Aserradero Garbarino: una fábrica siempre encendida

El aserradero Garbarino es el más importante de la provincia: distribuye leña, piquillín, carbón y briquetas a más de 900 comercios solo en Santa Rosa. Una empresa que tiene casi 70 años de vida y que vende un elemento clave para lo más elegido de la mesa pampeana, el asado.
“Yo me crié entre la leña”, dice Hugo parado justo en la que podría ser una postal de su vida: adelante de una montaña de maderas que esperan a ser cortadas, embolsadas y subidas a una camioneta para que alguien las convierta en llama y brasa. Los varios grados bajo cero de la mañana de invierno invitan a una fogata en medio del lugar más pertrechado para eso: un aserradero.
Y en La Pampa el nombre del aserradero es Garbarino, la empresa que creó Norberto Francisco en 1949 y que sus hijos, Hugo (62) y Edgardo (60), mantienen bajo el mismo apellido y bajo el mismo objetivo: el de vender piquillín, carbón, briqueta y leña de caldén para que el fuego nunca se apague.
“Mi viejo era empleado en una parquetera, en el Molino Werner. Hacían las maderitas de caldén para el parquet y esa producción la llevaban a Buenos Aires en el tren. Luego se asoció con Ranocchia y siguieron en ese negocio hasta que las tendencias cambiaron: el granito y el cerámico reemplazaron al parquet así que había que agudizar el ingenio y surgió lo de la leña. Se hacía el reparto con una camionetita y en ese tiempo las madres mandaban a los chicos a cargar las bolsitas que dejábamos en la vereda y así se ganaban unas monedas. Eran otros tiempos. El aserradero está desde el ’49, así que ya son casi 70 años…”, resume Hugo en la oficina del enorme espacio de avenida Circunvalación al 2600 donde funciona Garbarino.
“Yo me fui criando entre la leña y era lo que sabía hacer, así que con mi hermano Edgardo seguimos con el emprendimiento. Hubo que adaptarse porque cuando vino el gas natural cambió el panorama porque el calefactor reemplazó a la estufa a leña, ahí empezamos con la leña de piquillín, pero la gente no venía. Nosotros hacíamos un atadito con una goma pero ensuciaba mucho así que ahí comenzamos a usar bolsas de nylon. Siempre hay que ir adaptándose a los cambios”.
Receta.
Los cambios incluyeron la mudanza -hace 30 años- desde la calle Jujuy a la actual dirección y también la preferencia por las estaciones. “Antes esperábamos el invierno para la venta fuerte, ahora el verano porque las bolsas de piquillín vuelan. En La Pampa el asado nunca decae, no importan las crisis económicas ni lo que pase, el hecho de juntarse y prender el fuego no se altera”.
Y para Garbarino la receta del éxito está en cada despensa o kiosquito que pone a la venta la bolsa para que el fuego se pueda encender. “Solo en Santa Rosa le vendemos a más de 900 negocios, tenemos seis camionetas que salen a hacer el reparto todos los días. Parece mucho pero por ejemplo solamente en los barrios nuevos de casas sociales (Néstor Kirchner, Esperanza, Pueblos Originarios) hay 72 clientes. Prácticamente en cada cuadra hay un negocio chiquito que vende, así que ese es el fuerte además de que también le vendemos a parrillas y restaurantes”, asegura Hugo sobre un reparto que sale de la ciudad hacia Winifreda, Mauricio Mayer, Colonia Barón, Quemú Quemú, Catriló, Lonquimay, Uriburu, Anguil, General Acha, Macachín.
La empresa cuenta con seis empleados y cada paso del proceso requiere mano de obra. Desde el trabajo que se hace en el monte, pasando por la carga en el camión, la descarga, la máquina para cortar los troncos en palitos, ordenarlos y de ahí a la bolsa. El carbón que vende Garbarino llega desde el norte del país, al igual que la briqueta. Solo de leña el promedio de venta es de 30 mil kilos por semana.
Calor de hogar.
“Toda la línea de caldén para estufa se vende porque hay una tendencia que sigue en pie y es que la gente quiere tener su estufa a leña. Hay clientes que vienen, te dicen que se hicieron la casa con calefacción central, losa radiante pero quieren tener su hogar para sentarse en el sillón a ver una película o tomarse un trago mirando el fuego. Creo que es ese instinto primitivo que nos lleva a encender un fuego y contemplarlo. Eso va más allá de una moda o un cambio”.
Como cualquier pyme que atravesó tantos años de gobiernos y planes económicos fallidos, Garbarino no estuvo exento de caídas y situaciones límite. De noches de insomnios y de reuniones hasta la madrugada donde la pregunta era: “¿Y ahora qué hacemos?”.
“La de 2001 nos pegó fuerte. Llegó un momento en que nos juntamos con mi viejo y el tema era que si pagábamos todo nos quedábamos sin nada de nada, pero queríamos pagar sí o sí. En ese momento pedimos un préstamo al Banco de la Pampa y gracias a eso no solo pagamos sino que pudimos ampliar y hacer algunas cosas. Después costó pagarlo, pero por suerte pudimos salir”, recordó Hugo que tiene dos hijas mujeres mientras que Edgardo tiene tres y un varón que vive en Australia. “Nada que ver con la leña”, se resigna el mayor de los hermanos a la hora de pensar en el futuro de la firma.
Garbarino también vende postes, palmeras para pérgolas, quinchos y otros ambientes. La madera surge en cualquier rincón de una empresa que, los días sábados, tiene un desfile permanente para llevarse esa bolsa que garantice la llama.
“Los viernes y los sábados a la tarde realmente es impresionante el movimiento, y ni hablar para las fiestas de fin de año. Se forman colas acá afuera, pero bueno son fechas especiales. Este es un negocio que costó que arranque, costó mucho mantenerlo pero que hoy está asentado”, dice Hugo cerca de la fogata en medio del patio y rodeado de esa leña que, como dice el tema que inmortalizó Jim Morrison con The Doors, sirve para que alguien diga: “Enciende mi fuego”.
RECUADRO
Una cuestión de clases
Garbarino tiene claro que su fuerte de venta está en los barrios más populares, allí donde el asado no falta bajo ninguna circunstancia. “El otro día hablaba con un conocido que abrió una carnicería en un barrio de los más pudientes y me decía que no entra nadie. Es que hay terribles chalets pero seguramente ahí vive un matrimonio solo porque los hijos estudian afuera y la mujer come un yogur descremado y el hombre compra lomo y listo. En cambio en cualquier barrio periférico a lo mejor en una casa viven diez personas. Y los fines de semana, como muchos trabajan por semana o quincena, se juntan para el asado, consumen. Y ahí compran la leña”, analizó Hugo sobre una pintura social que tiene la tradición de la parrilla y el fuego entre las prioridades.