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«Sólo quiero que pueda descansar en paz»

Asombrosamente no tiene odios ni rencores. Pide que Víctor Purreta -condenado a 18 años de cárcel- le diga a alguien dónde enterró el cuerpo de su hija. «Queremos que descanse en paz. Sólo eso», dice.

MARIO VEGA
Se han escrito cientos de notas, se hicieron muchas manifestaciones pidiendo justicia, pero aún la llaga está abierta… Si difícil es sobrellevar la muerte de un amigo o de un familiar, el que no lo soportó no podrá dimensionar jamás cuál puede ser el sufrimiento de una madre que un día cualquiera tuvo que salir a buscar a su hija, con la presunción de que pudiera estar muerta… y lo que es peor, que resultó víctima de violencia por parte de su pareja y que su cuerpo no puede ser hallado.
Han pasado 15 años -el 10 de febrero de 2004 se determinó como la fecha de su desaparición-, y el consuelo no aparece: «A veces, cuando estoy sola, siento que ella me toca… que me acaricia la espalda. Y eso me alivia», dice Julia como si ahora mismo estuviera experimentando esa sensación. Y se emociona: «En ese momento siento que está aquí…», agrega con los ojos húmedos.

Un dolor inmenso.
Julia Ferreyra (59) es una mujer que sufre, pero que sabe que tiene que seguir. Que su lucha no terminó -y no terminará mientras el cuerpo de su hija Andrea no aparezca-, y que no obstante -a pesar del dolor inmenso que la embarga- tiene motivos para vivir… Aunque a veces le resulte tan difícil.
Quienes tenemos hijos -hijas en mi caso- los disfrutamos, pero también estamos atentos todo el tiempo al devenir del destino que, claro, no podemos predecir; y sufrimos con ellos cuando las cosas son de determinada manera. Eso nos sucede cuando las circunstancias son adversas, y no queremos ni imaginar algunos acontecimientos dolorosos.
Porque creemos que la ley de la vida establecería que los mayores somos los que primero deberíamos dejar este mundo, y figurarse algo distinto es casi algo antinatural.

Homicidio y condena.
En el caso de Julia, no tener a Andrea (que hoy estaría cumpliendo 40 años) es su realidad de todos los momentos. Se ha sabido que el mismo día en que la joven mujer hubiera cumplido 38 años, la Corte Suprema de Justicia ratificó la condena a Víctor Purreta por el femicidio. El máximo tribunal del país desestimó el recurso de queja que había interpuesto la defensa del ex boxeador, con lo que se agotaron las instancias judiciales y Purreta deberá cumplir 18 años de cárcel.
El homicidio -según lo determinó la Justicia- se produjo el 9 de febrero de 2004, y aunque el cuerpo de Andrea aún se sigue buscando, el tribunal que condenó a Purreta consideró el testimonio en Cámara Gesell de Emanuel, el hijo de la pareja que entonces tenía nada más que 4 años.

Una familia numerosa.
Julia Patricia Ferreyra es una abnegada mujer que no las tuvo fácil, aunque supo de momentos felices junto a su familia. Proviene de un hogar muy humilde -sus padres eran Julio (trabajador de Vialidad Provincial), y Susana García (ama de casa): «Mi papá era un laburante, y cuando chicos nos tocó vivir en el Salitral, hasta que tiempo más tarde pudimos trasladarnos al Barrio Las Rosas, en calle Chile entre Emilio Civit y Alberdi… tengo tres hermanos: María Bernarda («Picky»), Sergio Alberto y Mónica Liliana. Mi esposo se llamaba Carlos Alberto López, trabajaba en Vitabull y falleció muy joven (41 años)… tuvimos cinco hijos, Néstor Alberto, Claudio Daniel (trabaja en Carnes Pampeanas), Andrea que ahora tendría 40 años, Enzo Darío (también en Carnes Pampeanas) y Gisella Soledad». Julia tiene seis nietos, Bruno, Daniel, Emanuel (tiene 19 años), Florencia, Lumila y Thiago; y hace poco se sumó Augusto, su primer bisnieto.

Una vida de trabajo.
De pronto empieza a recordar y se la nota calma, casi regocijándose de trasladarse a aquellos tiempos de un hogar pobre, de laburantes, pero lleno de valores. «Fui primero a la Escuela 38 y terminé en la 74, nocturno… de chiquitas tuvimos que salir a trabajar en casas de familia, y ahora estoy muy cerquita de jubilarme. Hace 30 años que estoy con esa gente que realmente han sido muy buenas personas conmigo…», reconoce.
Es una mujer de trabajo, de toda su vida, porque «cuando quedé viuda, en 1997, tuve que trabajar el doble… me iba temprano a la mañana y volvía a la noche, pero tenía que hacerlo porque en la familia lo necesitábamos. Ahora mismo tengo dos trabajos, pero además hago y vendo empanadas, pasteles, locro, escabeches, sorrentinos… siempre estoy trabajando, es como una terapia», agrega.

¿Y Andrea, cómo era Andrea?
Después acepta hablar de Andrea… «Ella hizo la primaria, y después empezó secretariado comercial en la Escuela 219, pero ya a los 17 años entró a trabajar en Calzar. Era la luz de los ojos de su papá, al que atendía todo lo que podía. Era una excelente hija, cocinaba, limpiaba, pero sobre todo le encantaba planchar… Sí, también le gustaba la música, cuarteto; y también bailar: a veces pedía permiso para ir con la prima y otro grupo de amigas al club San Martín, y el padre la dejaba si iban acompañadas por la abuela», evoca Julia.
«Y ahora uno se pregunta qué pasó, por qué no la tenemos, y no encontramos respuestas», afirma.

Obligada a prostituirse.
Jovencita, Andrea conocería a quien sería su verdugo: «Al principio se pusieron de novios, anduvieron un poco más de un año y cuando falleció mi esposo vinieron a vivir aquí, ocupando una habitación de la casa», dice refiriendo a su domicilio de la calle Varela, en el Plan 5.000.
Sin que la familia lo supiera iba a comenzar el drama… El ex boxeador le había pedido autorización a Julia para que por las tardes Andrea fuera a cuidar a los hermanos menores de Purreta, y con esa excusa la sacaba de la casa: «En realidad, después nos enteramos que la obligaba a prostituirse… Claudio, uno de los hermanos de Andrea la vio en la ruta y nos dijo lo que estaba pasando. Empezamos a tratar de seguirla, y mi hijo me pasaba a buscar para ver si la podíamos encontrar, pero cuando llegábamos ya no estaba… Él se la había llevado», cuenta.

Golpes y malos tratos.
En una oportunidad, alrededor de las 6 de la tarde, el hermano la encontró a la joven y le preguntó qué hacía en ese lugar, y ella le contestó que estaba esperando a Víctor que andaba por allí «cazando pajaritos». Una excusa pueril que lastimaba, por la certeza de saber que era una mentira para esconder lo que realmente estaba sucediendo.
Después de alguna otra situación parecida -ya sabiendo que su pareja la obligaba a prostituirse- Julia lo echó al boxeador de su casa, «Por suerte Dios quiso que nunca yo pudiera verla en esa situación…», se consuela.

Un calvario.
Advertían que Purreta golpeaba a la joven, y cuando la madre lo encaraba, el boxeador con cinismo lo único que atinaba a contestarle era que Andrea era celosa… La cuestión desataba la indignación de los hermanos, que más de una vez fueron contenidos para que no se abalanzaran contra Purreta, quien prefería hacer oídos sordos: «Es que estos tipos sólo golpean a las mujeres, pero no se animan cuando es un hombre el que los enfrenta», resume Julia.
No obstante Purreta siempre se las arreglaba para convencer a Andrea y llevársela a vivir con él a su casa materna. Pero lo cierto es que las golpizas se hicieron recurrentes, y la joven aparecía muchas veces a ampararse en lo de su mamá con los signos evidentes del maltrato al que era sometida. Su vida se iba a convertir, poco a poco, en un calvario.

Nace Emanuel.
Después del nacimiento de Emanuel nada cambió demasiado. Cuando Andrea golpeada regresaba a lo de Julia, Purreta se aprovechaba de que el pequeño no se iba con ella sino que se quedaba en su casa para conseguir que la joven volviera con él.
«Pero también pienso que la drogaba, y por ahí podía ser que ella tuviera algún tipo de abstinencia… me acuerdo que cuando estaba aquí refugiada golpeaban la puerta de calle y se escondía. Tenía mucho miedo, pero igual él se las arreglaba para hacer que volviera: por las tardes Andrea quedaba sola aquí y él insistía a toda hora con el teléfono, o pasaba por las noches y hacía bramar el auto para que se diera cuenta que estaba afuera», rememora.

¿Y la Justicia?
Julia tiene claro que la Justicia nunca acompañó los reclamos de la familia. «Cuando íbamos a denunciar la miraban un poquito y nos decían que nos fuéramos, que se le iba a pasar… hicimos muchas exposiciones y denuncias pero no aparecen por ningún lado, y nunca nos dieron una copia. Uno trata de pedir ayuda donde cree que corresponde porque no pretende hacer justicia por mano propia, pero las respuestas no llegaron: en una oportunidad fuimos a Defensoría, Purreta con Andrea y el nene, y salieron y fue como decir ‘aquí no ha pasado nada… ¿Entonces dónde debíamos pedir justicia? Alguna vez fui a hablar con (Juan Carlos) Tierno, que era ministro, y tampoco nos dio una solución… a pesar que Purreta la golpeaba: un día llegó a arrastrarla con su camioneta y Andrea vino a mi casa con todo el cuerpo pelado. Si hasta embarazada fue capaz de tirarla a la calle…», cuenta y pareciera que la está viendo.

Un Estado indiferente.
Después razona que el Estado se mostró muy ausente con Andrea, «porque a él lo protegían, por ser boxeador, pero también por algo más…», reflexiona. Increíblemente lo hace sin odios, porque no los tiene: «Creo en Dios, y no soy violenta», agrega.
«Lo que puedo decir es que no me siento culpable de nada», dice Julia como si hiciera falta aclararlo… «Nunca le cerré la puerta de casa cuando la golpeaba y ella aparecía a refugiarse… cuando él venía a buscarla yo lo insultaba y lo echaba, pero nunca se animó a decirme nada, ni me quiso pegar. Sí cuando estaba con Andrea la amenazaba que nos iba a prender fuego a mí y a otra de mis hijas».

Desenlace fatal.
La violencia iba a ir in crescendo… Emanuel -entonces un chiquito- veía el cuadro de violencia, y alguna vez llegó a pedirle a su abuela «un cuchillo» para defender a su mamá.
Después vendría el desenlace. «La última vez que la vi a la ‘Flaca’ (así le decía Julia), fue el 8 de febrero de 2004… Ese día yo me iba a Monte Hermoso, y ella estaba contenta porque el nene iba a empezar jardín. Cuando volví pregunté por ella a mi hija más chica, Gisella, y a mi mamá (Susana García) que vivían aquí conmigo, y me dijeron que Andrea en esos días no había aparecido: ni llamó ni vino». Y ya le resultó extraño.

Sin noticias de Andrea.
Cuando empezaron a averiguar una mujer les dijo que Andrea estaba desaparecida hacía como 20 días. «Fue entonces que con mi mamá fuimos a lo de Purreta en taxi. Su casa estaba toda iluminada, pero él estaba durmiendo al lado, en lo de la madre, y cuando le pregunté por Andrea contestó que se había ido para el lado de San Luis… En ese momento salió Emanuel (tenía 4 años) y cuando quiso empezar a contar algo Purreta lo hizo callar, y la madre de él lo hizo entrar a la casa».

Dónde está Andrea.
Julia no sabía que en ese momento estaba empezando su lucha. Esa que mantiene desde hace 15 años para saber cual fue el final de Andrea. Purreta no lo dice, y parece ser ahora el único que lo puede develar. «No me lo diría a mí, pero por lo menos que se lo diga al hijo… o a alguien en la cárcel, si es que no se anima a enfrentarlo a Emanuel. Que nos diga dónde está el cuerpo de Andrea», expresa la mujer.
La suya es una lucha incesante, sin renunciamientos, y tiene derecho a saber. «A veces lloro… lloro mucho cuando estoy sola en mis trabajos: porque tengo hijos, tengo nietos, y ahora un bisnieto… pero falta alguien. Por eso lloro, aunque me alivio cuando siento que Andrea me está acariciando… Sólo quiero un lugar donde ella descanse en paz, donde pueda llevarle una flor. Sólo eso».
Una historia tremenda. Sí, estremecedora…

«Me llamaba a los gritos».
«Del relato del nene (Emanuel) que vio todo surge que Andrea está muerta… En Cámara Gesell contó todo: que vio a Purreta la noche anterior de musculosa, malla y ojotas; y al otro día al despertarse que le decía que la madre lo
había abandonado. Ahí estaba cambiado, de jean celeste, camisa rayada y zapatillas blancas, y recordó que entraba y salía de la casa, como nervioso. Tenía 7 años entonces», explica Julia.
Señala que Emanuel le ha preguntado: «Abuela ¿por qué a mamá no la pusieron en un cajón y la enterraron? A veces dibujaba cosas de la madre con alas y cruces, a mí con su mamá en moto, al padre con una camioneta, una casa y un león. Sobre eso el psicólogo de Abuelas de Plaza de Mayo me dijo que ‘el león es peligro, que en la casa sucedió lo peor, y que mi hija me llamaba a gritos…».
Asombrosamente la misma noche en que habría ocurrido el homicidio, Julia tuvo una extrañísima pesadilla: «Soñaba que violaban a mi hija menor… y que ella gritaba llamándome. Me desperté sobresaltada esa noche… pero ahora me doy cuenta que era Andrea que me estaba llamando, que era ella que me pedía ayuda. Y no llegué…», expresa emocionada.
¿Y Emanuel? «Está estudiando secundario y buscando trabajo… quiero que se gane la plata honradamente, pero estoy cansada de pedir un trabajo y no le han dado nada. Él no tiene vergüenza si tiene que salir a barrer las calles. Pero está bien, juega al fútbol con sus amigos, y cuando tiene algunos bajones tiene que ir a la psicóloga… me dice siempre cuando se lo menciono a Purreta que no le diga que es su papá: él le dice ‘el susodicho’, porque no quiere ni nombrarlo», indica.
«¿Yo? Estoy bien… tal vez un poco más floja, porque hace un tiempo perdí a mi mamá también… y a veces me siento un poco cansada, y si bien no lo hice hasta ahora estoy pensando si no sería bueno comenzar con una ayuda psicológica… creo que sí», dice mientras un dejo de tristeza se le adivina en la mirada.
No deja de manifestar agradecimiento por quienes se acercaron a ayudarla cuando lo precisó: «Una vez hice una nota para Canal 3 y aparecí de espaldas. Me vio Mirta Fiorucci, de Mujeres por la Solidaridad, y vino a pedirme si podía el grupo hablar conmigo. Me hicieron entender que no tenía que aparecer de espaldas, que no tenía por qué tener vergüenza de nada… Que a Andrea se le cruzó un mal tipo y la llevó por otro camino. Después también se sumó Silvia González y contribuyó con nosotros… a todas ellas tenemos que agradecerles», cerró.