viernes, 25 septiembre 2020
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Un taller desbordado de electrodomésticos

Son cientos de ventiladores -sobre todo-, que se amontonan por el local y van desde el piso hasta casi llegar al cielorraso, incluso impidiendo el paso de quien pretenda ingresar hasta el fondo del salón. ¿500, 1.000, cuántos son?
Llama la atención que desde la entrada misma -apiñados incluso contra las vidrieras que dan a la calle-, se acumulen ventiladores, turbos, alguna antigua heladera, hornos microondas, lavarropas, y otros electrodomésticos. Han llegado allí para ser reparados por el propietario del comercio, Héctor Martín (63), un santarroseño que desde hace más de 40 años se dedica a realizar el service de los más diversos artículos del hogar.

Hace más de 40 años.
Un poco sorprendido al principio por el interés del cronista, Héctor acepta contar sobre su trabajo, que empezó a desarrollar primero en Buenos Aires «en una fábrica de heladeras», hasta que realizó un curso para ser técnico en reparación de electrodomésticos, actividad que desarrolla desde hace más de cuatro décadas.
No sabe -imposible calcular- cuántos aparatos pasaron por sus manos para ser puestos en marcha nuevamente, lo que le permitió vivir perfectamente de su oficio.

Aparatos sin retirar.
Tampoco resulta fácil conjeturar cuántos de esos artefactos que arregló quedaron para siempre en su salón… «Aquí hay algunos que deben tener 15 ó 16 años y siguen esperando… de gente que no vino nunca más a buscarlos. Pero ahí están, que se queden tranquilos», sonríe casi resignado.
Por supuesto el caso de «Hecmar», tal la denominación del comercio que reúne en una palabra el nombre y apellido de su titular, no es el único. Seguramente en otros locales donde se reacondicionan electrodomésticos pasará más o menos lo mismo… y de igual manera se puede hablar -por ejemplo- de lo que les sucede a quienes se dedican al arreglo de computadoras, que ven como las PC se van amontonando en los estantes sin que quienes las llevaron se acerquen a retirarlas.
Y ocurre también en otros rubros, como les sucede a aquellos viejos «zapateros remendones» -esos que arreglaban los calzados dejándolos en condiciones para seguir andando-, que tienen los estantes atiborrados por cientos de zapatos y botas que nadie pasó jamás a retirar. Y que, con seguridad, nunca lo harán.

Los hijos pudieron estudiar.
Mientras atiende a clientes que siguen llegando con el «problema» en sus manos -esto es el aparato que no les funciona-, Héctor cuenta su historia. «La verdad es que estoy agradecido a este trabajo que hago… Llevo 43 años arreglando electrodomésticos, y por suerte pude hacer estudiar a mis cuatro hijos», dice con disimulado orgullo.
Casado con María Elena, tienen cuatro hijos: Matías es arquitecto, Lorena maestra jardinera, Anabela cheff y Julián está con el profesorado de Historia. «Se puede decir que están encaminados», agrega con satisfacción… y vaya si tiene motivos para estar conforme. «Además tengo cinco nietos -completa-: Pedro (5), Faustina (4), Delfina (3), Emilia (4) y Mateo (10 meses)».

Un poco de «color».
A veces, mirando con ganas de ver aparecen lo que son suerte de personajes, gente que tiene alguna particularidad para destacar, o para mencionar, y que pueden derivar lo que en periodismo se denomina una nota «de color». Y este parece ser un caso.
Café de por medio, uno de los parroquianos del buffet de la estación de servicio ubicada en Ameghino y Chile advierte, curioso: «Mirá ese hombre… hace como diez minutos que está bajando ventiladores del auto y metiéndolos en el negocio».
La escena puede pasar inadvertida sin un ojo avizor, pero a Gustavo Gallego -asiduo concurrente a la ronda de café- que está observando al hombre no deja de llamarle la atención.
Héctor sigue en su tarea de trasladar ventiladores -de pie o de esos que simplemente se ubican sobre una mesa o un estante- colocándolos dentro de su negocio.

«El que quiera venir…».
Mientras acaricia al gato negro que juguetea cercano, el hombre se presta a conversar con el cronista de LA ARENA… «Sí, es el ‘guardián’ de este lugar. Está hace un año y medio más o menos, y no se va», lo señala.
¿Qué vas a hacer con los aparatos que no se retiran; los podés vender?, es la pregunta. Y la respuesta de Héctor resulta contundente: «¡No!, de ninguna manera… no quiero tener problemas y que alguien me inicie una causa judicial. Aquí hay aparatos de hace mucho tiempo, años, y el que quiera venir a retirarlo sea del tiempo que sea que lo haga… que lo busque porque ahí está seguro», afirma mientras con un dedo apunta a la pila enorme de ventiladores, turbos y otros diversos aparatos.

Todo anotado.
«Yo anoto todo», dice mientras muestra un cuaderno donde, prolijamente, registra el momento en que le entregan el electrodoméstico, y la fecha en que lo da de baja cuando el cliente lo retira… «Si no vienen a buscarlo aquí consta que no ha sido retirado. Pero yo no toco nada y ahí debe estar si todavía lo quiere. No quiero tener líos, que un día venga alguien y me diga ‘hace tres años te dejé un ventilador y no lo tenés…’. Cuando cierre el local, en un par de años, pondré un aviso y daré un plazo de algunos días y después si… no habrá lugar a reclamo», reafirma.
Lo cierto es que da la impresión que muchísimos de esos aparatos que yacen en el lugar -incluso en el patio que está detrás del comercio- nunca más serán reclamados… «No sé, y no importa. Yo no toco absolutamente nada y ahí están», asevera.

Los motivos.
¿Por qué la gente deja abandonado un producto que llevó para reparar? «A mí me parece que porque tiene plata para comprar uno nuevo… no les interesa más este que dejaron aquí», responde el hombre.
Y a lo mejor no es que la gente tenga plata, pero sí es verdad que más allá de esta crisis actual no son pocos los que prefieren -tarjeta de crédito de por medio- adquirir uno nuevo en varias y sucesivas cuotas… Entonces, así las cosas, ni siquiera van a retirar lo que dejaron para ser arreglado, sin importar que el servicio haya demandado tiempo del operario, y hasta algún dinero si fue necesario colocar algún repuesto.

En dos años, el cierre.
En el local colmado casi no queda lugar para más aparatos, ni siquiera para caminar con cierta comodidad -sólo puede hacerlo el gato negro que permanece como custodia, que va y viene por aquí y por allá-, y por eso Héctor se lleva parte del trabajo a su propio domicilio, ubicado sobre calle Alberdi, a pocas cuadras de allí.
«En un par de años me jubilo, cierro el comercio, pongo un aviso y después sí… veremos qué se hace con todo esto», dice con una sonrisa. «Pero por ahora de aquí no se toca nada. Está todo lo que alguna vez trajeron y nunca más retiraron», concluye sonriente.

¿Qué hacer con los aparatos?
Más allá de la situación del técnico en electrodomésticos que se describe en esta página, cabe decir que no es el único caso. Son varios los que tienen una problemática parecida: les llevan aparatos para reparar, pero sus propietarios no los buscan nunca más.
La pregunta es qué hacer ante esa circunstancia, considerando que pasan años en calidad de depósito en el taller al que llegaron alguna vez, y nadie los retira.
En el comercio de Héctor Martín, sobre una pared al fondo, en letras rojas, se lee un gran cartel que dice: “Pasados los 150 días no se aceptan reclamos”.
¿Y entonces? “Sí, está el cartel, pero no pasa nada. Otra que 150 días… aquí hay aparatos de más de 15 años sin retirar, y seguro que algunos de más tiempo también. Pero no se puede hacer nada”, ratifica.
Ni venderlos a precio de oferta, ni dejarlos abandonados en la calle para que alguien se los lleve y los aproveche. “No, no se puede, de ninguna manera”, confirma.
Lo cierto es que no está claro qué puede hacer la persona que tiene que cargar con un montón de aparatos que no son suyos y que, al final, terminan significándole una molestia.
Algún service deja en claro, en una suerte de “comprobante de ingreso a reparación”, que hay una determinada cantidad de días (60, 90 ó 150 días) como límite para retirarlos.
Otros prefieren “aguantarlos” sin saber muy bien como actuar. Son muchos los casos como estos, como le sucede al mismo Héctor Martín.