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Canticuénticos en RADIO NOTICIAS: «las canciones pueden tener un poder muy fuerte»

UNA VIDALA RESULTO FUNDAMENTAL PARA DENUNCIAR E INVESTIGAR UN CASO DE ABUSO

El miércoles 7 de abril la jueza de Garantías de Zapala, Carolina González, ordenó que en la sala donde debía leer su fallo sonara la vidala «Hay secretos», del grupo santafesino «Canticuénticos». Esta canción ayudó a una nena para contar un secreto que la atormentaba: su vecino abusaba de ella. Después se animaron también otras niñas y el caso llegó a juicio. La jueza resaltó en su fallo el valor probatorio de la canción y su tremendo potencial como herramienta de prevención. El abusador fue condenado a tres años.
«Las canciones pueden tener un poder muy fuerte», dice Ruth Hillar, autora de «Hay secretos». Durante una entrevista con Radio Noticias, contó que Canticuénticos se formó «hace unos 12 años, cuando empezamos a componer canciones para las infancias con ritmos autóctonos y populares de Latinoamérica y Argentina. Al año siguiente empezamos a tocar en Santa Fe y ya hemos grabado cinco discos. Nuestro trayecto fue acelerándose con el tiempo y ha tenido mucha repercusión entre docentes que nos siguen y llevan nuestra música a sus escuelas y jardines». Su obra se complementa con «una colección de libros que hasta ahora incluye ocho títulos (Canticuénticos en papel») y mucho material en la página www.canticuenticos.com.ar «a la que subimos partituras de libre descarga, cancioneros y hasta un karaoke».
«Hay secretos» fue concebida como una herramienta de prevención y mostró inmediata efectividad. La idea surgió mientras el grupo filmaba el video de «Noni Noni», para su tercer disco: «una canción de cuna. Poco antes de que naciera el bebé de Laura y Daniel (cantante y guitarrista del grupo) buscábamos imágenes que reflejaran ese momento mágico de acunar y ser acunado, de alcanzar el sueño en un clima de ternura. Entonces pensé que una parte de la infancia no disfruta esa contención y se duerme con angustia y miedo. A ellos, esta canción no los acompañaba y sentí urgencia de crear una que ayudara a las niñeces maltratadas y abusadas, que no pueden contar lo que les está pasando».

Una señal.
Ruth sabe que «la música puede tener un poder muy fuerte para comunicar cosas que a veces resulta difícil expresar de otra forma» y recuerda su niñez y adolescencia, cuando «hubo canciones que fueron importantes para sensibilizarme hacia algo o enfocar alguna decisión». Por eso, «valía la pena intentarlo».
Mientras pensaba cómo construirla «llegó el mensaje de una licenciada en Trabajo Social de Paraná (Sabrina Medina, titular del Programa Integral Género Derechos y Salud de la Universidad Autónoma de Entre Ríos), que conocía nuestro trabajo y decía que tal vez podíamos ayudar con una canción porque necesitaban ese tipo de recursos para trabajar en prevención».
Era «un llamado, una señal. Nos encontramos para charlar y me compartió muchas cuestiones relacionadas con la información dura y los ejes principales para trabajar en prevención y acompañamiento. Así llegamos al secreto, al miedo. Para vencer al miedo debe aparecer alguien que va a creer, que va a ayudar si le contamos. Y traté de comunicar eso: a medida que escribía, iba compartiendo la letra para que Sabrina pudiera supervisar con su mirada profesional, porque es un tema muy difícil, dolores muy profundos». Y a la hora de componer la música eligió «una vidala, ritmo profundo y tranquilo, con cierta introspección».

En un juzgado.
La canción propone «abrir la pena, sacar el dolor afuera para empezar a recibir ayuda» y rápidamente encontró su camino. Fue incluida en el cuarto disco («Por qué, por qué», año 2018) y al poco tiempo «empezaron a llegar mensajes de maestras, profesionales, madres y padres contando que la canción estaba ayudando a niños y niñas. Incluso nos escribieron adultos que habían sido abusados en su niñez, sentían que esta canción los iba sanando, que haría crecer a sus hijos protegidos y que les hubiera servido una canción así cuando sufrieron» abusos.
Por nunca imaginó «que exhibirían la canción en una sala de audiencias, durante un juicio por abuso» y que la jueza González, titular del Juzgado Nº 7 de Zapala, destacaría en su fallo el valor de la canción como elemento probatorio. «Nos pareció insólito que hicieran escuchar a las partes la canción en una sala de audiencias. Resulta inédito pero demuestra que la canción puede ser una herramienta transformadora y cumplir una función allí donde es más difícil llegar de otro modo».

El valor de la ESI.
La niña de siete años que utilizó esta canción para ayudar a esclarecer una situación de abuso, no era la víctima. «Abusaron de una hermanita más grande. Un profesor de música había utilizado la canción con los más chiquitos, la nena la llevó a su casa y supo cuándo debía hacerla escuchar. Pudo ayudar a su hermana, que había sido abusada por un vecino, y demostró la importancia de la ESI en la escuela: estaba más preparada que su hermana mayor y había recibido los recursos para darse cuenta».
Para Ruth Hillar, nuestra sociedad «debe comprender que si nuestros niños y niñas reciben ESI en la escuela estarán más protegidos y alertas sobre cosas que no están bien. Nadie nace sabiendo que los adultos no pueden avanzar sobre nuestros cuerpos. Debemos contarlo y enseñarlo de la mejor manera, pero no todas las familias saben y pueden abordar estos temas: por eso la escuela resulta el mejor lugar».

Música en la sala.

La jueza Carolina González hizo sonar la canción durante la lectura del veredicto. «El abuso se pudo poner en palabras en una familia con muchas hermanas de distintas edades, de niñas a adultas. Todas compartían un momento mirando televisión cuando desde la pantalla se habló de un tío abusador. La mayor empieza a hablar sobre el tema y la más pequeña, muy pequeña, dice: yo sé que eso pasa, el profesor de música nos enseñó una canción sobre los secretos. Vamos a buscarla en el teléfono. Y la escuchan todas juntas», advirtió la magistrada, en una entrevista con Tiempo Argentino.
«Al escuchar el tema, una de las hermanas (víctima de abuso) cambia la expresión de su rostro y se va, sin hablar. La más grande percibe que algo pasa, le insiste e insiste hasta que ella contó. A partir de su revelación, otras chiquitas del barrio se enteran de que no la dejan salir a jugar porque hubo un problema con ese señor. Y dicen «yo también tuve ese problema: cuando nos daba caramelos nos quería dar besos». Así es como se devela el caso», explicó la jueza.
«Estamos hablando de hermanas con mucha diferencia de edad y la que logró sacar el tema y puso la canción sobre la mesa fue la más chiquita, de apenas 7 años, frente a otras que ya eran adolescentes y adultas. Ahí comprendemos la necesidad de este tipo de educación».
La jueza fue contundente: «con un tema y una charla, en forma muy simple, este profesor de música pudo transmitir algo que vemos siempre en los abusos: el gran problema es el secreto que guardan niños y niñas, el miedo a contar, la vergüenza. Me pareció tan bonito el tema: cuando tuve que evaluar la credibilidad del relato, fue fundamental la forma en que se había dado ese develamiento», concluyó.