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«Soy la hija de un genocida»

"HISTORIAS DESOBEDIENTES" SOBRE LOS FAMILIARES DE REPRESORES DE LA ULTIMA DICTADURA

Fueron los últimos en aparecer entre los colectivos que reclaman Memoria, Verdad y Justicia para los crímenes perpetrados por la última dictadura cívico militar. «Historias Desobedientes» es un grupo de «hijos, hijas y familiares de genocidas» que se hizo visible el 10 de mayo de 2017, durante «la marcha de los pañuelos blancos» convocada para rechazar la aplicación del 2 x 1 a represores y genocidas. Aunque novedosa, su existencia venía gestándose entre aquellos que masticaron durante décadas y en soledad el estigma, la angustia y la vergüenza provocadas por «las acciones» de sus padres.
«Cuando encarcelaron a mi papá, con mucha dificultad empecé a tratar de poner todo en contexto. Los primeros tres años fueron de negación absoluta: entendía la dictadura y la lucha de Madres y Abuelas, pero también pensaba que mi papá no tenía nada que ver, que era un error, que estaban bien los juicios pero con mi papá se habían equivocado». Analía Kalinec (41 años) se presenta a sí misma como «maestra, psicóloga, mamá de dos hijos y también hija de un genocida». Su historia alienta nuevas reflexiones sobre el período más oscuro de nuestra historia y advierte sobre heridas que siguen abiertas y un pensamiento peligrosamente anacrónico que persiste en un amplio sector de la comunidad.

«Papá es un genocida».
«Mi padre fue condenado en 2010 por crímenes de lesa humanidad y cumple condena a cadena perpetua. Fue detenido en 2005. Yo tenía 24 años y nunca lo había vinculado con la dictadura. Crecí en los años de impunidad, durante mi trayectoria escolar el 24 de marzo no era fecha de recordación y tampoco tenía acceso a ningún tipo de información vinculada». En diálogo con Radio Noticias recordó que «ya me había recibido de maestra y tenía un hijo de año y medio, cuando llamó mi madre por teléfono: Analía, no te asustes, pero papá está preso».
«Fuimos a verlo al penal de Marcos Paz y él nos dijo: son cuestiones políticas de estos zurdos revanchistas. No deben creer nada de lo que dicen. Yo luché por la patria y no tengo nada de que arrepentirme».
Analía lloraba y pensaba «pobrecito mi papá, qué mal está esto, pero ya se va a aclarar, cuando se den cuenta de que es un hombre bueno». Para entonces cursaba estudios de Licenciatura en Psicología en la UBA, «daba mis primeros pasos como maestra en la escuela pública y mi hijo había empezado el jardín. Ya me movía por otros ámbitos mientras la apertura de los juicios y la derogación de las leyes (Obediencia Debida y Punto Final) generaba una apertura social y mediática que me permitió acceder a cuestiones que antes ignoraba».
Había crecido en un ambiente de asepsia: «la política era totalmente ajena y nos criaron como gente que no se metía en eso». En 2008, cuando la causa fue elevada a juicio oral, «estaba más informada sobre los reclamos de Madres y Abuelas y lo que sucedió en la dictadura. Y sentía empatía: cómo no empatizar con una madre a quien le desaparecen un hijo y lo sale a buscar».
Su hermana mayor le envió el auto de elevación a juicio. «Mi papá era uno de varios represores acusados y había elementos suficientes para juzgarlos. Eran unas 800 fojas y empecé a leer esperando que su nombre no apareciera nunca. Pero lo nombraban y leí testimonios directos de sobrevivientes». Su padre, Eduardo Emilio Kalinec, alias «Doctor K», «operaba en los quirófanos» del llamado Circuito ABO (Atlético, Banco y Olimpo) y las víctimas lo recordaban como uno de sus torturadores más feroces.

Angustia y soledad.
«Mi padre tiene 69 años. En 1976 era un oficial joven, recién salido de la Escuela de Cadetes de la Policía Federal y revistaba bien abajo en la cadena de mando: recibía órdenes y las ejecutaba. La causa lo ubicaba en un grupo de tareas y en la sala de torturas. Fue un impacto muy grande y abrió una etapa oscura, de mucha angustia, de llorar compulsivamente. Estaba embarazada de mi segundo hijo y empecé una especie de catarsis a través de la palabra. Le escribí a mi mamá: «imagino a doctor K con la cara de papá y no lo puedo soportar».
Pero no recibió consuelo, sino reproches. «Cómo vas a decir eso de papá, que tanto nos quiere y tanto se sacrificó por nosotras». Empezó «un distanciamiento familiar, una reconfiguración que tiene distintas etapas: mis padres son abuelos de mis hijos, mis hermanas son las tías y yo soy tía de sus hijos, pero todo eso se reconfiguró».
Su madre «se mantuvo incondicional. Conoció a papá a los 15 años, a los 18 se casó y a los 24 ya tenía cuatro hijas mujeres. Siempre fue ama de casa y quedó imposibilitada de armarse desde otro lugar. Falleció en 2015, a los 57 años, de un cáncer que arrastraba desde hacía más de 25 años».
Analia dejó de ver a su padre «en 2008, por su propia iniciativa, cuando manifestó enojo y rechazo hacia la hija que no pensaba como él. Yo le dije ahora tenés que hablar y contar lo que sabés y eso generó el distanciamiento definitivo. Con mi mamá pudimos reencontrarnos y durante los últimos años estuve acompañándola. Cuando murió, mi padre desde la cárcel junto a mis dos hermanas menores, presentó un escrito en el Juzgado Civil para que yo no pueda heredarla». Doctor K reclama «que me declaren persona indigna. Esa es nuestra relación ahora, un juicio presentado junto a mis hermanas, egresadas del Instituto Universitario de la Policía Federal y personal civil» de esa fuerza.

Pensamiento vivo.
En ese escrito su padre declara «que fui coptada por grupos activistas en la Facultad de Psicología. Lo sigue pensando así ahora. Esta lógica de eliminar al que piensa distinto se traslada al seno familiar y sigue viva a pesar de su anacronismo. Por eso debemos reflexionar qué pasa hacia el interior de las fuerzas y las instituciones que siguen reproduciendo estas lógicas. Hay un núcleo duro, que comprende a una parte importante de la población, con una ideología muy cerrada, muy obtusa y poco reconstruida. Allí también sería necesario implementar políticas públicas».
Como ejemplo cita que «los represores nunca fueron exonerados de las instituciones. En su demanda, mi padre se referencia orgullosamente como policía retirado, y así la institución lo sigue amparando» denuncia. Y advierte que «cuando asumió como presidente, Alberto Fernández recomendó dar vuelta la página porque ya no quedan en ejercicio efectivos que actuaron en la dictadura. Fue una metáfora muy controvertida y nosotros salimos a pronunciarnos porque eso no significa que se hayan desterrado estas lógicas».

Historias desobedientes.
En su necesidad metabolizar la historia familiar Analía pudo encontrarse «con otros hijos de genocidas. El punto de inflexión fue el rechazo al 2 x 1 en pleno gobierno negacionista. Ya me había encontrado con Liliana Furió (cineasta mendocina, hija de Paulino Furió, ex jefe del G2), que leyó mi testimonio en 2016 y me ubicó por las redes. Su papá también fue condenado por crímenes de lesa humanidad y se sentía muy sola, muy angustiada, por esto que pasa al interior de la familia y también la representación social, donde los hijos de genocidas quedamos vinculados a ese lado de la grieta y a ese pensamiento ideológico, algo que genera mucha vergüenza».
Dos días después leyeron el testimonio de «Mariana Dopazo, una nota titulada «Marché contra mi padre genocida» en la que se autorreferencia como «ex hija» de Miguet Etchecolatz. «La fuimos a buscar y ya fuimos tres». A partir de entonces «aparecieron comentarios de otros hijos e hijas de padres genocidas y para el 15 de mayo ya éramos seis: cinco mujeres y un varón. Nos reunimos y decidimos formar una agrupación, llamarnos «Historias desobedientes» y marchar el 3 de junio por el Ni una Menos». A esa marcha fueron con una bandera y la foto fue portada de Tiempo Argentino.
Y siguieron sumándose «desobedientes». Días después «organizamos otra reunión con gente de otras provincias y fuimos más de 30. Descubrimos que éramos un montón, desparramados y llorando en soledad, y entendimos que podíamos ser un colectivo y cumplir un rol social. Y para eso nos estamos organizando».
Actualmente «ya se conformó también un Historias Desobedientes en Chile (familiares de represores de la dictadura de Pinochet) y en 2020, en pleno gobierno de derecha, empezaron a aparecer en Brasil, donde ahora están conformando también su Historias Desobedientes».
Son un protagonista que faltaba en este proceso de sembrar memoria, cultivar verdad y cosechar justicia: hijos e hijas de criminales de lesa humanidad intentando reconstruirse. «Creo que ningún otro país ha avanzado tanto en este recorrido de memoria, verdad y justicia. Nuestra sociedad tiene una elevada conciencia en derechos humanos: eso nos alcanzó a nosotros y pudo mostrarnos que no todo es como dicen en casa. Por eso, creo que somos una consecuencia social y que esto solo podía ocurrir en Argentina».
Libros de la desobediencia.

Algunas «Historias desobedientes» pueden encontrarse en dos libros publicados por la agrupación. El primero «Escritos Desobedientes, agrupa 18 testimonios de integrantes del colectivo. También incluye un manifiesto, una recopilación de pronunciamientos formulados durante nuestro primer año de existencia y una conclusión». Según Analía resulta un volumen «muy rico en términos testimoniales con algunas reflexiones teóricas». Fue publicado en 2018 por editorial Marea y ya se hicieron varias reimpresiones.
El segundo es «Nosotres, historias desobedientes», un libro de corte «más académico, con una recopilación del Primer Encuentro Internacional de Historias Desobedientes, cuyos autores son sociólogos, psicoanalistas, abogados y periodistas que participaron de este encuentro y nos acercaron su primeras reflexiones. Nosotros compilamos y reelaboramos ese material, que fue publicado por un sindicato docente de La Rioja, ediciones AMP». Este libro tiene también un formato digital «y fue liberado para que cualquier persona pueda descargarlo» de la web.

¿Podrán dejar de amarlos?

«Los hijos desobedientes tuvieron oportunidades para salir a denunciar a sus padres y no lo hicieron. ¿Por qué no salieron antes?», reclama Delia Barrera, sobreviviente que fuera torturada por «Doctor K». ¿Es posible dejar de amar al padre que uno quiso? «Me lo pregunto todo el tiempo», confiesa Analía Kalinec. «Yo me niego a renunciar a ese papá que quise tanto. Hay una parte mía que quiere conservarlo y no quiero ser tan mala conmigo misma de renunciar a eso. En el colectivo reflexionamos sobre esto y nos planteamos que no podemos querer a nuestros padres. Pero ¿quién puede decidir querer o no querer? ¿Cómo se borra el amor? ¿Cómo se borran los recuerdos? Por ahora, convivimos con esas contradicciones», afirma.