sábado, 21 septiembre 2019
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«Sería menos mar si le faltara una gota»

La solidaridad es la cultura del encuentro, esto es dar sin pedir nada a cambio. Son solo cuatro personas las que el primer domingo de cada mes se juntan en la plaza para recibir una colecta necesaria.
MARIO VEGA
Si alguien tiene que definir la solidaridad podría decir que es un sentimiento del que nace la actitud de ayudar a otras personas, es un valor humano del que no se puede -y no se debiera- prescindir nunca para volcarlo a los que necesitan. Se podría decir que solidaridad es tener empatía con los carenciados, con los que más sufren, con los que -en estos tiempos tan complicados, o en cualquier momento que fuere en realidad- no la pasan nada bien. Sería, de alguna manera, tratar de ponerse en el lugar de los desposeídos, de los desamparados, de aquellos que menos tienen, de los que soportan la vida más que la disfrutan…
Todos pueden -o podemos- ser solidarios, en mayor o menor medida, y está bueno reconocer los gestos que van en ese sentido en una sociedad que se nos ocurre cada vez más injusta, y donde vemos a diario situaciones que duelen, que nos hacen reflexionar sobre la inclemencia brutal de la pobreza.

Los que piden y «molestan».
Muchas veces -demasiadas- renegamos de aquellos que andan por las calles y piden una ayuda; e incluso nos habituamos a enojarnos por ejemplo con los «trapitos» que nos acosan, que casi nos atosigan ofreciendo «un lavadito con mucho agua» para nuestros automóviles… A veces porque algunos, argumentamos para justificar nuestra contrariedad, no muestran buenos modales, o porque la insistencia -en cada lugar donde se quiera estacionar- puede resultarnos molesta.
Me ha pasado, y no debe haber quienes no sintieran alguna vez esa sensación de incomodidad… aunque luego, pensándolo bien, se pueda reflexionar que muchos de esos muchachos que vemos por las calles buscando el pesito que ese día les permita comer, tienen familia e hijos. A veces varios hijos.

Indiferencia e incomprensión.
Obviamente no faltarán los censores de las conductas ajenas que no dudarán en cuestionar su presencia, y aún de ir más allá con su moralina mezquina blasfemando y reprochando porque a esos que son pobres «nadie los mandó tener tantos hijos»; o llegando al extremo de advertir tontamente que sus mujeres «se embarazan para cobrar la asignación universal».
A ese grado de insensibilidad hemos llegado en este país donde no sólo creció la pobreza de la mano de la inflación -y de un gobierno que no acertó en una sola medida desde que asumió hace tres años y medio-, sino que también se acrecentó la incomprensión y la indiferencia ante el dolor de los que nada tienen.

No tener nada de nada.
Cuántas veces en nuestro propio hogar hemos lanzado la frase fácil, inconsciente y liviana, de que no tenemos «nada en la heladera», aludiendo a lo mejor a que en ese momento nos quedamos sin algún producto determinado que se nos antojaba necesario. Seguramente aludiendo a una cuestión circunstancial… Y al expresarlo nunca tuvimos en cuenta que hay gente que de verdad no tiene nada de nada… ni heladera, claro. Lo que se dice nada de nada…
Y eso pasa frente a nuestras narices. No hay que ir muy lejos para encontrarnos con esas realidades.
No obstante frente a los indiferentes que suelen ser muchos, ante la indigencia y la penuria de tantos todavía quedan personas que se conduelen, que se sensibilizan con la situación y, a su manera, tratan de hacer una contribución. Aunque sea mínima, porque son conscientes que lo que puedan hacer será sólo un paliativo, que podría actuar apenas como un analgésico ante un cuerpo social que está sufriendo.

Hermosos ejemplos de solidaridad.
Dicen los que dicen saber que la solidaridad es un sentimiento de unidad que nos mueve a dar sin esperar recibir nada a cambio. Que sería la base de muchos valores humanos que hemos adquirido desde la infancia y que relacionan aquello que somos: lealtad, compañerismo, empatía, amistad, amor, respeto… De todos modos es probable que nos resulte más natural explicar qué es la solidaridad por medio de ejemplos más que a través de una definición discursiva.
¿Quién no conoce algún gesto de apoyo o de ayuda, aunque sea pequeño, que refleje con certeza ese sentimiento que nace desde las entrañas? Hay muchísimos grandes ejemplos, pero también otros pequeños y cotidianos que también se pueden considerar como un aporte para expresar de qué se trata.

Pequeños grandes gestos.
Hace poco en estas páginas se mostraba el caso de una policía que -en su propio auto- se ofrecía a llevar personas mayores cargadas de bultos, o se comprometía a acompañarlas a realizar algún trámite que precisaran… obviamente en sus horas libres, en sus momentos de franco de servicio.
Además sabemos de merenderos, desayunadores y comedores que -más allá de cualquier oportunismo político- desarrollan una tarea digna de encomio… sin pedir absolutamente nada a cambio.
Y hay otras muestras -tal vez mínimas-, como la de ese chiquito que se enteró que a su compañerito le habían robado sus zapatillas para jugar al fútbol, y dispuso de sus ahorros para comprarle una nuevas… Afortunadamente la solidaridad está presente, y bien que la necesitamos.

Un litro de leche.
Por el altruismo de algunos hay quienes reciben un aporte, una ayuda que podría contribuir a paliarles algunas de sus penurias, gestos que nos invitan a todos nosotros en general para creer que hay cosas que todavía valen la pena… Sí, por ejemplo actitudes que tienen que ver con la solidaridad. Porque está bueno saber que hay buena gente, capaz de ayudar a quien lo necesita… Y la hay, claro que la hay.
En estas páginas se ha reflejado más de una vez que existe un grupo de personas -pequeño en realidad-, que todos los domingos organiza una colecta de «un litro de leche por mes», y que ya van por la número 93… nada menos.
La colecta solidaria de «Un Litro de leche por mes en Santa Rosa» existe desde hace varios años en la ciudad y siempre con la misma modalidad de funcionamiento: el primer domingo de cada mes se reúnen en la esquina de la plaza ubicada en Gil y Avenida San Martín, para recibir las donaciones de leche larga vida o en polvo para destinarlas a comedores, merenderos, guarderías, hogares, organizaciones sin fines de lucro y asociaciones no gubernamentales.

Los inicios.
Decía que son poquitas personas… cuatro o cinco que tomaron el compromiso desde que Marcela Pessi -ahora viviendo en Buenos Aires- tiró la idea de empezar con la colecta como se hacía ya en distintas ciudades del país. Logró reunir a unos poquitos participantes y el primer domingo de julio del 2009 se pararon en aquella esquina para recibir los primeros donativos.
José Zabala cuenta que «Marcela me comentó la idea… que se estaba haciendo ya en Buenos Aires y decidimos probar». Ex comerciante, profesor de Matemáticas y Física en varios colegios secundarios, recordó que cuando aquella vez lo invitaron a trabajar en la colecta de «Un litro de leche por mes», él estaba colaborando en otro comedor, «pero eventualmente, porque también atendía el negocio.. Pero veíamos las necesidades y le dábamos alguna mano a una familia, o a algún pibe…», rememora.

¿Y estos qué pretenden?
José tiene dos hijos hoy universitarios. Agustín (25) que al principio le ayudó a armar el facebook y a relacionarse con las redes sociales; y Camila que estudia en Bahía Blanca, y cuando puede colabora en esa ciudad también en tareas solidarias. «Lo de las redes tuvimos que ir aprendiéndolo, y tenemos que decir que nos ayudaron los medios de comunicación para empezar a difundir lo que hacíamos. Realizamos algunos relevamientos en comedores y merenderos, para ver qué cantidad de pibes tenían, pero al principio no faltó el que nos desconfiaba un poco… algunos que se preguntaban ¿por qué estos tipos se involucran, por qué nos van a dar leche en forma gratuita?, ¿qué interés persiguen?. Pero eso se superó y tenemos mucho contacto ahora», revela.
Contó que en un colegio secundario, con Fito Molas, el profesor de Educación Física, empezaron a darle la leche a chicos del secundario antes de la entrada a clase… al principio eran poquitas familias, pero se fueron sumando y hoy en día vemos mucha necesidad, y casi diría se está volviendo a ver lo de 2001″.

Unos 162 mil litros de leche.
Agregó José que «desde el inicio hasta hoy, el cálculo que hacemos es que se consiguió recaudar, y repartir, 162 mil litros de leche. Y lo que me acuerdo clarito es que la primera vez que nos ubicamos en la plaza conseguimos unos 50 litros. Pero en general somos los que más juntamos en el país», señala.
Después -cuando la iniciativa empezó a conocerse- ese número de litros fue creciendo enormemente. Se sumaron luego a trabajar en el reducido grupo, ya en septiembre, Roxana Periga; un mes más tarde Rita de La Vega, y al siguiente Daniel Contartese, que son quienes permanecen desde aquella experiencia inicial del 2009.
Por algún tiempo, hasta su fallecimiento, colaboró activamente Claudia Sánchez, quien se desempeñaba en la AFIP. Hoy, algunas personas que trabajaron al lado de Claudia se organizaron y siguen colaborando, en lo que no sólo es un aporte para los chicos, sino también y de alguna manera un homenaje a la compañera que ya no está.
Zabala no quiso dejar de destacar que «por suerte mucha gente colabora», y menciona lo que hacen «los taxistas de la terminal de ómnibus», que hacen una colecta entre ellos y cada mes llegan con su aporte.

Dar una mano.
Rita y Daniel también hablan de la tarea que cumplen, puntualmente, el primer domingo de cada mes… aunque aclaran que su colaboración no tiene nada que ver ni con lo religioso ni con lo político. Se conoce que en algún momento alguien los convocó desde el Concejo Deliberante para hacerles una suerte de reconocimiento, pero amablemente se rehusaron. «Lo único que queremos es dar una mano… porque se necesita», argumentan aclarando que si aceptaron esta nota periodística es -precisamente- porque sirve para la difusión de la campaña que llevan adelante, y puede redundar en mayor cantidad de litros de leche recolectados.
Los dos son conocidos en la ciudad porque son propietarios de un comercio en pleno centro de la ciudad, pero ni siquiera quieren que se mencione su nombre y ubicación exacta para que nadie pueda decir que especulan para publicitarlo.

Sólo cuatro personas.
A tanto llega su pretensión de ser asépticos que ni siquiera son una ONG, y no se han constituido en una fundación, cooperativa o entidad de ningún tipo. «Somos solamente cuatro personas que nos juntamos en la plaza, un grupo que quiere ayudar… nada más que eso», sostienen con simpleza. Casi no importándoles otra cosa que cumplir con el objetivo que se propusieron hace ya casi 10 años.
Explican que son poco más de 40 lugares -entre merenderos y comedores- que hay en la ciudad, y cada mes su aporte les llega a cinco o seis de ellos. «La cantidad de leche que se junta oscila… en abril fueron 1050 litros, y veníamos de 900 en marzo; pero hace un par de años o un poco más llegábamos a conseguir 2.000 litros, y alguna vez alcanzamos los 3.000», señala Daniel.
Rita dice que ella ha sido de alguna manera la que tuvo la responsabilidad de llamar a los medios para que difundieran lo que hacen, y por eso ponen énfasis en resaltar a Guito Gaich que cada domingo de colecta lo hace conocer, y también Julio Chiri y Tato Texeire, y José Luis Barreiro, «aunque son muchos los que colaboran para que la colecta se conozca», admiten.

Mucha demanda.
En momentos de alguna certidumbre en el país -no abundan, está claro- la cantidad que se juntaba era tanta que «teníamos que buscar merenderos para ubicar lo conseguido… pero ahora hay mucha demanda. Mucha…», enfatizan sobre una realidad que, obviamente, es fácil palpar por estos días.
El próximo domingo 5 de mayo, como sucede desde hace mucho tiempo, con lluvia o sol, con frío o con calor, esas cuatro personas que se juntan para ayudar estarán en la plaza para hacer eso que les sale como una necesidad desde el fondo de sus almas… Sólo para aportar, para dar una mano…
Le atribuyen a la Madre Teresa de Calcuta haber dicho: «A veces sentimos que lo que hacemos es tan sólo una gota en el mar… pero el mar sería menos si le faltara una gota».
Y sí, puede pasar sentir que lo que se hace no alcanza… Pero si hacemos algo, por pequeño que pueda ser, aunque sea mínimamente estaremos ayudando un poquito a quien lo necesita. Y también es verdad que «el mar sería menos si le faltara una gota…».

Entre penurias y sonrisas.
En tantos años de juntarse en la plaza céntrica para recibir donaciones, el pequeño grupito tiene algunas cosas para contar. Algunas anécdotas graciosas, y otras no tanto, que les quedarán como recuerdos de esa aventura que emprendieron allá por 2009.
Es Daniel Contartese el que cuenta: “Una que nos pasó fue un domingo de invierno… veíamos que se venía una tormenta fea… y se vino nomás. Estábamos instalados en la esquina de la plaza, y se largó la lluvia y el viento, y nosotros debajo de una planta… Ahí decidimos cruzarnos al Pampa Bar (enfrente) y nos guarecimos un poco, pero se nos mojó todo, y la pasamos mal…”. Agregó que “acomodábamos los pack de leche como pequeñas paredes y el viento las tiraba”, se ríe ahora.
Agrega que hubo algunas más risueñas. “Siempre aparece gente que quiere colaborar un poco, pero también les gusta hacer presencia y que los vean en una foto. Un día cayó un grupito de jóvenes y ayudó un domingo, pero a la siguiente colecta llegaron en una camioneta, con reposeras, sombrilla y heladerita… Ese día la ‘jefa’ (Marcela Pessi) los sacó carpiendo. Cargaron todo y no volvieron nunca más”, rememora.
Hubo otra que fue complicada: “Ahora lo contamos y nos reímos, pero una vez quisimos festejar el día del niño en el Barrio Escondido, y nos pusimos en contacto con otra agrupación cuyo referente nos prometió de todo: juegos, peloteros, mesas… la cosa que llegó el día, pero toda la semana lo llamamos al tipo y no nos contestó.. El domingo a la mañana, a las apuradas armamos como pudimos y pudimos hacer el festejo igual, y salió relindo… Pero el tipo no apareció nunca más. Nos dejó esperando”, evoca.

“No, plata no”.
Los organizadores de la colecta “Un litro de leche por mes” tienen la firme convicción de que no se mezclen las cosas.. Ni con lo político, ni lo religioso… ni con nada. Por eso, cuando algunos vecinos –que a lo mejor no se hicieron tiempo para ir a hacer la compra– pretenden dejarles el dinero para le leche contestan con claridad: “No, plata no”.
Señalan que es una forma de que nadie pueda decir nada, o vincularlos a algún manejo espurio. “Es lo mejor”, afirman.
Recordaron asimismo un dato que no deja de llamar la atención: “Cuando empezamos con la colecta la leche costaba un peso, y ahora anda por los 70”. Los argentinos y nuestra gran preocupación: la inflación. Entre otros males