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En el nombre del padre

Por fin la pelota vuelve a rodar. En cancha de Guardia del Monte, las 170 personas que permite el protocolo se disponen a disfrutar de 90 minutos de fútbol luego de un año de abstinencia. Como si al partido lo jugaran todos, incluidos los de afuera, al escuchar el silbato inicial algunos se apoyan con más fuerza en los ‘capots’ de sus autos o en las cajas de las camionetas que ofician de asientos, otros se afirman en los tablones de la tribuna principal y la mayoría se aferra con fuerza al alambrado perimetral.
Pero el adentro no da lugar a tensiones ni a reacomodos. La pelota sale desde el círculo central jugada hacia atrás, Enzo Diez la recibe en el lateral izquierdo del local y saca un pelotazo largo, a las espaldas de la defensa rival, para buscar el primer pique de la tarde. Tomás Altamiranda madruga a todos con su corrida al espacio y llega al balón un instante antes que el desesperado arquero Matías Ibañes, que se lo lleva puesto.
Apenas transcurrieron 20 segundos de juego y el Torneo Oficial de la Liga Cultural tiene su primer penal. El propio Altamiranda toma la pelota, la acomoda en el punto blanco del medio del área y da unos pasos hacia atrás a modo de carrera. Mientras se apagan las últimas protestas, el «11» de Guardia toma aire, suspira y entrecierra los ojos. Sabe que su hincha número uno no está en el estadio, pero que de alguna manera está presente. Y se concentra para regalarle el primer grito del campeonato.
El árbitro Miguel Miranda da la orden, el Negro Altamiranda corre hacia el punto del penal y saca un remate fuerte y arriba para que la pelota entre pegada al travesaño. Los 120 hinchas locales estallan y los 50 visitantes se lamentan. El goleador se desahoga, da unos pasos, apoya sus rodillas en el renovado verde del campo de juego y señala al cielo con sus dedos índices. «Para vos, papá», alcanza a murmurar antes del abrazo general de sus compañeros.

Dedicatoria.
Daniel Altamiranda era un protagonista más del fútbol culturalista. Se lo veía recurrentemente junto a su hijo en sus tiempos de Belgrano, en Guardia o en cuanta cancha pisara Tomás; acompañándolo, alentándolo, defendiéndolo ante las críticas y recibiendo los elogios cuando las habilidosas y veloces piernas flacas del nene hacían la diferencia.
En mayo del año pasado, en plena pandemia, Daniel falleció y Tomy se quedó sin su hincha número uno. La familia, los amigos y el club fueron los sostenes para no bajar los brazos, aunque la espera por volver a las canchas se hizo eterna. Hasta este domingo, en el que Tomás Altamiranda fue la figura en el triunfo de Guardia del Monte sobre Atlético Santa Rosa, y le regaló a su padre dos goles que quedarán en el recuerdo: el más rápido del campeonato, con ese penal al minuto, y el que le dio el triunfo (2-1) al Cacique de Toay a los 38 del complemento, con una corrida y una precisa definición cuando su equipo jugaba con uno menos.
«Este triunfo se lo dedico a mi viejo, que hoy no me puede estar acompañando pero al que tengo siempre presente», dice Tomás al finalizar el encuentro, sin poder contener las lágrimas.
«Los dos goles son para él, que siempre me acompañaba y estaba acá conmigo, pero ahora por esas cosas de la vida ya no está», agrega emocionado. «Esperé mucho este momento para poder regalarle y dedicarle un gol», cierra. Y por fin se desahoga.