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«Sueño con que vuelvo a caminar»

Tenía 32 años cuando lo perdió casi todo: la movilidad de sus piernas, bienes y parte de su familia. No obstante apuesta a la vida: sueña con volver a caminar, y próximamente pondrá un taller mecánico.
MARIO VEGA
No es fácil comprender cómo se puede sentir una persona en esas circunstancias, cuando la vida se ha encargado de darle un cachetazo enorme, y lo privó incluso de la posibilidad de caminar. Nada menos.
Nos habituamos a referirnos -cuántas veces- a que nos quejamos demasiado por cosas pequeñas, nimias, que se nos cruzan en el diario transcurrir y que tomamos como un brete que nos conduce al disgusto y por qué no al enojo.

Los pequeños y grandes problemas.
Así podemos armar una «novela» por mínimas dificultades que -se nos ocurre, quizás con un sentido muy egoísta de la realidad- nos complican la existencia. ¿Se preguntó usted amigo lector por qué alguien -quizás uno mismo- reniega tantas veces por lo que al cabo son minúsculos trances que solamente serán un problema pasajero?
Al encontrarnos con una situación como la que le toca pasar a Sergio Francisco García (41), podemos dimensionar de otra manera la verdadera magnitud de las cosas. Y advertir que los pequeños problemas son eso… pequeños problemas. Y las circunstancias de una persona como Sergio -joven aún, con toda la vida por delante-, sí merece ser adjetivada como verdaderamente importante, como algo que debe doler, que produce impotencia y, por qué no, muchas veces bronca.

«Debo aceptarlo».
¿Es eso lo que siente Sergio García? «Y sí… muchas veces siento eso: impotencia… No es que no me pasa nada cuando repaso todo esto que sucedió. Pero también sé que no me puedo quedar con eso, que debo aceptarlo y mirar para adelante… y buscar objetivos. Y los tengo… claro que los tengo», dice con entereza este muchacho que se esfuerza por aparecer erguido -ayudado por el andador-, y que tiene proyectos, y un sueño bien determinado (¡¡!).

Un año después del «acampe».
Hace apenas poco más de un año -diciembre de 2018- Sergio García dejaba su precaria «morada» -hecha de madera, nylon y chapas- en la explanada de la Ciudad Judicial, para iniciar una nueva vida. Había ganado el juicio a los responsables del terrible suceso que lo dejó postrado. Sin poder caminar.
Cobró una muy importante suma en concepto de indemnización (más de 13 millones de pesos determinó la Justicia), que obviamente tiene valor desde lo material, pero que nunca podrá cubrir el dolor de la devastación a que fue sometida su vida. No sólo el padecimiento físico que lo obliga a movilizarse con una silla de ruedas, sino que todos sus bienes y hasta su familia sufrieron las consecuencias del tremendo suceso de aquella aciaga noche del 1 de abril de 2011.

De tenerlo a perderlo todo.
Dueño de dos talleres mecánicos, al llegar aquella noche a su domicilio -que compartía con su esposa e hijos- recibió una llamada que lo convocaba para un auxilio. Sergio era dueño de dos vehículos, pero no quiso ir ni en el auto ni en su camioneta… eligió movilizarse en moto. Y ocurrió lo que ocurrió… En la oscuridad no pudo advertir que un pozo había sido abierto en la calle Arriaga -en el barrio Santa María de Las Pampas-, y que no estaba señalizado.
El golpazo fue tremendo, y sería determinante para el curso de su vida: sin poder caminar, quedó postrado en una silla, y con el tiempo lo perdió todo: su familia, el taller y su propia vivienda. En un instante aciago todo cambiaría sustancialmente.
«Ahora, a la distancia, me doy cuenta de que era feliz y no lo sabía», comentó en algún momento sobre su vida «anterior».

Largo proceso judicial.
Iba a comenzar a partir de allí una larga lucha judicial, mientras advertía que de a pedazos su vida -la que llevaba adelante hasta allí- se iba destruyendo. Su existencia había quedado devastada.
El siniestro le ocasionó una incapacidad física-neurológica permanente de un 90%, y por el hecho fueron condenados el Gobierno de La Pampa, la Municipalidad de Santa Rosa y la constructora ILKA. Pero claro, el fallo recién quedó firme 8 años después que se inició la causa.
Fue un tiempo en el que parecía que la resolución judicial no llegaría nunca, y llevó a Sergio a iniciar una singular protesta, que convocó la atención no sólo de los santarroseños que pasaban por el lugar, sino que alcanzó los medios nacionales que -también- se interesaron en el caso.

La vida en una carpa.
En plena explanada de la Ciudad Judicial levantó una precaria carpa, hecha con maderas, cartones y nylon, en la que permaneció dos años reclamando porque se hiciera justicia. En ese lugar pasó dos veranos y dos inviernos, soportándolo todo…
Eso sí, quedándose con la solidaridad cercana de la comunidad santarroseña que lo acompañó en esos 24 meses que duró su protesta. Hasta que llegó el fallo que declaraba que tenía razón, y los culpables debían indemnizarlo.
El 22 de diciembre de 2018 levantó la carpa y se fue del lugar. Primero a un departamento que alquiló -«al fin me pude bañar como correspondía», dijo sonriente en ese momento-, y meses más tarde iba a adquirir su actual vivienda, en la esquina de Viniegra y 20 de Abril, en el Barrio Aeropuerto.

La familia.
Más allá del hombre que todos conocimos a partir de una desgraciada circunstancia, hay que decir que Sergio era -sobre todo- un laburante. «Mi padre se llama Jorge Francisco García, es jubilado, y en una época tenía campo y ahí me crié hasta los 15 años, más o menos… Mi madre, Rosa Blanca, es enfermera y todavía trabaja en Carlos Casares, donde nos mudamos después que mi papá vendiera el campo…», precisa. Allá viven todavía dos hermanos, Nadia (43) y Mauro (37), a los que ve frecuentemente.
De su matrimonio aquí en Santa Rosa -se separó meses después del incidente con la moto en el pozo no señalizado- nacieron cuatro hijos: Julián (22), Ana Azul (17), Mauro (13), y Sergio (9) que tenía sólo unos meses cuando se produjo el siniestro. Pero además tiene una hija mayor, que vive en Carlos Casares, Joana (23) que lo transformó en un abuelo muy joven por cierto… «Sofía, mi nieta, tiene un año y medio, y este fin de semana me voy a buscarla y la traigo unos días conmigo», dice sonriente.

La vida en Carlos Casares.
Aquella ciudad bonaerense fue el escenario de su vida como adolescente. Allí haría la escuela Primaria en el Colegio Normal Superior, y el secundario en la Escuela Nacional de Educación Técnica.
Eran esos tiempos llenos de reuniones con amigos, de alegrías, de salidas, de practicar básquet -que junto al automovilismo es el deporte que más le gusta-, y de llevar la existencia propia de una etapa juvenil. No obstante señala que también le gusta el fútbol -a pesar que es hincha de Boca-, y lo sigue por televisión.

El «Toro» Mouras, una referencia.
Pero lo de los autos parece ser para él una verdadera pasión. «Sí, claro que me gusta mucho… no olvides que soy de los pagos de Roberto ‘Toro’ Mouras (piloto de Turismo de Carretera de Carlos Casares, fallecido en un accidente).
¿Lo conocías?, le pregunto. «Sí, todos lo conocíamos allá… él donó tornos y herramientas a la Escuela Técnica, y también entregaba los motores que iba dejando de lado y con los que nosotros hacíamos prácticas de mecánica», responde Sergio.
«La verdad es que fue ahí donde aprendí el oficio, tanto en cuanto a trabajar con motores de autos, como en maquinaria pesada», completa.

Llegada a Santa Rosa.
Sergio era un muchacho con inquietudes, y un día se le ocurrió que «quería salir de Carlos Casares», y se anotó en el Ejército. «Entré como voluntario en la Décima Brigada, que estaba en la Escuela Hogar y me vine a Santa Rosa», recordó por estas horas.
Iba a ser solo un paso, una posibilidad -que duró dos años- de contar con un sueldo para lo que en realidad le gustaba más: tener un taller mecánico.
Los motores lo atraían, y de a poco fue juntando peso a peso para las herramientas… hasta que pudo poner su taller mecánico. Que en algún momento fueron dos -casi se podría decir que tenía una sucursal-, uno en Avenida Luro, y otro en la calle Wilde. Pero además estaba su vivienda, el auto, la camioneta, y la moto… Y la familia, claro.

Encuentro con la desgracia.
Todo lo habría de perder después de aquella fatídica noche del 1 de abril de 2008.
«Yo trabajaba muchísimo», cuenta, y al momento que sucedió aquello -el encontronazo imprevisto con la desgracia-, «era Jefe de Máquinas de la Empresa Inarco (la que tendría a su cargo el inconcluso Megaestadio), tenía el taller en la Wilde y también en mi casa… Esa noche recién había llegado de trabajar en Inarco, cuando me llamaron para hacer el auxilio de un auto en Avenida Luro, y se me ocurrió ir en la moto…», precisa y se queda mirando como si estuviera reviviendo el momento.

Lo que vino después.
Ha pasado poco más de un año desde que la Justicia falló, y reparó -solo en parte- el daño ocasionado. Porque obviamente el daño físico -¿y también el moral?- no se arregla solo con plata… «Claro que no… por supuesto que no. Yo cambio el dinero de la indemnización por volver a caminar», afirma Sergio que nos recibe en su casa, mientras «Lobo viejo», el perro que se le pegó cuando estaba en la carpa en la Ciudad Judicial, y no lo dejó nunca más, se le acerca para recibir una caricia.
Desde el final de aquella protesta pasó apenas un poco más de un año. Compró su coqueta vivienda, que reacondicionó y ahora luce un lindo patio con césped, y una pileta «pelopincho» que no solamente sirve para refrescarse, sino también para realizar algunos ejercicios de movilidad que lo ayudan a atenuar sus dolores posturales.

«Voy a abrir un taller».
Ante la consulta de qué otra cosa está haciendo, Sergio dice que «estoy haciendo algunos negocios… comprando y vendiendo autos, y acomodando todo porque voy a poner un taller mecánico. ¿Qué te parece?», dice y me mira como esperando una respuesta.
Y le digo, por supuesto, que me parece muy bueno. ¿Cómo va a ser eso? «Con este amigo -y nos presenta a ‘Pato’, un muchacho que lo acompaña mucho en este tiempo- estamos buscando un lugar para instalarlo, pero la decisión está tomada… compré todas las herramientas y voy a volver a algo que me gusta muchísimo».
Agrega que «por ahora estamos un poquito esperando a ver como decanta la situación económica… todo este lío que hay, pero es inminente que lo ponga en marcha. Vamos a ver si nos da como para tomar un par de personas para que trabajen con nosotros, pero estoy entusiasmado», dice y muestra una gran sonrisa. Casi como imaginando los buenos tiempos por venir.

A corazón abierto.
Conversé en reiteradas oportunidades en estos años con Sergio García, y puedo señalar que muchas veces abrió su corazón para decir lo que sentía… «Es duro todo… y aunque por momentos pueda sentir impotencia no me puedo abandonar… ¿Sabés por qué? Porque el papel de padre me sigue dando responsabilidades… Pero además por mí mismo: sueño con volver a caminar… todo el tiempo pienso en eso», afirma y conmueve por la forma en que lo expresa.

Un sueño…
Mientras el proceso judicial se desarrollaba, y cuando hubo más certezas de que se le terminaría dando la razón y sería indemnizado, Sergio manifestó siempre que quería ir a Cuba -había realizado contactos- para tratar de recuperarse en la Isla. «Algunos estudios que me hicieron no dan lugar a las mejores expectativas… pero quiero hacer el intento. Sí, sueño con volver a caminar…», dice y aferra con más fuerza al andador (que le sirve a modo de bastón) que lo ayuda a mantenerse erguido. «Voy a poder!», confía…
Y vaya que dan ganas -de verdad- de arengarlo y decirle que sí, que lo va a conseguir… Que sí va a poder…
¡Fuerza Sergio… Fuerza amigo!

Los que hablan por hablar.
Sergio García se pudo comprar -con la indemnización que recibió al ganarle el juicio a la Provincia, la Municipalidad de Santa Rosa, y a la Empresa Ilka SRL-, una muy linda vivienda en la esquina de 20 de Abril y Viniegra. Con todas las comodidades, confortable y amplia.
¿Bien distinta a la carpa donde estuviste dos años, no Sergio?, le preguntamos. «Sí, tuve que modificarla bastante para que me resultara funcional, para poder movilizarme con la silla de ruedas… y además para cuando vienen mis hijos a quedarse conmigo», explica. «Lo de la carpa me lo aguanté dos años… fue difícil, pero en ese momento lo que más extrañaba era no poder darme una buena ducha…», recuerda y sonríe.
Pero además se compró un auto. Un Audi A5 2012. Sin dudas un «fierro» para los que hablan en la jerga de los que saben del tema. Increíblemente, después que se conoció eso, no faltaron los que salieron a criticar al muchacho, quizás pensando que hacía cierta ostentación.
Sergio respondió que compró «un Audi 2012 automático… porque se adecua a mis necesidades», por la discapacidad que le quedó después del accidente, manifestó como si hiciera falta.
La pregunta que cabe hacerse es si debe explicarle a alguien lo que hace o deja de hacer. Porque es verdad que su vida se transformó en pública después de su amplia exposición en la carpa -que fue reflejada por los medios periodísticos-, pero eso no habilita a que alguien se ubique en censor de la conducta de los demás…
Máxime cuando es Sergio García quien está postrado en una silla de ruedas desde hace 9 años. El que debió poner el cuerpo y el alma para sobrellevar la situación.
No tiene por qué explicar nada… claro que no. Y aquellos que en su momento lo cuestionaron debieran considerar que tenía todo, y un día se quedó sin nada. De un momento a otro.
«¿Sabían esos que hablaban, que reprochaban que compré el Audi, que al momento del accidente yo tenía una Ford Ranger 0 kilómetro; y también un Megane… y moto?, ¿y que tuve un cuatriciclo, una casa y un taller?», interroga.
Es verdad Sergio… nada hay que explicar. Sólo vos sabés lo que sufriste… y lo que aún te toca padecer.