completar, por muchos años integró la comisión directiva del club de la Villa junto a otros dirigentes como Evaristo Rosas Arias, Julio Alcala, Camilo Van de Putte, Valencia, los Loyola, y tantos… «Es una lástima que ahora el club esté prácticamente paralizado», se lamenta.

Pulso y buena vista.
Volviendo a su oficio, sostiene que hay conocerlo muy bien para no cometer errores al trabajar con los relojes a cuerda, donde los mecanismos son microscópicos. «Es necesario tener buena vista y buen pulso… además de conocer el funcionamiento de las piezas, obvio…», acota sonriente Rolando, quien después de ser operado de cataratas no necesitó lentes para ver perfectamente. «Y yo en este oficio más o menos me las rebusco…», agrega en ese tono pausado que no lo abandona nunca.

Relojes descartables.
Y sigue: «Se podría decir que la relojería del siglo pasado se terminó, porque los relojes a cuerda van dando paso a los digitales y análogos… Hoy en día se usan esos digitales, que si bien son muy precisos, también se puede decir que en muchos casos son descartables, y se compran en cualquier parte, incluso a vendedores en las calles. Se usan cinco o seis meses y se rompen, o se le terminan las pilas… y se tiran, porque no se arreglan», explica.

El reloj a cuerda.
Rolando Benítez, y algunos otros pocos artistas del reloj, como él, se dedican a la relojería mecánica. La que trabaja con una fuerza motriz producida por una cuerda de metal -muy pequeña por cierto- que está enrollada y al ejercer presión produce que otras rueditas vayan funcionando y moviendo todo el mecanismo para hacer que las manecillas muestren la hora en la esfera, que será generalmente bonita y admirable.

Aún con mucho trabajo.
Rolando no sabe cuántos relojes han pasado por sus manos en 65 años de trabajo… Seguramente miles y miles, y pese a que la digitalización, los celulares, y otros modos de conocer la hora van dejando en el olvido los antiguos relojes -de pulsera, despertadores y a péndulo-, aún tiene trabajo. A cada rato un cliente llega, tanto para dejarle uno, o para retirar el que ahora nuevamente se llevará funcionando perfectamente… «Es mi trabajo, pero también mi hobby. Ver que puedo hacer que una de esas joyas vuelva a funcionar, a latir, es un poco como haber ganado un desafío…», dice Rolando. «Por eso, si Dios quiere, lo voy a seguir haciendo todo el tiempo que pueda», concluye siempre en ese tono que utiliza y que no se altera nunca… Con esos modales lentos y silenciosos que caracterizaba Roberto Arlt…

«¿Me dice la hora?»
La modernidad lo va modificando todo, con cambios ineludibles que nos obligan sí o sí a adaptarnos… y también en este rubro las cosas se han modificado. Era habitual que antes a la pasada alguien hiciera una simple pregunta: «¿Me dice la hora por favor?»… Y la respuesta llegaba de inmediato después que el interrogado dirigiera su mirada a la muñeca en que llevaba calzado su reloj.
Eso se tornó casi innecesario, porque la proliferación de celulares hace que cualquiera disponga de esa información a todo instante.

«Cirujano» de relojes.
De todos modos hay que convenir que los relojes son adminículos que no pasan de moda, y a la mayoría de las personas les gusta lucirlos casi como parte de su atuendo… No pocas veces tienen que ver sobre todo con eso, con lucir una joya -algunos modelos verdaderamente lo son-, más para complementar una vestimenta que como una necesidad de tener la hora al alcance de la vista…
Con 65 años en la profesión, Rolando debe estar cerca de algún récord que a él no le interesa en absoluto… Sólo pretende seguir «el tiempo que Dios quiera» siendo lo que es, un «cirujano» de los relojes…

Agua, arena, sol y péndulo
Se cree que el primer reloj de muñeca fue creación del brasileño Alberto Santos Dumont y Louis Cartier en 1901.
De todos modos lo que se sabe es que la masificación de su fabricación fue en tiempos de la Primera Guerra Mundial, una necesidad para las cuestiones operativas del momento. Después que pasó, los hombres lo siguieron utilizando ahora como un instrumento de la vida cotidiana.
El reloj de agua, inventado por los egipcios -la Clepsidra-, habría sido el primero de la historia: consistía en un recipiente lleno de agua que se vaciaba a intervalos regulares gracias a un orificio practicado en su parte inferior. Obviamente eran primarios e inexactos. Algo parecido sucedería más tarde con el conocido reloj de arena, que se utilizó en el Medioevo Europeo.
Ya se usaban los relojes a péndulo -eso sí más precisos- cuando la navegación determinó la utilización de un mecanismo distinto -el movimiento de los barcos atentaba contra ellos-, y surgieron los relojes con volante.
Sería alrededor del año 1000 antes de Cristo cuando sabios del Medio Oriente crearon el reloj de sol: la sombra de un poste vertical caía sobre una esfera marcada regularmente, moviéndose según transcurría el día. Este reloj fue muy popular en Asia.
Más tarde, en 1929, el estadounidense Warren Albin Marrisson inventó el reloj de cuarzo, con una imprecisión de entre 30 y 0,3 segundos por año; y promediando los años ’50 aparecerían los de pulsera eléctricos, alimentados con pequeñas pilas.
Hoy en día, como quedó dicho, cualquier artefacto, un televisor, celular, autos, o lo que fuera, tienen sus propios relojes. La historia de conocer la hora, como se ve, cambió, y mucho…

¿Por qué en la izquierda?
¿Alguien se detuvo a pensar por qué el reloj se usa en la muñeca izquierda?
Sería meramente una cuestión de comodidad, y puede ser cierto que resulte más conveniente usarlo en el brazo contrario a la mano hábil: es decir, un diestro tendría que colocárselo en la muñeca izquierda; y un zurdo en la derecha.
¿Por qué? Cabe recordar que desde siempre -eso se modificaría con el tiempo- a los relojes había que darles cuerda con una pequeñísima ruedita… hasta varias veces por día. Y más, como no eran tan precisos como ahora, si debía modificarse la hora y mover las manecillas, era precisamente a través de esa misma ruedita. Y no sería cómoda esa acción si hubiera que utilizar la mano menos hábil. Y además, sostienen algunos que al colocarse el reloj en el lado contrario a la mano hábil, se lo protege de la posibilidad de golpes, y se evita que sea un estorbo para algunas otras tareas como podría ser escribir o alguna otra acción. Como se ve ningún misterio. Sólo una cuestión de practicidad.