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Sergio levantó la carpa

Eran exactamente las 16.34 de la tarde de ayer. El sol caía a plomo y daba a pleno sobre la explanada de la Ciudad Judicial, que se mostraba como una postal distinta, totalmente diferente a la escena que la caracterizó en los últimos dos años y dos meses.
Precisamente en ese momento Sergio García se subía a una antigua camioneta Ford con “Viejo lobo” -el perro que fielmente lo escolta desde hace mucho tiempo- y se llevaba sus últimos enseres. Abandonaba el acampe con el que protestó hasta conseguir que la Justicia hiciera justicia. Las resoluciones decisivas en su favor -tanto en primera instancia como en Cámara-, hicieron que finalmente las partes demandadas depositaran en una cuenta judicial la suma determinada como indemnización. Algo así como 13 millones de pesos.

El momento fatal.
Ya hemos contado en esta columna, infinidad de veces, que el mecánico ahora de 40 años cumplidos el 2 de octubre sufrió un terrible accidente el 1 de abril de 2011. Esa noche estaba en su casa y recibió un llamado telefónico de un automovilista pidiendo un auxilio en la Avenida Spinetto. Si algo no le faltaba a Sergio era disposición para trabajar, porque fue lo que hizo toda su vida. Prefirió dejar su camioneta y tomar la moto para dirigirse al lugar donde había sido convocado: nunca pudo prever que se iba a encontrar -en medio de la calle- con un pozo no señalizado que le provocaría un tremendo golpazo. Lo internaron, y un día el médico que lo atendía le comunicó que no volvería a caminar: quedó cuadripléjico y condenado a moverse en una silla de ruedas.

Demanda a responsables.
Después de eso empezó un largo periplo judicial: demandó a la empresa Ilka Construcciones, que tenía a su cargo la obra en la calle Arriaga (barrio Santa María de las Pampas), a la Municipalidad de Santa Rosa, y a la Provincia. Se dio cuenta que la pelea no iba a ser fácil, porque los abogados patrocinantes de las partes comenzaron con las clásicas maniobras de defensa que parecían conducir el juicio a un callejón sin salida. Al menos para Sergio.

Perderlo casi todo.
En el transcurso iba a empezar a perderlo casi todo: su casa, su taller, su camioneta, y todo lo material que se pueda imaginar. Y no sólo eso: también tuvo que soportar que su familia de alguna forma dejara de ser lo que había sido.
Tuvo no obstante fortaleza, la firme convicción de pelearla. Viendo que los trámites judiciales se demoraban no trepidó en instalarse directamente en la explanada de la Ciudad Judicial. “Hasta que no resuelvan mi caso no me voy a ir”, prometió. Muchos no le creyeron.
Pero en noviembre de 2016 se instaló, primero con una carpa, a la que después con nylon, maderas y lonas, le fue dando la forma de una casa. Y fue tan consecuente que decidió trasladar su domicilio legal a la Ciudad Judicial.

El último día.
Hace algunos días finalmente la peregrinación judicial terminó. Las partes demandadas cumplieron con el depósito de la indemnización, y lentamente Sergio tuvo que hacerse a la idea que debía dejar el lugar que habitó por más de dos años.
Pidió a quienes habían colaborado con él que se llevaran algunas cosas que le habían prestado -eso demoró unos días-, y ayer levantó su carpa. Eran las 16.34. Levantó sus últimas cosas, cargó a “Viejo lobo”, y se fue acompañado de Mónica, “mi pareja”, la presentó.

El año que viene.
Desde ahora todo habrá de cambiar, al menos con respecto a lo sucedido en los últimos meses. Pasará las fiestas en su Carlos Casares natal junto a sus padres y otros familiares, y empezará el nuevo año pensando en viajar a Cuba. “A recuperarme…”, dijo en el final -a modo de saludo- y pleno de optimismo. Que así sea, amigo Sergio.