Inicio La Pampa Una pareja de pampeanos recorre América en una casa rodante

Una pareja de pampeanos recorre América en una casa rodante

Salir de la zona de confort y dejar todo no es fácil. Juan y María Florencia tomaron la decisión y están recorriendo América en su pequeña casa rodante. Ambos tienen 35 años y su objetivo es llegar a Alaska y recorrer cada país del continente.

Juan José Malo es Ingeniero Industrial y, antes de salir de viaje, trabajaba una fábrica de premoldeados de hormigón y daba clases de matemáticas. María Florencia Varela es Licenciada en Química y trabajaba en docencia e investigación en el área de química en la UNLPam.

Los jóvenes son de Quemú Quemú y se conocen desde muy pequeños. «Fuimos juntos al colegio secundario y nos pusimos de novios unos cuantos años más tarde, cuando Juan estaba estudiando en CABA y yo en Santa Rosa. Mantuvimos un noviazgo a la distancia y luego me fui a CABA a realizar un posgrado, nos casamos y vivimos unos años allá trabajando y estudiando hasta que Juan tuvo una oferta de trabajo en Quemú Quemú y regresó a La Pampa apostando a llevar una vida más tranquila que en la ciudad. Desde 2013 vivimos en el pueblo», contó Florencia a LA ARENA.

Un día se encontraron con la idea de «vivir viajando» y se preguntaron ¿por qué nosotros no?, es así que tomaron la decisión y emprendieron la aventura. «Si lo que queríamos era tener esa experiencia en otro lugar, conocer e interactuar con gente que vive de formas diferentes a las nuestras, ¿por qué no salir a recorrer el mundo, aunque ese no había sido el plan inicial? Y así surgió la idea del viaje, que de a poco fue tomando forma y convirtiéndose en un nuevo proyecto», explicó la joven.

La familia, los amigos, los perros y el trabajo son cosas que pesan a la hora de pensar en una aventura como esta. «Analizamos mucho, discutimos, y nos preguntamos una y mil veces ¿qué ganamos y qué perdemos si tomamos esta decisión? Y en ese marco, cada cosa que sucedía, por simple o natural que fuera, nos hacía replantear la escala de prioridades que teníamos, el modo de vida que estábamos llevando y lo que queríamos para nuestro futuro. Un poco cansados de la rutina que nos dejaba escaso tiempo libre y otro poco ansiosos por hacer algo nuevo fue que avanzamos con la construcción de la casa móvil», relató.

«El principal objetivo es conocer y experimentar de cerca la cultura de los distintos rincones de América. A su vez, por supuesto, conocer la geografía, la historia, los distintos paisajes, climas, y todo lo que ofrece la naturaleza en cada lugar que visitamos», comentó Florencia. Sin embargo, aseguró que en el camino van apareciendo otros objetivos. «En este momento, por ejemplo, estamos trabajando en un proyecto de difusión científica que nos permitirá acercarnos más y de otro modo a las comunidades a través de las escuelas», explicó la joven.

La pareja de pampeanos en este momento están en Colombia, en la zona de Medellín. «Desde que salimos de Argentina recorrimos el altiplano boliviano, el sur y la costa de Perú, el centro y la costa de Ecuador y por último ingresamos a Colombia. Hasta ahora hemos recorrido la zona del Eje Cafetero Colombiano, al sur de Medellín, y aun queda mucho por conocer por aquí», destacaron los pampeanos.

La hoja de ruta

Los jóvenes explicaron que el viaje no está trazado, sino que van tomando las decisiones día a día. «Conocemos la mayor cantidad de lugares que podemos, y seguimos mucho las recomendaciones que nos da la gente de cada lugar. Si bien hay algunos puntos a los cuales de antemano sabemos que queremos ir, los recorridos los armamos sobre la marcha. En general nos damos cuenta que desconocemos mucho de lo más lindo que tiene cada país, y es por eso que mayormente nos dejamos llevar por las recomendaciones de los lugareños», comentaron.

Por otra parte, destacaron que utilizan algunas aplicaciones para obtener información de los sitios en los que es seguro pasar la noche, dónde hay buena conexión a internet, dónde se puede cargar agua o combustible. «En general evitamos las grandes ciudades, ya que resultan incómodas e inseguras para movernos y también para estacionar y pasar la noche», afirmaron.

Su gran compañera de viaje es una Renault Máster, que transformaron en un monoambiente de 8 m2, pero rodante. «El dueño anterior la utilizaba como furgón de transporte, no tenía asientos ni ventanas, por lo que nosotros estuvimos a cargo de toda la ‘metamorfosis’. Comenzamos mirando diferentes diseños y distribuciones de cada cosa: la mesa, la cocina, mesada, bacha para lavar los platos, los asientos, la cama, el baño, los depósitos para el agua, el lugar para guardar la ropa, la comida y todo lo que habitualmente uno tiene en el espacio que habita», contó Florencia.

Uno de los principales problemas que plantean aquellos que no se animan a viajar es el dinero. Florencia sostuvo que los gastos son completamente diferentes a los que se hacen cuando se va de vacaciones. «En este modo de viajar, no pagamos alojamiento, tampoco salimos a comer sino que compramos la comida y nos cocinamos en casa», indicó.

«Hasta el momento, los gastos más importantes los representan el combustible y la comida. En algunos lugares, también los peajes. Otros costos menores son los ingresos a algunos museos, reservas naturales o parques nacionales, que si bien en algunos sitios son gratuitos, en otros no», comentaron los jóvenes. El viaje lo iniciaron con ahorros y durante el mismo trabajan de distintas formas: Florencia sigue trabajando dando clases en la modalidad a distancia. Juan realiza tareas de carpintería, electricidad o mantenimiento en general. También generan ingresos mediante la venta de libretas artesanales que comenzaron a hacer en el camino.

Dentro de los que más rescatan de esta experiencia es el contacto con la gente y el conocimiento de su forma de ver el mundo. «Vamos notando las diferencias que existen en cuanto a la conexión que tienen en cada lugar con la tierra, con la naturaleza, los métodos de cultivo, la forma en que se comercializan y consumen los alimentos, los rituales, las creencias, los sistemas educativos, las costumbres, entre otras. Todos los lugares, por pequeños y aislados que sean, tienen una historia interesante que contarnos», contó Florencia.

«También hemos aumentado nuestra confianza en la gente: corroboramos que estés donde estés, siempre hay gente dispuesta a ayudarte sin pedirte nada a cambio. Hemos tenido experiencias muy enriquecedoras con personas que nos han conocido e inmediatamente nos han hecho sentir parte de su familia. Nos invitan a pasar a sus casas, a cocinar y comer con ellos, a darnos una ducha en su baño, a usar su lavarropas. Hasta hemos sido invitados especiales en sus fiestas familiares. Cuando se viaja lento, hay tiempo para estas relaciones y eso es muy valioso», destacó la joven.

Otra cuestión que rescataron los jóvenes es que el hecho de vivir de esta forma los hizo valorar de otro modo los recursos que necesitan a diario como el agua, el gas, los alimentos en general. «Hemos estado en poblados donde no había agua durante días, y te das cuenta lo tremendamente importante que es contar con una botella de agua potable, o al menos un balde con agua para poder limpiar o lavar la ropa. A propósito de esto, estuvimos en ciudades en donde la gente hacía más de 30 o 50 km para poder ir a lavar su ropa, y que el programa familiar para un día domingo era ir a algún sitio con aguas termales con la ropa de toda la familia para lavarla allí y secarla al sol», relató Florencia.

Un freno

Pese a que los jóvenes están lejos de su familia nunca pierden el contacto. Es así que decidieron volver a Argentina por un hecho en la familia de Florencia. «Tuve a mis abuelas internadas y decidimos volver. Yo viaje primero y vine a acompañar a mi familia. Calculamos que hasta fines de julio vamos a estar en Argentina», contó la joven.

Sin embargo, el viaje continúa en pie. «La idea es seguir y cruzar desde Colombia a Panamá para luego continuar recorriendo Centro y Norte América. Esa es la parte más complicada del viaje, ya que entre Colombia y Panamá no hay ruta, la Panamericana que une a Alaska con Argentina se corta por unos pocos kilómetros en una zona selvática que se conoce como Tapón de Darién. Para cruzar se requiere embarcar la Máster en un contenedor, y que nosotros crucemos en avión, ya que tampoco hay un ferry que facilite ese trayecto. Si cruzamos esa parte, como destino icónico, nos gustaría llegar hasta Alaska. Pero la verdad es que no nos gusta demasiado mencionar eso, porque pareciera que lo único importante es llegar a un destino, y en realidad, lo que realmente importa es el recorrido y todo lo que sucede entre medio, que transforma el mapa en historias en primera persona, anécdotas y aprendizajes», finalizaron los pampeanos .