Susana Machado, militante de la vida

TALENTOSA ARTISTA DE VILLA DEL BUSTO, TRABAJA EN CERÁMICA, PINTURA Y VITRALES

Vivir casi en un atelier lleno de cerámicas, pinturas y vitrales, es un privilegio de pocos. La vida de una artista no es sólo imaginación y talento, sino también mucho estudio, trabajo y dedicación.
MARIO VEGA
Cuánta admiración -y quizás un poco de envidia- puede despertar en nosotros, simples mortales que no creemos tener ningún talento especial, observar la obra de una artista… Supongo que es una bendición de Dios disponer de la capacidad para maravillar a otras personas a través del arte, de una pintura, una escultura, una poesía, o tal vez de la interpretación de una canción.
Entiendo que más allá de las habilidades necesarias para entregarse a la creación -en cualquier forma que fuere-, hay que disponer de una sensibilidad muy especial… se me ocurre que todo el tiempo algo vibra en el alma del artista.
En algunos casos -aún cuando sabemos de ellos por transcurrir nuestra existencia en una ciudad todavía chica como esta-, por haber sido contemporáneos, por eso de andar cotidianamente nuestras calles que nos hace conocidos unos a otros, quizás no alcanzamos a ponderar suficientemente -por una cuestión de perspectiva- los valores de alguien que siempre ha dedicado su vida a… ser artista. Ese tipo de personas que disponen de la misteriosa facultad de poder soltar los pájaros del alma para plasmarlos en una obra… porque justamente allí, en sus almas, habitan esos duendes ocultos que transforman al autor/a en un ser tan especial.

Del barrio.

Susana Machado… qué decir. La conozco de cuando apenas adolescente paseaba su gracia juvenil -y su lindura- por las calles de nuestro barrio, más allá de las vías. Ese territorio que es el de nuestros mejores recuerdos, aunque el paso del tiempo modificó sus casas, cambió sus calles y alteró un modo de vivir que, casi, ya no existe. Ese barrio donde “había pasadas con molinetes para cruzar las vías/ y del otro lado aquel cine caluroso/ había galpones de chapa que se nos antojaban inmensos/ estaban las vías/ los durmientes apilados/ los corrales/ la manga del ganado…/ había cientos de moreras/”, como describe acertadamente el poeta Mario Lóriga.

Cuadrado mágico.

Lo he mencionado ya muchas veces… El libro del Gallego Oscar García habla del “Cuadrado mágico”, ese contorno ubicado más allá de las vías donde nacían -vaya a saber por qué extraño designio-, poetas, guitarreros y cantores, futbolistas y boxeadores… y artistas de todos los colores.
Nunca imaginé entonces que aquella piba que caminaba con sus libros bajo el brazo se habría de convertir, pasado el tiempo, en una maravillosa artista… y precisamente surgida también de allí, del ya célebre “cuadrado mágico” ubicado más allá de las vías (¿o nosotros, los que vivíamos por ese lado, deberíamos decir “más acá” de la playa del ferrocarril, “más acá” de aquellos galpones inmensos, y esas estibas fantasmagóricas cargadas de cereal?).

Familia de Villa del Busto.

Debo decir que conozco a su familia desde siempre… porque su papá José Oscar “El Negro” Machado era colega de mi padre. Sí, ambos eran gráficos -de esos también artistas que trabajaban en las imprentas con las letras de plomo con una maestría difícil de entender-, con aquellas técnicas y elementos arcaicos en estos tiempos de computadoras y de todo hecho cibernéticamente. Y Teresa, la mamá, la mamá de Susana, era hermana de Lito Maldonado -fallecido lamentablemente muy joven-, el querido maestro que en LA ARENA me incentivaba para que me dedicara al periodismo (el otro fue Saúl Santesteban).
Tres hermanos componían la familia que vivió todo el tiempo en esa casita de Joaquín Ferro y San Juan, en plena Villa del Busto: Carlos, Martha y Daniel. Susana a su vez tiene dos hijas, Julieta que es abogada y reside en Buenos Aires, y Candela que estudia Arte y Expresión Corporal en Córdoba.

Los estudios.

“Sí, ahí nací, ahí pasé mi infancia y parte de mi adolescencia…. Ahí estaban nuestros vecinos recordados…. y parte de esa intensa vida: los Mata, Sarale, Saez, Palmieri, García, Espíndola, Ramos, Arex… Obviamente hice la primaria en la Escuela 4: y el secundario en la Escuela Normal. Soy promoción 1972”, dice sobre aquel curso que compartía con Gustavo Fernández Mendía, Juancito Palmieri, Norita Castro, Alicia Salvetti, Estela García, Nilda Echeverri -su gran amiga de todas las horas-, Juan Tierno, Ñaña Ibáñez, Guillermo Fiorucci y Hugo Díaz… entre otros muchos.
Después siempre habría estudio, muchos estudios “extras”: en Bellas Artes, para ser Maestra en Artesanías, Maestra en Artes Visuales, y luego profesora en Artes Visuales recibida en el Instituto Universitario Nacional de Arte en Buenos Aires. Pero además posgrados: en Educación, Imágenes y Medios… estudios parciales en Estética, Curaduría y cursos de los más variados. Pero siempre el estudio, como un sino permanente de su vida.

El afecto incondicional.

La infancia de un hogar sencillo -con los momentos naturalmente complicados que a veces se daban en nuestras casas de padres laburantes-, pero en los que al cabo nunca nos faltó nada… y mucho menos afecto.
El Negro Machado era un trabajador en distintas imprentas de la ciudad -Marinelli, Porta y además en el Boletín Oficial de Casa de Gobierno (por entonces el taller gráfico estaba en dependencias de Jefatura de Policía)-, pero también se acercó al sindicalismo, lo que le trajo algunos problemas, porque la vivienda familiar se incendió una noche misteriosamente, y a veces llovían las piedras sobre el techo de la casa. Teresa fue, por su parte, una madre sobreprotectora, que no escatimaba esfuerzos para que a sus hijos no les faltara nada. Para que Susana, en cada cumpleaños, pudiera lucirse con un atuendo nuevo que Teresa confeccionaba amorosamente, comprando la tela, haciendo los cortes y cosiendo como la mejor modista de alta costura… Porque así era la vida entonces, porque así eran nuestros padres… con el trabajo siempre como norte, con el apoyo a sus hijos en todos los momentos… así hasta el final.

Por qué artista.

Su papá falleció joven (54 años), y su mamá años más tarde. Allí, en la misma casa que levantaron con sus propias manos, y donde crecieron sus hijos…
“La adolescencia fueron tiempos lindos… las épocas de Kascote, de Adlon para bailar, aunque mis padres me habían prohibido en algún momento ir. ¡Pero íbamos igual!”, admite con una sonrisa Susana.
Pocos sabrán que esta artista hoy reconocida empezó a desempeñarse -con apenas 16 años- en un trabajo que no tiene nada que ver con lo que ahora hace (¿o tal vez sí?): “Era apenas adolescente y ya trabajaba en lo de Jure, la fábrica de colchones, cosiendo cotines”, rememora.

El alma del artista.

Pero en el fondo de su esencia revoloteaba el alma abierta que inventaba sueños, la imaginación que la remontaba con las alas libres de los pájaros… Pero mientras cosía cotines para aquellos colchones, algo se agitaba en la mente de aquella muchachita que sabía que llevaba consigo una impronta adquirida, tal vez, de las tareas de sus padres. “Porque te dije, mamá hacía de todo, y cosía fantásticamente… y a mí me seducía el olor a tinta de la imprenta, el traqueteo de las máquinas impresoras… Todo eso me cautivaba, porque me parecía sumamente creativo”.

Otra historia vendría.

Después de la colchonería, apenas con 18 años, Susana trabajó en el estudio jurídico de Miguel Angel Gavazza y Juan Carlos Achiary; y poco más tarde rendiría un concurso e ingresaría a trabajar en Casa de Gobierno, en la Dirección de Asuntos Municipales. Al tiempo pasó a cumplir funciones en el Registro Civil; hasta que pudo concretar su idea de estudiar en Bellas Artes para empezar a escribir una parte nueva -y estupenda- de su vida.
“Es lo que siempre había querido… antes había empezado Historia y Geografía, pero lo que más me gustaba era otra cosa”, rememora a la distancia.

Un gran atelier.

Se casó muy jovencita, que en ese tiempo era una manera de independizarse de los padres, aunque la casita de Villa del Busto habría de ser -hasta el último día de vida de Teresa- el refugio necesario para sus penas -que algunas habría de tener-; o para compartir los mejores momentos que fueron muchos más.
Decía antes que, aún cuando la conozco desde hace mucho tiempo nuestro trato no era frecuente… y un poco me sorprende esta charla que, al cabo, nos muestra cercanos en eso de tener en nuestros padres el ejemplo, el espejo en el cual mirarnos, en el cariño por el barrio y por su gente, que permanece inalterable en la memoria.
Susana vive en su casa de calle Valerga, y apenas uno ingresa se advierte su impronta. En realidad parece tratarse de un gran atelier, un escenario multicolor, que muestra fantásticas pinturas que ella misma realizó, caballetes en el que se posarán nuevas obras por venir, vitrales hermosos… libros arriba de una mesa, frascos con pinceles… dibujos y bocetos. Y el mate, todo el tiempo el mate listo para hacer más amena la conversación.
Si aquella no es la imagen de la bohemia… le anda bien cerquita.

Mujer esperanzada.

Vive circunstancialmente sola -las hijas residen fuera de la ciudad-, y trabaja afanosamente… le gusta hacerlo cuando cae la noche, con la paz de la casa cálidamente dormida, en la calma de ese aparente aislamiento que no le pesa, porque en realidad nunca está sola. “Todo el tiempo está viniendo gente… nos reunimos y charlamos por horas con amigos”, revela.
“¡Qué pregunta difícil me hacés!”, reprocha… “Es difícil hablar de una, pero diría que soy una mujer con esperanzas… por ahí me deprime ver la realidad económica de nuestro país, que no alcanzo a entender, pero enseguida me levanto. Lo hablaba en estos días con la tía Aurora -fue la esposa de Lito Maldonado-, y le decía que a nosotros nunca nos faltó el trabajo. Y coincidía con lo que decía mi mamá, que era una genia, que nos explicaba que si no nos iba bien con algo teníamos que hacer otra cosa… supongo que eso es la cultura del trabajo. ¿O no?”, me mira esperando, creo, que coincida en lo que dice.

Una luchadora.

“Ya que me preguntás te contesto lo que expresa tía Aurora de mí: que soy una luchadora que no desfallece nunca, que ha salido y saldrá siempre de todos los momentos difíciles… como un ave Fénix… y que me quiere mucho, mucho… Eso me dice”, reafirma y un brillo le cruza la mirada.
“Ella y tío Lito fueron como mis padres cuando fallecieron los míos”, resume esa relación tan estrecha…
En esta etapa, jubilada de la docencia, tiene todo el tiempo para dedicarlo a lo que más le gusta, a esa faceta creativa que la transformó en alguien trascendente de nuestra cultura, aunque ella se niegue a pensarlo en esos términos.
“En realidad uno no se propone algo así… pero lo cierto es que la vida me fue llevando… y eso sí, soy una laburante terrible, muy sensible, como no podría ser de otra manera si te dedicás al arte”, reflexiona.
Y pienso, y se lo digo, que hay quienes creen que un artista es un bohemio al que le alcanza con soltar el genio un instante, en un momento cualquiera, ponerlo a disposición de su talento y ya está… Cuando en realidad para destacarse en los caminos creativos hacen falta enorme cantidad de horas de estudio y de trabajo… que no es sólo cuestión de inspiración, sino también de muchísimo esfuerzo y dedicación.

La vida nos lleva.

Y sigue la artista: “Me cuesta hablar de mí, pero te cuento que trabajé mucho, pero mucho, en la docencia… durante 12 años en triple turno, y como sería que mucha gente que no me veía por ningún lado pensaba que me había ido a vivir fuera de Santa Rosa”, se ríe.
Es cierto Susana… la vida nos va llevando. Aquella muchachita que cada día cruzaba las vías -de ida y vuelta- para ir a estudiar, o a trabajar, seguro no fantaseaba con ser la artista que hoy resultás ser… ésta que siempre se inventa sueños, que no obstante el tiempo transcurrido todavía conserva la capacidad de un asombro, y la pasión por descubrir nuevos misterios…
Creo que una persona es producto de lo que vivió antes… y hoy Susana es esta mujer que carga ese bagaje de reminiscencias, que está convencida del camino que eligió, y es orgullosamente artista. Sí, militante de la vida… con todo lo que eso significa.
¡Qué gusto saber de vos… Susana Machado! Adelante muchacha, que ahí afuera va la vida… para colorearla en una tela, para expresarla en un vitral, o para describirla en un poema… Adelante… siempre adelante.

“DESDE EL ORIGEN”
Un “espacio taller”
Susana soñó siempre con tener su propia imprenta, atraída por el oficio de su padre que, también, era un arte.
Por eso en su atelier tuvo una “minerva” (una máquina impresora de pequeños trabajos); y conserva otros elementos que van desde una guillotina, pasando por una prensa que le servirá para su tarea de encuadernación, una labor que pocos hacen en la ciudad.
“Desde el origen” es el “espacio taller” donde lleva adelante todo el trabajo de su editorial artesanal, donde se construyen libros de artista y encuadernaciones personalizadas como mercadeo, incluyendo cuadernos, agendas, libretas, etcétera. Trabajos que se realizan a partir de la imagen y/o texto que dio origen al libro de artista.
Por su taller pasaron para ofrecer sus saberes -clases intensivas de técnicas varias- Marta Arangoa, María Steibel, Susana Mántica, Agustina Ricci, José Freire, Lorena Pradal, Alex Paella y Marina Pellechiarino.

“Eso que somos”.

Cuenta Susana que en su momento convocó a un grupo de artistas locales “y conformamos lo que se llamó el grupo ‘Eso que somos’. Once mujeres que realizamos tres muestras, en el Museo de Arte, en Medasur y en la Feria Internacional del Libro de Artista. Del grupo que luego se disolvería -“como todo lo grupal intenso, sobre todo en el arte, se hace difícil sostenerlos”- participaron Agustina Ricci, Carolina Monlezum, Ana Belmonte, Betina de la Cruz, Lilian Molinelli, Liliana Martín, Paola Barattini, Rosana Fossaceca, Noemí Fiscella, Gabriela Ocanto y la propia Susana Machado.

Libro de artista.

“Desde el origen” está dedicado a la creación de libros de artista y a su edición. “Hoy somos cinco mujeres que sin perder el eje en la identidad constructiva-plástica de cada una nos dedicamos al taller editorial: Valeria Ruggieri, Laura Arpigiani, Paola Sak, Agustina Ricci y yo”, explica.
Cabe decir que el libro de artista es realizado por un artista plástico. También puede ser abordado en conjunto por el encuadernador y las personas encargadas de la impresión, “que es lo que se realiza en el taller a partir de la inquietud expresiva o idea central de quien está interesado en este tipo de obras”.
Se trata de una forma de expresión en simbiosis de múltiples posibles técnicas (pintura, grabado, bordado, fotografía, tipografías, calado y plegado de papel, collage, etcétera). “El libro de artista se puede definir como un soporte más, “como un lienzo para el pintor o como la arcilla, la piedra, la madera para el escultor”, concluye.

NO A LOS
CONCURSOS
Susana Machado se vinculó primero a la cerámica, luego estudió bellas artes, y ya entonces se veían sus aptitudes para el dibujo y la pintura. En un viaje a Europa, para un Congreso de Patrimonio Histórico, descubrió la vinculación de la cerámica y el vidrio, emparentados por el fuego. Una gran cantidad de sus vitrales fue adquirida por privados, pero también se pueden ver en algunos lugares públicos, como por ejemplo en un gimnasio de la ciudad, o en la Iglesia de Fátima.
No obstante su gran cantidad de obras, Susana nunca quiso participar de concurso alguno; aunque sí estuvo en numerosas muestras colectivas e individuales.