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Silvia Gallego, profundamente peronista

Varias legisladoras pampeanas, en la Provincia y en el Congreso, son reconocidas por su aporte en leyes de valía y trabajos referidos a derechos de las personas. Silvia Gallego se destaca nítidamente.
MARIO VEGA
Algo va cambiando, lenta pero inexorablemente. Desde hace un tiempo se está produciendo un proceso por el cual las mujeres van ganando protagonismo en esa lucha -que aún persiste- para ser consideradas de igual manera que los hombres.
Dicen los que dicen saber que fue la dramaturga y política francesa activista Olympe de Gouges, quien allá por 1791 publicó la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana Mujer, el modelo de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789.
Fue a partir del siglo XIX que las mujeres salieron de sus hogares en procura de educación y trabajo. Pero eran pocas y no les resultó fácil, por lo que se mantuvieron invisibilizadas durante mucho tiempo.

Las primeras.
La historia cuenta que la primera que se graduó de Médica en nuestro país fue Cecilia Grierson (1889); y le siguieron en la misma carrera Elvira Rawson (1892) y Alicia Moreau (1914).
Ya se sabe, vino después -entre muchos otros- el reclamo para poder votar, lo que sólo se pudo hacer por primera vez en 1951.
Se sabe, ha existido todo un proceso en el cual las mujeres se vieron en desventaja por las barreras estructurales de género, aunque lentamente la situación se va modificando. Los hombres -aún con rezongos- vamos entendiendo que deben ocupar los mismos espacios y tener iguales posibilidades, y así se está produciendo una necesaria deconstrucción del machismo, que a esta altura es una rémora que alguna vez dará paso a la tan rezagada paridad.

¿Y en La Pampa?
Entre nosotros, por aquí nomás, hubo muchas pioneras de esa lucha… Se podría hablar de varias mujeres destacadas que fueron anteponiéndose a ese machismo que nos acompaña desde el fondo de los tiempos.
Alguien que merece mencionarse -sin dudas- es Silvia Ester Gallego, a quien cualquiera identificará como política, diputada provincial, senadora nacional… ¡Y peronista hasta la médula!
No son pocos quienes -considerando su trayectoria- se atreven a señalarla como tal vez la política más importante de la provincia. Por su trabajo constante, por proyectos de avanzada que -de paso- le valieron no pocos cuestionamientos; y también por su valentía y notable consecuencia en defender sus convicciones en cualquier circunstancia y escenario.

La vida en General Pico.
Hija de una familia profundamente peronista, su padre fue Domingo Casimiro Gallego, desde los 17 años Policía del Territorio Nacional; y su madre María Carmen Balent. «Tremendamente importantes en la formación y la transmisión de valores. Papá me inculcó tempranamente que debía ser responsable con el uso de las libertades que me daban, y que tenía la capacidad de discernir y analizar las situaciones que se me presentaban, y tenía voz para expresarlas y defenderlas… que tenía las herramientas que necesitaba para construirme una vida digna», empieza contando Silvia.

Fuertes convicciones.
La conozco desde hace muchos años, por esto de cruzarse los caminos de la política y el periodista. Una relación, creo, de mutuo respeto. Más allá de diferencias que siempre pueden existir. Y obviamente tengo mi propia impresión de ella: una mujer preparada, fuerte, aguerrida, con convicciones.
Se trata de una persona que se propuso que ser mujer no podía constituir impedimento ni excusa para avanzar «y que sólo debía tener claro que quería hacer y trabajar para lograrlo. Mi padre fue un adelantado a su tiempo, a pesar de su formación de la escuela de Policía, y fue un impulsor de los derechos de las mujeres».

Mamá diputada.
Pero también mamá María Carmen haría un fuerte aporte, porque –y esto lo ignoraba- fue una de las primeras diputadas mujeres de la provincia, hasta que llegó el golpe del ’55 y la caída de Perón.
Entonces vaya si Silvia tuvo escuela en eso de «no aceptar jamás las imposiciones ni el maltrato», y en tener pasión por Evita y la militancia. Mamá también era capaz de bordar prendas hermosas para mí, o hacer huerta o criar pollos bebé con una incubadora a kerosen que le habían prestado…», rememora.

La competencia con Raúl.
Y sigue Silvia: «Tuve un hermano, Raúl Alberto, el primogénito de una familia muy numerosa, por el que se desvivían todos, y al que yo celaba en todo momento: si se subía a un árbol yo también, si se trepaba a un tapial lo imitaba. Cuando venían sus amigos me ignoraban, pero en la adolescencia cambió el juego y sus amigos venían y me invitaban a participar de sus charlas y mateadas. Mi venganza consistió en ignorarlos… Él estudió en Córdoba, se recibió de médico, hizo su especialidad y se casó; y en Pico fue un reconocido profesional… Gran tipo, solidario, amiguero, deportista fanático del fútbol, promotor de las Olimpíadas Médicas Nacionales. La muerte de mis padres me hizo sentir que ya no tenía esa red de contención que me sostuvo por años, pero la de mi hermano me produjo una verdadera sensación de orfandad».

Infancia, y Plan Conintes.
Cuenta haber tenido una infancia feliz: «Me sentí querida, cuidada, muy inquieta y traviesa. La escuela primaria fue un tanto traumática, eran épocas muy duras de persecución al peronismo, con detenciones de mi padre por peronista… El Plan Conintes presente de madrugada en nuestra casa, con el terror de los militares dando vueltas armados hasta los dientes… y si bien yo me crié en las comisarías por la función de mi padre y vi uniformes siempre, nunca había ostentación de armas en mi casa ni uniforme de combate que la policía de esa época no usaba».

Rebelde y contestaria.
«¿La adolescencia? Fue mucho mejor… mi mamá volvió a ser diputada provincial, el gobierno de (Arturo) Illía fue un remanso mientras duró… fue una época de libertad y crecimiento», admite.
No obstante en esa juventud se mostró siempre contestataria. «Detestaba que me quisieran imponer un uniforme en una escuela pública, me negaba a usar zapatos negros y abotinados, no me peinaba como querían las preceptoras y llevaba el cabello suelto. En ese tiempo leía todo el día y sabía de muchas cosas que mis compañero/as no… pero odiaba Química y Matemáticas. Estudiaba Historia de los autores revisionistas como el Pepe Rosas, para discutir con la profe, la mujer del jefe del Regimiento, que pretendía que estudiáramos por la enciclopedia de Levene; y escuchaba hasta las tres de la mañana los discursos de Fidel Castro por Radio La Habana Libre, en onda corta en una radio vieja», evoca.

«El amor de mi vida».
Narra que en los veranos «mi pasión era el club (Cultural Argentino), donde competí en natación estilo espalda. A los 15 años me enamoré perdidamente del chico más lindo del pueblo y sus adyacencias y fuimos novios por 5 años… de verdad nos peleábamos mucho, pero un día Arnoldo me llamó desde un viaje de trabajo y me pidió que nos casáramos. Era de madrugada y pensé que habría tomado alguna copa de más, así que le dije que me llamara al otro día después de dormir. No llamó pero regresó con un hermoso anillo de brillantes y me morí de amor.. El tema era cómo se lo decíamos a mis padres, porque para casarme debía obtener la firma de mi papá o esperar un año más. Me recordaron que había prometido estudiar cuando regresara mi hermano, y entonces hice algo que me salía re bien…
me puse a llorar y les dije que ellos no querían que yo fuera feliz…».

El casamiento.
Su papá fue el que contestó: ‘Está bien… está bien, pero tenés que tener un trabajo propio, algo que sea tuyo para que nada ni nadie te pueda obligar a mantener una situación si no la deseás. Arnoldo, sos garante que eso se cumplirá», completó.
Y agrega Silvia: «Ahí sí lloramos los dos y ese fue nuestro compromiso de vida, hasta hace 25 años cuando Arnoldo falleció».
Seis meses después de aquella charla familiar se casaron: «Fue el amor de mi vida… tuvimos dos hijos hermosos, Germán Enrique y María Soledad… deseados y queridos, nos completaron y nos dieron alegría… y problemas y satisfacciones y preocupaciones, como nos pasa a todos los padres y madres», evalúa.
En ese momento pusieron en General Pico con Arnoldo «La Mediería», un local de venta de medias y lencería fina, mientras el seguía con su trabajo».

Ebullición política.
Enseguida llegaría el golpe que encabezó Alejandro Agustín Lanusse, que no quería que Juan Domingo Perón regrese a la Argentina -«no le va a dar el cuero», alardeaba el militar, pero cuando el ex presidente en 1972 quiso volver se lo impidió-, «y allí empezó una etapa de ebullición política… Comenzamos a militar despacito, pero siempre con la certeza que el peronismo volvería a ser protagonista del nuevo tiempo, y así fue: fuimos gobierno en la Nación y en la Provincia y nosotros repetimos la historia de mis viejos… involucrados, compartiendo con muchos compañeros la alegría, y las responsabilidades».

En Santa Rosa.
Radicados nuevamente en Santa Rosa Silvia empezó a trabajar en la Cámara de Diputados, como auxiliar de Comisiones, «hasta que a los pocos meses (Rubén Hugo) Marín me ofreció ser su secretaria privada. Ahí permaneció hasta marzo de 1976 «cuando llegó el fatídico día del golpe de Estado más sangriento de nuestra historia».
Aquellos tres primeros años «fueron muy ricos en concreciones para la provincia, y también para nosotros como familia, ya que en septiembre de 1975 llegó nuestra esperada reina María, como le gustaba a Arnoldo llamarla y como la llama hoy su hermano».

Secretaria de Recchi.
Luego del golpe, narra Silvia, «no sé por qué extraña razón no me aplicaron la Ley de Prescindibilidad y me mandaron al Ejecutivo, Primero al Ministerio de Economía, y luego al Ministerio de Obras Públicas. El ministro era (Enrique César) Recchi, a quien intente explicarle que yo era peronista y que había sido secretaria de Marín… Sonrió y me dijo: ‘¿Usted cree que no sé quién es? También sé que sabe trabajar’, y dio por terminada la conversación. Yo no estaba en condiciones de nada… mi marido había sido despedido de su trabajo y ese era el único ingreso familiar, así que no tenía forma de hacer lo que hubiera deseado, porque el panorama era desolador… los compañeros eran despedidos y no había casi posibilidades de trabajar en el sector privado. Al año siguiente Arnoldo con nuevo trabajo en una gran empresa de Silos fue trasladado a Buenos Aires y allá fuimos. Pedí un cambio a la Casa de La Pampa y pude trabajar en paz».

La difamación.
Recuerda con dolor alguna difamación, «cuando algunos/as alegaron cuestiones políticas por no haber renunciado y ser reubicada como secretaria de Recchi. Pero siempre tuve la conciencia limpia, jamás traicioné a nadie… ni a mis compañeros ni al peronismo y tengo la conciencia bien tranquila. Mi primera responsabilidad era con la subsistencia de mi familia, y aunque ese cuestionamiento fue doloroso no me invalidó aunque inventaron historias falsas que afectaron sobre todos a mis seres queridos», dice con serenidad.

Tiempos de militancia.
Tres años después se estableció una fábrica de Silos en General Pico, y lo convocaron a Arnoldo. «Allí teníamos nuestra casa, y decidimos volver. Era comienzos de 1982 y los peronistas comenzamos a reunirnos -en secreto porque estaba prohibida la actividad política-, pero hubo un detonante que fue el 2 de abril, cuando se inició la locura de Malvinas».
Después del desastre se forzó la apertura a un nuevo tiempo democrático, «y fue uno de los momentos más productivos y felices desde mi militancia. Era juntar el peso, llenar el tanque de nafta y recorrer todos los días un pueblo, convocando a los compañeros para reorganizar el partido».

Tiempos agitados.
Fueron días agitados, porque trabajaba en Rentas, en patentamiento de vehículos, más dos horas suplementarias y a las 16 corriendo a cambiarme para patrullar las calles asignadas para afiliar compañeros/s. El regreso a casa alrededor de las 19, con los chicos aún con las mochilas y todos a la cocina de la Unidad Básica a terminar las tareas…».
Rememora aquella «vida sin descanso, pero con un compañero que como siempre le reconocí fue muy macho para bancarse la mujer que le tocó en suerte y comía lo que hubiera, en tanto ayudaba en la logística cotidiana… Cuando en un acto me tocaba hablar se paraba bien al fondo del lugar para observar y ver cuando la gente asentía o qué cara ponían. Y al regreso la crítica para modificar o reafirmar conceptos. Siempre hizo honor al compromiso asumido con mis padres y nunca me pasó la factura».

Lo que vino.
El resto es bastante conocido. La elección de 1983, Rubén Hugo Marín gobernador… ella nuevamente su secretaria «en una etapa de muchas realizaciones y trabajo, con mucha relación con los Intendentes de todos los colores políticos. Hasta hacer lugar a las reivindicaciones que el pueblo pampeano esperaba».
Cuando Néstor Ahuad fue consagrado gobernador, Silvia iba a ser la única diputada mujer de un bloque de 11 integrantes del justicialismo.

Diputada en soledad.
Sonríe y sigue: «La verdad es que imponer respeto no me costaba mucho porque todos me conocían… sabían que no era fácil llevarme por delante. Además Heriberto Mediza siempre fue un garante de trato igualitario, en el uso de la palabra y la atención de los temas tratados», reconoce.
Ya lo dijo, se hacía respetar. «Alguna vez me tocó poner freno abruptamente a una situación porque al ingresar a una reunión un compañero estaba contando un chiste subido de tono y lo interrumpí de muy mal modo… Les quedó claro que en el lugar común y con mi presencia eso no estaba permitido… Y lo cierto es que nunca más me tocó enojarme o tener que acudir al sermón feminista».

Proyectos y leyes.
De su paso por las distintas funciones, ministra, diputada y senadora, quedaron leyes como la de la prohibición de la venta de medicamentos en kioscos, estaciones de servicios y supermercados. Además las vinculadas con la colegiación de profesionales; también la que dio origen al equipo interdisciplinario para abordar la violencia doméstica… «recuerdo que tu diario la elogió; y podemos hablar de la primera Ley de Salud Sexual (conocida como ‘del Papa Nicolau y la Colposcopía), una herramienta para detectar el cáncer de cuello de útero en los primeros estadíos. Pero hubo un proyecto que por sí solo me justifica como mujer y haber participado en política: la Ley de Procreación responsable, en la que trabajó mucho Kuka Vivona», aporta.

Escrachada en las iglesias.
Hubo muchos reparos -incluso una voz muy negativa dentro del mismo bloque del PJ-, opiniones en contra de algunos profesionales de la medicina… Ni hablar del Obispo (Reynaldo) Brédicce quien manifestaba su abierta oposición, en tanto el doctor Marín, entonces senador, nos apoyaba», narra.
«Fui víctima de escraches en todos los sermones de las iglesias católicas de la Provincia, armaron un manifiesto donde lo más bonito que me decían era ‘favorecedora de la prostitución’. En ese momento ni para mí, ni para mi familia, hubo Comisión de DDHH que dijera una palabra, ni grupos de mujeres que emitieran aunque sea un tímido reflejo de lo que ocurría contra mi honor y el de mi familia… Pero igual jamás me victimicé, porque tenía mis convicciones», expone Silvia a la distancia.
Y continúa: «Me siento muy orgullosa porque seguramente muchas mujeres no se vieron obligadas a abortar clandestinamente, y muchos pampeanos/as habrán podido disfrutar de su sexualidad más plenamente», reflexiona ahora.

Demasiada historia.
Hoy en día, en la paz de su departamento en Santa Rosa, Silvia Gallego vive serena, sin horarios ni apuros. Trabajando pero con tranquilidad, y sobre todo muy dedicada a su familia, que también integran sus cuatro nietos: Tomás y Juan Ignacio Soto, y Máximo y Álvaro Suárez. «Ellos son ahora mi foco de atención…», afirma.
Realmente, ante tanta historia, debo confesar mi ineptitud para reflejar en solamente dos páginas -aunque sea la nota de domingo que más texto demandó de todas las que escribí- su trabajo y dedicación, y tantos proyectos concretados… por eso se hace imprescindible que la protagonista escriba su libro.
A Silvia le puede quedar la seguridad que al menos en nuestra provincia -desde los lugares que le tocó ocupar-, ha sido una de las precursoras de toda una lucha que aún continúa y puede tener la conciencia tranquila… ha cumplido acabadamente con el mandato, el familiar y el que le confirió el pueblo de La Pampa. ¿O a alguien le quedan dudas?
Casi podría concluirse: ¡Has recorrido un largo camino muchacha!

«Una referencia ineludible».
Silvia Gallego es definida por dos mujeres contemporáneas en su militancia. ¿Qué dicen de ella?
La ex diputada Gladys «Pocha» Russell se emociona: «Silvia se caracteriza por su impronta, su rapidez mental, su lealtad como principio de vida, su perseverancia cuando busca un objetivo y es además muy estudiosa».
Y deja un concepto que la define en su carácter: «La humildad no es su fuerte y parece más bien casi arrogante… una postura de muchas mujeres en un mundo de hombres, que si no la adoptaban las pasaban por encima. Es una gran defensora de los derechos de la mujer, tanto que alguna vez se le escuchó decir a su esposo: ‘¿Por qué tienen que empezar en mi casa?’ -rememora risueña Pocha-, mientras Arnoldo miraba (¿con cierta envidia?) la casa de unos vecinos donde la señora acarreaba el mate».
En lo cotidiano apunta que «Silvia supo utilizar el tiempo y pudo ser una madre responsable y una abuela que para qué decirlo! Silvia Gallego. peronista de pura cepa sin beneficio de inventario».

«Es mi amiga».
La senadora Norma Durango dice lo suyo: «Silvia es mi amiga y compañera. Compartimos la vida y también la militancia en el mismo espacio político del peronismo desde siempre. De ella aprendí mucho de lo que soy y de lo que hago… es una trabajadora incansable, clara en sus conceptos, firme en sus decisiones y una referencia ineludible para las mujeres de La Pampa. Una pionera en la defensa de los derechos sexuales y reproductivos. Silvia es mi amiga, la quiero y la admiro», completó.

«Se planta donde sea».
«Es familia… tengo gran aprecio por ella. Si hasta fui su profesor en el Colegio», responde Rubén Hugo Marín. Y se ríe con ganas Silvia cuando se refiere a quien fue su líder desde que empezó a militar: «Rubén nos pedía cigarrillos a los alumnos en los recreos…», lo acusa.
El ex gobernador expresó que Silvia Gallego «tiene una historia familiar dentro de la política con su mamá que fue diputada, y con su padre, al que echaron de la Policía por ser peronista. Tiene carácter y se planta donde sea… la recuerdo cuando Isabel Perón recorría el país, que habló en un acto que se hizo en la CGT de General Pico. Creo que iba a 5° año».
Agregó que cuando fue senadora «la escuchaban, y la respetaban, mujeres y no mujeres. No fue a pasar el tiempo al Senado sino a trabajar, y es incansable cuando se trata de imponer una postura o un proyecto, y tiene verdadera pasión por el peronismo. Además no la arrían así nomás cuando se trata de defender sus convicciones».
Marín mencionó que «le tocó la desgracia de perder a su esposo con dos hijos chicos, y tuvo que tomar las responsabilidades de madre sola y sin abandonar la política. Y tiene una enorme virtud: conoce lo que es la lealtad», cerró.

Extenso currículum.
En el currículum de Silvia Gallego se puede apuntar, entre otras muchas cosas, que fue secretaria privada de Rubén Marín cuando era vicegobernador; y también cuando fue gobernador.
En 1987 resultó electa diputada provincial; y fue autora de la Ley n° 1.081 de creación del Servicio Especial para la erradicación de la violencia familiar; y de la 1.363 del Programa Provincial de Procreación Responsable, primera en el país.
Más tarde fue designada ministra de Bienestar Social; entre
1991-1995 fue nuevamente legisladora provincial; en 1999 fue Constituyente Provincial; en el período 1999-2003 volvió a ser diputada y autora de la ley 2.079 que incorpora las ligaduras de trompas de Falopio y la vasectomía como prácticas médicas.
En 2003-2009 fue senadora nacional, y autora de la ley 26.485, de Protección Integral de las Mujeres.
Luego fue directora del Banco Nación; y actualmente es asesora de la senadora Norma Durango.
¡Sí… algunas cosas hiciste Silvia!