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Una panadería solidaria

«Nos ayudamos, si lo necesitás llevá una bolsa sola y así compartimos con otra familia», decía el cartel ubicado sobre el canasto que acumulaba bolsas con pan, facturas, cremonas o bizcochitos. Solo había que pasar y servirse. De a una, para que la movida espontánea y solidaria alcanzara a la mayor cantidad de gente posible.
«Nunca imaginé que podía pasar algo así, la cantidad de gente que vino. Para después de las 10 ya no quedaba nada», cuenta Romina Duscher (42), quien junto a Marcelo (su pareja) decidieron donar gratis los productos que ya no iban a ser vendidos en su panadería «Quiyen».
«¿Qué podés hacer con lo que te queda? Frente a esta situación tan grave que estamos viviendo pensamos que lo mejor era regalar el pan. Nosotros, y como seguramente pasa en la gran mayoría de las panaderías, tenemos cualquier cantidad de gente que todos los días se acercan a pedir, por eso nos animamos a esta iniciativa», cuenta Romina a LA ARENA en su local de la calle Antártida Argentina 695 (casi Neuquén), una de las panaderías más antiguas de la ciudad y que en la actualidad da empleo a siete personas.
La iniciativa solidaria se hizo el martes 25 de mayo, en el feriado patrio, y fue tal la repercusión que Romina y Marcelo se pusieron a planear hacerlo de manera más seguida.
«Estamos pensando en hacerlo cada 15 días, largar unos 70 kilos para ponerlo exclusivamente afuera, adentro del local no puedo por las medidas sanitarias, así que por eso el canasto va a la vereda. La idea es ir poniendo de a poco porque por ahí no puede faltar algún vivo que se lleve varias bolsas, por eso sería bueno racionarlos y que la gente pueda llevarse lo que necesita», destacó Duscher.
En ese sentido, la dueña de «Quiyen» valoró la actitud de algunos clientes y clientas, que entraron al local, compraron lo que iban a buscar pero al ver el canasto y el cartel decidieron comprar mercadería extra y donarlo.
«Hubo gente que compró un kilo de pan para llevarse y además compró dos kilos para dejar en el canasto. También pasó con las facturas, esta es una panadería barrial y acá la mayor parte de la gente es laburante del día a día, que si tiene algún pesito viene y compra. Se veía mucha gente también, sobre todo adulta, que le daba como vergüenza agarrar una bolsa, por eso que haya gente que tiene esa actitud de comprar y dejar es algo buenísimo, que hay que destacar».

Resignación.
La llegada de la pandemia, en un contexto de crisis económica, y la perdurabilidad que tiene esa situación provoca distintos niveles de ánimo social, tal como lo percibe Romina todos los días detrás del mostrador.
«Hoy la gente viene con un nivel de resignación que es muy grande, ya nadie se queja ni protesta cuando suben los precios, y eso es lo más triste. Al principio venía de malhumor, agresiva, todo era pelea, pero ahora sube el pan, suben las facturas y todos es: ‘ay ahora todo sube, y bue…’, y eso es una mala señal, es muy triste».
En ese sentido, la panadera recordó que el cierre de las escuelas y colegios perjudicó mucho al local ya que trabajan con varias instituciones educativas, pero más allá de lo personal lo que se refleja en el negocio es la dificultad para llenar la mesa día a día.
«Se nota mucho cuando le gente cobra y tiene algún manguito, antes las facturas se comían seguido por ejemplo, y hoy es como un lujo, la familia elige un día a la semana y ahí compran, eso se nota y es una realidad que se palpa diariamente», cuenta la dueña de Quiyen, cuyo significado es «aguas que caen, que siempre surgen y pasa pero lo que vuelve es todo lo bueno». Como lo bueno de brindar una ayuda a quienes más lo necesitan.