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Un festejo multitudinario

«Ni hablar que los reencuentros son más importantes que las fiestas de Año Nuevo y Navidad». Esa afirmación se replicó en cada uno de los miembros de la familia Ferreira-Amaya, quienes desde hace 36 años hacen hasta lo imposible para reunirse y seguir manteniendo vivo el valor de la unión. Esta vez la cita fue en Santa Rosa y convocó a más de 100 personas.
Durante dos días los descendientes Ramón Ferreira y Juana Amaya, un matrimonio que echó raíces en La Pampa, aunque por motivos de la vida fueron recalando en varios puntos del país, llevaron adelante en el salón de la Asociación de Empleados Legislativos (APEL) un encuentro digno de envidiar: 120 familiares se convocaron para disfrutar de una «noche de gala» y un asado con el único objetivo de honrar la memoria Ramón y Juana, y todas las enseñanzas que dejó en su nutrida familia. También para afianzar los vínculos de sus ya cinco generaciones.
Una idea que nació espontáneamente, en la localidad de Rancul, y que con el tiempo fue tomando fuerza, forma y se expandió. Es así que fueron haciendo los encuentros en varios puntos de la provincia y el país: General Pico, 25 de Mayo, General Alvear, Bowen (ambas en Mendoza), San Luis y hasta en Comodoro Rivadavia (Chubut).
«Lo que se vive acá es hermoso, es todo lo que nos inculcaron mi papá y mi mamá, el amor y el respeto. Y sobre todas las cosas, que seamos unidos. Eso quedó y por eso ya desde hace 36 años que lo venimos haciendo y el deseo de nosotros es que los más chicos lo sigan», explicó a LA ARENA Miguelina Ferreira, o mejor conocida entre ellos como «Titina».

Primera generación.
«Inés, Segundo, Alberto, Néstor y yo, somos cinco de los doce hijos que quedamos de Ramón y Juana nos consideramos primera generación, de ahí la familia ha crecido en nietos, bisnietos, tataranietos y hasta choznos», detalló Titina sobre el linaje familiar, que según estimaciones de la familia superarían fácilmente los 200 miembros.
«Mi papá vivió 103 años, murió en el 1983 y pudo participar en la primera reunión que hicimos. El fue un hombre bien de campo como mi mamá, con quien se casó luego de que se conocieran en Rancul cuando él vino de Chamaicó para trabajar en un campo», recuerda la mujer sobre los inicios de la familia.
«El era bien criollo y ella hija de inmigrantes italianos que huyeron de la guerra, recayeron en La Pampa y bueno, cuando conoció a mi papá se casaron el 27 de agosto del ’27 y tuvieron 12 hijos, yo soy la octava de doce», amplía Titina con una memoria intacta, a lo que precisó: «El más grande nació en 1925 y la más chica en 1952, hay 27 años de diferencia entre el primero y el último».
Con el pasar de los tiempos, y muy común en esa época marcada por la ruralidad, la familia Ferreira-Amaya iba rotando de localidad a localidad según los trabajos que surgieran. Mientras pasaban los años, cada hijo iba formando una nueva rama de este árbol. «Sí, somos muchos», reconoció.
«Fuimos siempre muy unidos, eso nos enseñó mi papá, la unión. El respeto, el estar juntos. Mi mamá, por otro lado, nos inculcó muchísimo amor. Todo eso lo replicamos nosotros», relató Titina, dando una idea de cómo esta familia desde hace 36 años que se «reencuentra» en grandes eventos, que sin pelos en la lengua aseguró que «son más importantes que Año Nuevo y Navidad. Somos humildes y hay familias que hacen polladas, venden rifas, de todo para poder asistir».

Pasado y futuro.
«Fue algo espontáneo, estábamos con unos de mis hermanos en Rancul, y dijimos por qué no nos juntamos a comer algo. Fuimos invitando a varios y de un momento para otro éramos muchísimos. Fue algo tan lindo que lo seguimos haciendo», admitió la mujer cuando fue consultada sobre cómo surgió la idea de la gran juntada.
Ahora, la mirada está en las generaciones más jóvenes, que una vez que la primera generación ya no esté se sigan haciendo estos eventos. «Ese es nuestro deseo, de los cinco hermanos que quedamos, y se los decimos a los más chicos, que continúen con esto que nos enseñó nuestros padres», enfatizó Titina, mientras observaba el salón repleto. Y concluyó: «Queremos eso porque si bien nosotros no vamos a estar físicamente, sí vamos a estar de otra manera, siempre».

Le dicen: «No a Portezuelo».
Con una familia nutrida que logró echar raíces en varios puntos no solo de La Pampa sino también en el interior de la Argentina, es muy claro que algunos grandes debates pueden surgir. El de Portezuelo del Viento es uno de esos ya que hay descendientes Ferreira-Amaya nacidos en tierras mendocinas y pampeanas. Aunque los roces están, Abel Vicciatti aseguró que «estamos muy comprometidos con la causa hídrica de la provincia» y por eso «esta es una familia que le dice no a Portezuelo de Viento».