Inicio La Pampa Vincenzo, de Nápoles a Quemú y Toay

Vincenzo, de Nápoles a Quemú y Toay

Un flaco alto, con rulos, barba, ojos claros, tatuajes diseñando el cuerpo y una sonrisa permanente. No había forma que las miradas lo dijeran todo: “¿y éste, de dónde vino?”. Ahí, entre gauchos y fuerzas vivas del pueblo que desfilaban por la calle principal de Quemú Quemú, apareció Vincenzo Cherubino, un visitante que con solo mencionar el nombre alcanza para saber desde dónde llegó.
“He vivido y viajado en Italia, Francia, España, Portugal, Alemania, Córcega, Egipto, Túnez, Cabo Verde, Senegal, Malawi, Zambia, Mozambique, Madagascar, Laos, Vietnam, Gambogia, India, Siria, Jordania, Buthan, Sikkim, Bengala Occidental, Brasil, Chile, Bolivia, Tailandia, Bosnia Herzegovina, Malta, Mongolia, Suiza, Emiratos Árabes Unidos, Gibraltar. Y ahora estoy en Argentina”, se presenta Vincenzo, de 36 años y nacido en la maradoniana Nápoles, una ciudad del sur de Italia que irremediablemente remite a Diego Armando y sus proezas con la camiseta celeste de ese equipo, en los convulsionados y románticos años ’80.
Vincenzo comenzó a viajar a los 16, cuando recorrió su país, siempre a pie, y luego salió hacia el resto de Europa. El espíritu de trotamundo se le impregnó en la adolescencia y así decidió vivir. “Viajar es mi estado de ser, mi naturaleza, mi esencia. El camino me formó, me hizo lo que soy hoy, es mi escuela para lo que seré mañana. Igual no me considero un viajero”, dice en un español mechado con un italiano que se entiende sin problemas.
Vincenzo está por estos días en Santa Rosa, en la casa de una amiga a la que llegó gracias a otra amiga que vive en Italia. Estuvo en Quemú, pasó por Toay, justo cuando se reabrió la Casa Museo Olga Orozco, y seguirá camino hacia el sur, hacia esa Patagonia que es un imán para cualquier viajero o caminante de cualquier lugar del planeta.
“Siempre fui recibido con hospitalidad y alegría, y yo me ofrezco a las personas con mi humanidad, mis ojos miran muy lejos y mi corazón siempre está abierto. A cambio recibo otra humanidad, humilde, simple, a veces más rico, a veces más modesto, formado por gestos o acciones o pensamientos o palabras”.

Sin fronteras.
Vincenzo puede ponerse distintos trajes. Después de graduarse como experto químico, trabajó en control de calidad en la industria alimentaria. Luego se inscribió en una academia de teatro, después en una universidad de sociología y luego usó mil prendas: actor, modelo, constructor, comerciante, animador, organizador de eventos.
“Cuando vuelvo a Italia trabajo un tiempo, entro al sistema hasta que decido salir y retomar la ruta. La vida es hoy, es lo que tenemos ahora y hay que vivirlo de la manera más plena posible. He visto lugares lejanos, he vivido con diferentes minorías étnicas, he escuchado idiomas y expresiones desconocidas para muchos, son experiencias concretas de una comunidad sin fronteras. El mundo no debería tener fronteras, todos somos habitantes de un lugar llamado Tierra”, dice Vincenzo a LA ARENA.
Durante varios años, Cherubino motorizó pequeños y grandes sueños en todo el mundo, desde la operación de corazón de una niña india que no podía pagar esos gastos, a la construcción de techos y casas en Cabo Verde, a la posibilidad de estudiar de jóvenes desamparados de los suburbios de Brasil. “Todo se puede hacer con la ayuda de otros”, asegura.

Amor a la vida.
En 2016, Vincenzo fue el primer italiano en recibir el premio Enrico Toti en la sección “Viajes y exploraciones”. La motivación de esa distinción describe bien su personalidad extrovertida y especial: “Por la curiosidad, el deseo de descubrimiento y el espíritu de aventura que lo animan en sus viajes. Ser el portador de los valores fundamentales de solidaridad de compartir y comunión, que se manifiestan en una vida convivida con el prójimo, libre de prejuicios y condicionamientos. Por el amor a la vida, la tensión de la alegría profunda, la generosidad hacia el prójimo y la superación de todos los límites geográficos y raciales”.

¿Y qué encontraste en La Pampa?
“La atmósfera de este encantador pueblo invita a la lentitud de los gestos y pensamientos. Cada reunión se acompaña de un saludo porque las personas en estas partes son afables y hospitalarias. Las sensaciones al cruzar La Pampa fueron maravillosas: paz, serenidad, libertad. El paisaje está salpicado de vegetación exuberante para decir lo menos. En la distancia, a la sombra de los árboles marchitos, los gauchos durante la siesta, después de haber pasado el día cuidando de los rebaños de ganado. Llevan el típico poncho de lana y llevan el característico tocado en la cabeza”.
Conservar la tradición es algo que Cherubino valora por sobre todo. “Vivir en La Pampa es una experiencia liberadora. En este entorno mágico y plano, se alzan pueblos antiguos que aún conservan los usos y costumbres del pasado. Y es un poco como hacer un viaje al pasado”.

Confianza y aceptación.
Vincenzo no tiene apuro. Saldrá a dedo hacia el sur del país y en su mochila llevará las preguntas que lo motivan por los distintos caminos: “¿Qué nos arrastra? ¿Para qué vivimos? ¿Cuál es nuestro deseo interior? ¿Y lo seguimos? ¿Cuál es nuestra responsabilidad hacia nuestra conciencia? Estas preguntas me llevaron a la carretera”, describe quien, antes que nada, no quiere dejar pasar su norte en la relación con otra gente, otros pueblos y otros idiomas: “La confianza y la aceptación, desde ahí todo nace y todo se multiplica”.