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«Se arrancaban bigotes y jinetas»

EL RECUERDO DE UN EXCOMBATIENTE DE LA RENDICION EN MALVINAS

Miguel Savage, un ex combatiente de Malvinas, radicado en Venado Tuerto (Santa Fe), recordó cómo se vivió en Puerto Argentino la rendición de las tropas argentinas ante las fuerzas británicas en el que fue el fin de la Guerra de Malvinas. Contrastó el frío y el hambre que pasaron los miles de soldados destacados en el campo con los que estaban en la capital isleña.
«Arranca todo el 11 a la noche, todo el día 12, el 13 y el 14 estábamos ya deambulando por el pueblo, como tropas sin mando, totalmente desorganizadas. El 14 a la mañana ya éramos miles de soldados replegados en Puerto Argentino y el día 13, nos estaban queriendo reorganizar y dándonos armamento, porque el Regimiento 7 tenía la mitad del armamento vencido, no funcionaron», relató a Radio Noticias.
«Cuando estábamos ya en el pueblo, nos empezaron a dar fusiles en mejor estado, que habían estado ahí, en galpones, y nos reorganizan para ir a la gran batalla final que iba a ocurrir atrás del pueblo, en lo que era el aeropuerto viejo. Ahí tengo recuerdos tremendos porque no lo podíamos creer», rememoró.
Savage describió los días previos de modo dramático: «Veníamos de sobrevivir de dos meses de desprotección climática, de abandono nutricional, logístico, de traición de nuestros jefes y habíamos enfrentado al ejército más profesional del mundo, que son los paracaidistas. Ya no nos quedaba ni un milímetro de fuerza. Tres noches sin dormir, temblando, con fiebre, yo moribundo, había perdido 22 kilos de peso corporal. Estaba para el hospital».
En esas condiciones, el Ejército Argentino les proporcionó nuevas armas y los arengó a «derramar su sangre por la patria» en una «gran batalla final». «No lo podíamos creer», reflexionó.

-¿Qué hicieron?
-Cuando uno está tan quebrado física y mentalmente obedece como una vaca que va para el matadero. Ibamos así, caminando por un camino de ripio, hacia el aeropuerto, donde teóricamente iba a ser la gran matanza. De golpe se escuchó una orden de alto, la fila se detuvo y nos tuvieron ahí en la banquina de un camino de ripio una o dos horas, con un frío polar que nos atravesaba la poca grasa que nos quedaba. La imagen es tremenda. Parecíamos zombis. Con mantas usadas de poncho, con las pocas pertenencias que habíamos podido agarrar. Mugrientos, esqueléticos, tratando de prender alguna maderita que encontráramos por ahí para calentar las manos.

-¿Y qué le siguió a eso?
-La orden fue volver al pueblo. Había confusión. Y cuando vamos entrando empiezo a ver las primeras imágenes de soldados corriendo y abrazándose. Amigos que se encontraban, otros que pateaban cercos de la bronca. Ahí, sin que nadie me dijera nada, al mediodía, me di cuenta que había terminado. Sentí la sensación de un alivio, de una mochila enorme que me saqué del cuerpo y la certeza de que iba a ver a mi familia en poco tiempo.
Para entonces, el soldado aseguró que la cadena de mando se había roto por completo. «Estábamos como sin jefes. Incluso algunos de los oficiales y suboficiales que habían sido tan crueles unos meses antes en el monte, compañeros nuestros los vieron con prestobarbas gastadas arrancándose los bigotes y las jinetas, porque sabían que iban a caer prisioneros y querían pasar como colimbas ante los ingleses», recordó.
«Sabían que los ingleses los iban a tratar de forma diferenciada a ellos. Era un clima de caos total, mugre tirada en el piso, el espectáculo era impresionante. No había agua caliente, entonces se afeitaban con el agua de los charcos», relató.

-¿Qué pasó desde el mediodía que volvieron a Puerto Argentino hasta las 23.59 que se anuncia la rendición?
-No sabíamos qué es lo que estaba pasando, pero sabíamos que había terminado. Entonces, en ese deambular por el pueblo, me acerqué con unos compañeros a lo que era la casa del gobernador. Era el chalet más lindo del pueblo, que había sido ocupado por Benjamín Menéndez (Gobernador Militar de las Islas Malvinas), con un jardín muy lindo y estaba el helicóptero de Menéndez, estacionado en el pasto y había dos contenedores al final del jardín, y nos paramos de casualidad ahí a charlar y empezamos a ver a los primeros ingleses entrando, marchando hacia Puerto Argentino. Y yo, como hablo inglés, enseguida me puse a hablar con el primero que encontré, porque los vi con una barreta tratando de abrirlos. Entonces les dije que yo hablaba inglés, por si necesitaban que les tradujera algo, y el tipo al que le hablé me dijo: ‘Tenemos órdenes de abrir estos contenedores. Es comida argentina que no se les repartió’. Así que les dije a mis amigos que nos quedáramos ahí y cuando abrieron el primer contenedores, cayó al pasto como una lluvia de chocolates Shot, y nos zambullimos al chocolate.
Savage explicó que, en ese momento, el alto mando inglés se dio cuenta que había casi 10 mil personas, muchas de las cuales estaban casi moribundas. «Si no hacían algo rápido, iban a tener que lidiar con los muertos argentinos por desnutrición y congelamiento», aseguró.

Sobreviviente de 1982 y de 2001.
Savage se presenta a sí mismo como un sobreviviente de la guerra. En 2011 publicó «Malvinas. Viaje al pasado. Historia de una herida que no para de sanar». Allí brinda testimonio sobre los dramáticos hechos de 1982, algo que le llevó 20 años. Recién con el drama económico que vivió en 2001, con el quebranto de su empresa, Malvinas se le apareció en forma de pesadillas. Así nació su impulso por escribir y hablar de su vivencia como soldado. «Creo que hay tres formas de enfrentar situaciones de gran sufrimiento: tapar todo, victimizarse o abrazar la herida y transformarla en algo positivo. Es por eso que narro con alegría mi historia de vida, compartiendo los aprendizajes y la resiliencia», explicó.