“Te volvería a elegir como mi papá”

LUIS HORACIO MANSILLA, TUVO DIEZ HIJOS, FUE POLICÍA, ES ALBAÑIL Y HACE ACTIVIDADES SOLIDARIAS

Es el día del padre y en cada mesa familiar, seguramente, hoy se levantará una copa para celebrarlo. Los que lo tienen disfrutarán su presencia, y los que no lo recordarán de una manera muy especial.
MARIO VEGA
“Si volviera a nacer, te elegiría de nuevo… para que seas mi padre”. Cuántos/as lo habrán dicho alguna vez. Y nosotros mismos lo pensamos cuando mentamos a nuestros mayores.
El padre es -sobre todo en las familias de corte tradicional- la guía, el conductor, la referencia, aunque obviamente mamá no le vaya en saga a la hora de opinar, de decidir y de cuidar a los hijos.
Remontándome a mi propia experiencia debo decir que mi padre es -lo sigue siendo aún cuando no esté físicamente- el faro, la referencia de cómo y hacia donde uno debiera conducirse, aunque a veces podamos haber errado el camino.
Me permito un par de líneas de digresión para ser autoreferencial, y evocar a mi propio padre, también Mario, muchas veces tan serio, tan reservado, tan reconcentrado en su trabajo -laburo duro de imprentero, todo el tiempo de parado, de 14 ó más horas diarias-, pero que aún así, en su reserva, en su rostro circunspecto no podía evitar que se le notara esa devoción, ese cariño por sus hijos que se adivinaba fácilmente en su mirada…

Un nudo en la garganta.

Muchas veces lo vi preocupado, tal vez angustiado vaya a saber por qué circunstancias… y en el candor de mi niñez no podía darme cuenta que había en todas sus acciones una enorme cuota de afecto, de ternura, de una entrega tan enorme por nosotros -mi hermana y yo- que expresaba su amor sin necesidad de musitar un “te quiero”… Parecía duro, pero era mucho más sensible que lo que dejaba percibir su gesto tantas veces adusto. Y cada día no puedo dejar de recordarlo, y tampoco impedir que -como ahora- se me haga un nudo en la garganta.
Han pasado 40 años del mundial ’78, y en esos atardeceres-noches de aquel invierno, cuando jugaba el seleccionado argentino, papá se iba a su habitación y se acostaba… se emocionaba con la agitación de la gente y prefería que no lo viéramos tal vez con los ojos llorosos. Recuerdo que ni siquiera vio aquella final consagratoria. Así era de sensible cuando se vino un poco más grande.
Claro que sí. Yo tampoco hubiera elegido a otro que a mi viejo para que sea mi padre.

Un padre joven, diez hijos.

Hemos leído muchas cosas por allí, referidas al padre. Alguien, por ejemplo, trazó una semblanza describiendo qué tan frágil es un padre cuando se pone viejo… la mirada fija, la ternura, la sonrisa fácil, las historias tantas veces contadas, las remembranzas de anécdotas sin tiempo…
Pero cabe admitir que resultaría una semblanza parcial, porque muchos otros padres no son precisamente muy mayores… aunque tengan hijos que por su edad podrían conducir a que eso se piense.
Y ese es el caso de Luis Horacio Mansilla (43), que tiene nada menos que nueve hijos, el mayor de ellos de 24 años -que ya lo hizo tres veces abuelo-, que disfruta vivencias de padre que, precisamente en este día, merecerían ser contadas.
Repito siempre que detrás de cada hombre o mujer -detrás de cada persona- siempre hay una historia posible de ser narrada. Esto es, que cada uno tiene una vida que tal vez merezca ser conocida.

El hombre solidario.

Horacio, que así lo llaman postergando el Luis inicial de su nombre, es un hombre joven que con una familia muy numerosa se las arregla para contener a todos sus retoños, pero que además se da tiempo para trabajar, y dedicarle mucho tiempo a tareas solidarias… ayudando a otras familias y a otras personas que necesitan una mano… Porque de verdad, increíblemente hay gente así, aún en estos tiempos de tanta hostilidad, de tantos egoísmos, de tantos “primero yo”…
Sí, en esta sociedad en la que algunos pretenden que todo vale, que no importa más que lo de uno, hay gente que es distinta… y que por otra parte no procura ser ejemplo de nada. Aunque no estaría mal mirar ese tipo de personas aunque sea de reojo, porque se podría así estar aprendiendo una lección.

Familia muy numerosa.

Horacio, nacido en Santa Rosa, es hijo de Alberto (fallecido) y de Rosa Chandía, y tiene otros siete hermanos: Silvia, Hugo, Carlos, Miguel, Rubén, Claudia y Roxana. Él es el penúltimo de la lista.
Está casado con Nancy, con quien tuvieron nada menos que 10 hijos: Luis Horacio (24), Rocío Belén (21), Daniela Marisol (20), Luciana Abigail (17), Sebastián Maximiliano (16), Martina Celeste (12), Nancy Macarena (10), Elías Esteban José (7) y Ruth Gisella (4). Lucas falleció cuando tenía solo 3 meses, después que fuera atendido en Buenos Aires.
Mansilla es policía retirado hace poco tiempo, y en tanto se terminan de definir los papeles no está cobrando su sueldo, con lo que todo se le complica un poco más.
En la chacra de 38 hectáreas que ocupan en el Noroeste de la ciudad -desde allí se ven los barrios más cercanos de Santa Rosa-, Horacio y su familia numerosa viven todos juntos, salvo el mayor que está en pareja y que, como quedó dicho, le dio tres nietos, Abril (3), Flor (2) y Ema (1 mes).

Viviendo en una chacra.

Cuando llegué al lugar me encontré a la entrada con la tranquera, ubicada a algunos centenares de metros de la casa, caballos pastando por allí, unos pocos perros que ni ladraron -aunque tuve temor por un pitbull que aparecía atado con una correa-, y el frío enseñoreándose por el descampado mientras el sol caía entre unos nubarrones allá a lo lejos.
En un lugar del patio estaba Horacio con un grupo de personas, y en la casa el resto de la familia. Me llamó la atención que, padre de diez hijos, fuera tan joven. “Sí, tuve el primero cuando yo tenía nada más que 19”, cuenta brevemente mientras invita a pasar. Adentro un grupo grande, su esposa Nancy, y algunos de los chicos, porque otros irían llegando de la escuela en algunos minutos.
¿Así que eras policía?, pregunto como para iniciar la conversación. “Sí, ahora estoy retirado, pero estuve 23 años. Fui agente nomás, y estuve aquí y en algunos pueblos como Larroudé, Parera, Caleufú, y al final en la Alcaidía de Santa Rosa”, enumera.
La estufa hogar ubicada en el comedor me da la impresión que calienta si uno está más o menos cerca, mientras el frondoso tronco -se me ocurre medio árbol, de vaya a saber qué especie- arde en la punta que da al fuego… mientras se consume, alguno de la familia irá introduciendo poco a poco el resto.

Horacio, el albañil.

Poco a poco Horacio entra en confianza y va contando. “Mi padre era albañil, y aprendí el oficio, así que con Nancy nos dedicamos a eso… ahora mismo estamos terminando una casita en el Barrio Matadero”, dice, mientras su esposa sonríe indulgente y agrega: “Yo soy la peona, la que preparo la mezcla, lleno los baldes…”.
Pero Horacio sabe hacer un poco de todo, “menos electricidad… pero me las rebusco en distintas cosas. Sé trabajar en durlock, en termofusión, y en todo lo que hace a la construcción”, completa. “En un tiempo nos dedicábamos a pintar departamentos para una inmobiliaria: entrábamos a trabajar los viernes y el lunes los entregábamos… Es cierto, trabajamos mucho, pero lo hacemos con ganas porque tenemos una familia hermosa que mantener”, coinciden.

Todos en dos motitos.

Viviendo a buena distancia de los barrios más cercanos de la ciudad, uno se pregunta cómo se movilizan, para ir a trabajar, llevar los chicos a la escuela, o para hacer el más mínimo trámite que se necesite: “Tenemos dos motitos, y con ellas vamos y venimos…”, señala. Se ríe con ganas el hombre al contar que hace un tiempo “teníamos un ciclomotor que estaba tan fundido que tomábamos velocidad en una esquina y nos lamentábamos que nos parara un semáforo en la otra… o se nos quedaba en el barro, porque no tenía fuerzas. Pero nos arreglamos…”, explica.

Cómo es criar tantos hijos.

“Es un ‘Negro’ laburante, fuerte, recto, amoroso… y nosotros hemos sido muy
compañeros”, es Nancy la que cuenta. “Hemos vivido momentos extremos, como cuando se enfermó Lucas, que a los tres meses falleció en Buenos Aires… ahí la pasamos muy mal, porque cuando volvimos no teníamos nada, y hasta tuvimos que vivir en una carpa en la vereda, en la calle Constituyentes… es cierto que algunos amigos nos daban una mano, pero no era fácil”, se retrotrae la mujer.
Pero ambos, Horacio y Nancy, se regocijan al decir que “por suerte los hijos son buenos, y trabajadores. Cuando vivíamos en el Barrio Escondido, se las arreglaban cómo podían para que al mediodía estuviera la comida en la mesa: salían a vender perfumes en aerosol por el barrio y hacían que nunca faltara”, medio se emocionan al recordar.

Cómo es Horacio, el papá.

Horacio es un hombre joven, que no le tiene miedo al trabajo, y que afronta la vida con una cuota de esperanza que le permite sobrellevar los momentos más complicados, que en una familia tan grande no deben ser pocos. “Me gusta mucho la unidad que tienen entre los hermanos, lo solidarios que son, y les pido sobre todo que sean respetuosos con la gente”, apunta.
“Quiero para mis hijos lo que todo el mundo… lo mejor. Que sean buenas personas y mejores que nosotros”. Y coinciden con su esposa en que les inculcan lo que dice la Biblia, que “hay que ser sabios en la situación”. Tienen la esperanza que puedan llegar a la Universidad, porque saben que por el lado del estudio está la posibilidad de superarse: “Los tres primeros, los mayores no pudieron… pero los más chicos es nuestra idea que puedan hacerlo”, se ilusionan.

Una relación hermosa.

Le pregunto a él como se ve como papá, y Horacio no puede evitar que se le escape una lágrima, aunque trata de disimularlo: “Siempre hice lo posible para que no tuvieran carencias, para que no pasaran frío… para que tuvieran lo que necesitaban… aunque es verdad que a veces se hace difícil poder llegar con la ropa, o las zapatillas…”, y no puede evitar emocionarse, y da vuelta la cara para que no lo vean…
“Siempre decimos que si tenemos que compartir un plato de fideos o arroz blanco, que sea comerlo en paz”, coinciden los papás.
“Lo que sí no me gusta es que me mientan… si me dicen que están en tal o cual lugar que sea así”, dice Horacio. Y confirma Nancy: “”Si le mienten él como buen policía que es, se da cuenta, y eso lo enoja”, completa.
¿La relación con los hijos? “Es hermosa, siempre los chicos están tratando de ayudar al padre en lo que sea… con la que tiene por allí más roces es con Daniela (20) porque tienen un carácter parecido…”, expresa Nancy, mientras mira a la jovencita que asiente: “Ella es a la que más le gusta producirse (luce arreglada y los labios pintados)… es nuestra ‘Barbi’, sí”, completa la mamá.

Un día especial.

“¿El día del padre? “Arranca temprano, y Horacio lo disfruta mucho desde que se levanta. Empieza con el desayuno, después asado, la visita de algunos amigos, y recibe muchos regalos. Vamos a la Iglesia, y allí se festeja, y cada padre se lleva un regalo, y a él le tocan nueve”, se ríen con ganas los papás y los chicos.
Más allá de tanto trabajo, de tanto esfuerzo, seguramente hoy el hombre admitirá que vale la pena… Porque puede estar seguro que cada uno de sus chicos lo volvería a elegir como papá… ¡Qué mejor regalo que ese, Horacio!, ¡qué mejor! Feliz día amigo…

El por qué de la fecha
En nuestro país el primer festejo se realizó un 24 de agosto de 1958, porque ese día de 1816 había nacido Merceditas, la hija del Padre de la Patria, don José de San Martín.
Más tarde, promediando los años ’60, se propuso el Día del Padre para el tercer domingo de junio. Cuentan que se copió la fecha de Estados Unidos, donde en 1909 Sonora Smart Dodd homenajeó a su padre, veterano de la guerra civil.
Así en el país del norte el primer Día del Padre se realizó en Washington el 19 de junio de 1910 y en 1966 el presidente Lyndon B. Johnson declaró que el tercer domingo de junio se celebre el Día del Padre. A esta fecha adhirió Argentina, entre otros 50 países que decidieron lo mismo.

EL COSTADO SOCIAL
“Gran sentido humanitario”
“El tío Mansilla”, como lo conocían en la Alcaidía de Santa Rosa sus compañeros policías y los detenidos, siempre mostró un costado social que lo llevaba a ayudar a quienes lo necesitaban en la medida que podía hacerlo.
Fabiana Ballejos, trabajadora social del Ministerio a cargo de Fernanda Alonso, y ex concejal de Santa Rosa, contó que en el Patronato de Liberados pudo conocer “la realidad durísima del detenido, y también la voluntad de algunos policías, como el caso de Horacio Mansilla, con un gran sentido de lo humanitario y lo social”, cuenta.
Al principio se propusieron poner en marcha un proyecto para los que salían con libertad condicional o laboral, “para que pudieran encontrar un espacio de contención e inserción social y laboral”.
Después cambiaron un poco el enfoque y desde hace nueve meses junto con Horacio, su familia, y un grupo de vecinos, trabajan con jóvenes en la prevención de adicciones, “tratando de conseguir inserción laboral y detectando situaciones de vulnerabilidad”. Otro objetivo es “lograr soberanía alimentaria a través de capacitaciones concretas, aprendiendo a sembrar, arreglar máquinas, a arar y la cría de aves de granja”, explica Fabiana.
Esas actividades, a través de la formación de la Asociación “El progreso”, se están llevando a cabo en la chacra que hoy ocupa -en alquiler- Horacio y su familia, contando con el acompañamiento de varios grupos familiares”. Una tarea solidaria que, naturalmente, no es fácil.

Discriminación.

En el diálogo con Horacio y su esposa Nancy, les pregunto qué les ha molestado con relación a su familia. Y afirman convencidos: “la discriminación por ser muchos”.
¿Cómo es eso? Sí, que nos inviten a alguna cena, o a un casamiento, y nos digan: vengan ustedes dos. Y los chicos quedan fuera de la invitación. Eso nos duele”, explican.

Largos festejos.

En un momento Nancy señala que Horacio cumple años el 18 de febrero, y que los festejos duran tres días: “Sí, nos juntamos el primer día con toda la familia; después con toda la gente de la Iglesia Evangélica a la que vamos siempre, y finalmente con los amigos de la policía. Sabemos ser 50 ó 60… Cada uno a su manera aporta algo y la pasamos re bien”, cierra el hombre.