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Un emprendedor sustentable

«Si le digo a mi papá que le hago una compostera, me saca corriendo», se ríe Rafael al imaginar un posible diálogo en medio del campo en Conhelo, ahí donde el horizonte nunca termina, la tierra hace su propio proceso y las huertas surgen naturalmente generando variantes para la mesa diaria. «Es algo muy de ciudad, y uno tiene que adaptarse al lugar donde está y vive», concede quien justamente encontró en sus orígenes una forma de reinventarse y salir adelante.
«Nací y me crié en el campo, en Conhelo, donde hay unos 600 habitantes así que no había mucho para hacer. En el campo no se usan composteras, lo que queda en el terreno se reutiliza, así que por eso no es muy novedoso desde ese punto de vista. Pero sí es cierto que hay una tendencia hoy muy marcada en este sentido, mucha gente empezó a tener huerta en su casa, a darle importancia a esta cuestión de hacer un proyecto sustentable».
Rafael Estrada tiene 30 años y cuando dejó su vida rural los planes eran muy diferentes. Se instaló en Santa Rosa después de terminar el secundario y estudió lo que le gustaba: Turismo. Hizo la carrera y comenzó a trabajar en una de las empresas más conocidas del rubro. Nunca imaginó que podía volver a sus fuentes, a lo que ya conocía desde chico.
«En los pueblos chicos la huerta es algo común, en los momentos económicos más duros era el sustento: tener las verduras, las hortalizas, en los patios. Suele haber mucho terreno, entonces se hace esto naturalmente», recordó Rafael que parecía tener muy claro que su destino laboral era muy diferente. Al menos hasta al 20 de marzo de 2020.
«Con la pandemia, en el turismo se nos vino el mundo abajo. De tener casi 20 horas diarias de trabajo, con dos teléfonos que estallaban todo el tiempo por el tema de organización y logística de los viajes, pasé a estar en mi casa con todo el tiempo del mundo. En realidad al principio pensamos que eran dos semanas, entonces uno ahí aprovechó para ordenar todo lo que estaba atrasado, ponerse al día, y volver a arrancar con todo. Pero la perspectiva comenzó a ser muy diferente, pasaba el tiempo y todo se veía cada vez más oscuro así que hubo que pensar de otra manera. De todas formas nunca imaginamos estar viviendo esta realidad de hoy», analizó ‘Rafa’.
Lo cierto es que el futuro inmediato no daba ninguna señal de mejora. Pasaban los días y Rafael se preguntaba qué hacer. Pensó en un par de posibilidades pero la sugerencia de un amigo lo motivó más que cualquier otra cosa.
«Me dijo que hiciera composteras, que yo lo tenía claro desde chico y podía venderlas. En principio no me pareció buena idea porque en Buenos Aires o en grandes ciudades es algo que está muy avanzado, pero creía que acá no iba a funcionar. Igual hice dos o tres, casi sin herramientas y en un mes ya bastante gente me había conocido, porque al estar encerrados en sus casas comenzaron a armar su huertita, a reciclar, a tomar conciencia sobre el cuidado del ambiente y otras cuestiones diarias que hacen a nuestra vida. En dos meses pasamos a vender 15 por semana y después ya no pudimos seguir a ese ritmo y hubo que darle otra forma al proyecto», se entusiasma Rafael en su casa del barrio El Faro (su WhatsApp es 2954 336442).

Volver a lo natural.
Además de construir las composteras y las huertas con distintos tipos de madera, ¿cómo funciona el trabajo de Rafael?
«El compost es un subproducto que se obtiene de manera natural a partir de la degradación de los residuos orgánicos. Puede ser producido a partir de desechos animales o vegetales para evitar malos olores e insectos. Los residuos diarios que se generan en las viviendas contienen un 50 por ciento de materia orgánica que puede ser reciclada y retornada a la tierra en forma de humus para las plantas y los cultivos», resume el padre de Giuliana (4) y de Gino (9) que desde que puso en marcha su emprendimiento tiene el acompañamiento de «mi pareja Sabrina, y también de Yanina que es mi cuñada y nos da una mano en todo».
Además de la fabricación y la instalación, en «Composteras La Pampa» se realiza todo un trabajo de asesoramiento, se entrega un manual bien detallado de cómo funcionan esas cajas donde todo se recicla y vuelve a la naturaleza. «Vale aclarar que la compostera funciona casi sola, hay que ubicarla preferentemente en un lugar al aire libre y que esté protegida del sol pleno, puede ser un balcón, terraza, patio, garaje. Hay que tener en cuenta que el proceso de compostaje demora entre dos y cinco meses para obtener un compost maduro y listo para utilizar».

Boom y proyectos.
El inicio de la primavera pasada fue cuando se abrió un frente de posibilidades muy positivas para un emprendimiento con tan poco tiempo de vida. «En agosto comenzamos con la instalación de las huertas y enseguida fue un furor. Desde septiembre y hasta enero no paramos: tomate, berenjena, lechuga; todo lo que es de estación. El sábado anterior al día de la Madre estuvimos instalando huertas hasta las 10 de la noche».
Rafael cuenta todos los planes de expansión. Los nuevos proyectos, las nuevas posibilidades. Sin las chances ciertas de volver a enfocarse en el turismo, encontró una luz inesperada pero que le alumbró un camino que aparecía en penumbras.
«Así de rápido fue el desarrollo de esta aventura. No la esperaba, por suerte resultó muy positiva y la gente respondió muy bien. La idea es hacer talleres, cursos de huerta y compostaje y trabajar en la concientización en escuelas e instituciones. La idea también es abrir un local y tener una huerta escuela para que la gente pueda venir, comprar y aprender todo el proceso», resalta Rafael que ha instalado sus composteras y huertas en diferentes localidades de la provincia y en otros lugares como Pellegrini y Trenque Lauquen.
«La idea, más allá de lo económico, es aportar un hábito responsable con los residuos que producimos. Hacer un proyecto colectivo que sea sustentable y amigable con el ambiente», detalla el responsable de un emprendimiento que en su carta de presentación tiene una frase sobre el tratamiento de los residuos urbanos que no escapa a nadie, porque «involucrarse hace la diferencia».