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Yamila y su sueño de ser atleta olímpica

Juntaba y vendía latitas, cartones y trapos viejos para ayudar en su casa. Fuerte, luchadora, la enfermera es una de nuestras mejores atletas: su ilusión es estar en los Juegos Olímpicos de París 2024.

MARIO VEGA

Verdaderamente hay historias de vida que merecen ser conocidas… porque de alguna manera describen a gente que tiene un enorme valor, porque supieron sobreponerse a la más dura adversidad, y con sus sueños e ilusiones nos invitan también a pensar que las cosas pueden ser mejores… y que sólo hay que proponérselo.
En estos tiempos de tanta angustia, de tanto dolor, hemos visto situaciones, actitudes y escenarios que llevan a reflexionar. Es cierto que estamos golpeados por lo que advertimos, pero también queremos creer que en algún momento la pesadilla cesará. Y para eso nos aferramos a algunas señales.

Yamila y un sueño.

Yamila Maidana (30) es una joven santarroseña que tiene destacadas aptitudes como atleta, que la llevaron a las páginas de los diarios y la hicieron trascender.
Hace algunas semanas -después que se disputara la tradicional A Pampa Traviesa de este año, donde tuvo una muy buena actuación- supe por gente vinculada a la disciplina que Yamila tiene un enorme sueño escondido… «Sí, quiero ser atleta olímpica», afirma con convicción.

Pasado de pobreza.

Ella trabaja desde el primer día en un sector clave de la lucha contra el Covid -en la primera línea puede decirse, porque se desempeña en la UTI del Hospital Lucio Molas-, y sabe muy bien de lo que es una vida de sacrificios y privaciones desde que era una niña. «Es que éramos pobres… muy pobres», resume apenas empezamos a hablar.
«Mi mamá se llama Liliana y mi papá del corazón es Alberto, y los dos han laburado de changas, y ahora mismo se mantienen vendiendo milanesas, aunque con todo esto que pasa se les cortó también eso», cuenta con sinceridad. «Mamá siempre trabajó de empleada domestica, y por cuestiones de salud no pudo seguir; y el mismo Alberto por lo mismo no puede hacer trabajos de fuerza… así que tuvieron que adaptarse y salir con la cuestión de las milanesas y pelearla día a día…», señala.

La familia.

Enseguida habla de sus hermanos. «Son cuatro, Damián que es verdulero en Guatraché, y que me dio a un sobrino hermoso, Lisandro; sigue Facundo, albañil, y que tiene al plaguita de Román; y el más chico de los varones es Yonathan, que también hace changas y tiene a mi sobrinita Antonela, linda y pícara… Es la mimada, estudiante, y se las arregla para ayudar a sus padres», los menciona.
Los hijos de Yamila son Morena (12) y Valentín (7). «Ella es mi gran compañerita, dulce, amorosa, contenedora, y a veces tan adulta… Valentín es el regalón de la madre. Los dos son re-compañeritos míos, y me aguantan cada locura que hago», sonríe al mencionarlos.

Los estudios.

Yamila hizo la primaria en la Escuela 78 del Barrio Río Atuel -«ahí me crié y tengo mis mejores recuerdos», asegura-; la secundaria en el colegio Fernando Araoz, y estudié Enfermería en el Instituto Visión Tecnológica», resume.
A pesar de las carencias -que eran muchas- tuvo una infancia «super feliz… por mis vivencias de andar al aire libre. Y ahora mismo, ya adulta, me digo que era la nena más feliz del mundo… jugando y haciendo de las mías. La verdad es que era muy traviesa, y siempre andaba metida entre los varones, incluso jugando al fútbol con ellos», se ríe con ganas.
Eran épocas donde ni ella, ni sus hermanos, ni sus amiguitos dimensionaban -tal vez no lo percibían- el peligro a qué podían estar expuestos en eso de recorrer «toda Santa Rosa… y era así, jugábamos y andábamos sin tener dimensión de los riesgos… éramos felices», reafirma.
Y sigue Yamila: «Me encantaba eso de andar, por todos lados… y al final fueron experiencias hermosas que me sirvieron: porque tuve mucha calle y gracias a eso aprendí muchísimo», completa.

«A veces no había qué comer».

La joven si bien expresa lo lindo de su niñez, no deja de apuntar el lado oscuro. «Y sí… era feliz con lo que conté antes, pero después está la parte de cómo subsistíamos… y es la parte triste aunque estoy convencida que me terminó por fortalecer en mi carácter», le encuentra el lado positivo Yamila.
Y cuenta: «De bien chiquita pude ver la pobreza que teníamos, y ver a mi mamá y a Alberto que no podían llegar en el día a día para darnos de comer. Por eso, en cuanto pude nos armamos un carrito y con mis hermanos empezamos a andar por las calles juntando latitas, cartones y trapos viejos… Los vendíamos en un lugar de la Circunvalación (en una chacarita) y arrimábamos unos pesitos para ayudar, para comprar el pan y hasta alguna cosa de la escuela. Muchas veces no teníamos para comer y nos acostábamos con un mate cocido y un trozo de pan duro… si había», revela.

Vivir con determinación.

Lo bueno de esta Yamila de hoy es que habla sin resentimientos… porque aunque alguna vez escuchó que alguien la agredía disparándole un «muerta de hambre…», pareciera que esa frase prejuiciosa no le hizo mella… «Me pasó bastante que me discriminaran», admite. Pero eso no la arredró y, lo que es mejor no la detuvo en sus ansias de superarse y ser feliz, que es el objetivo que todos buscamos…
Y aunque obviamente el bienestar no puede ser permanente, porque los avatares de la vida siempre aparecen, Yamila no ha parado de crecer. Tiene sus adorables hijos, su casa en el Barrio Esperanza, y para ir y venir a su trabajo en el Lucio Molas dispone de su auto y hasta una moto…

Mujer agradecida.

No tiene problemas en abrirse y contar todo… lo bueno y lo no tan bueno. Y además se muestra «agradecida con quienes nos han dado una mano con lo que sea… ya sea con un taper de comida del día anterior, o un paquete de azúcar, o lo que fuere… Hubo gente maravillosa en el camino que jamás olvidaré, y siempre tendrán un lugarcito en mi corazón… mi abuelo que iba a vernos para ver qué me faltaba, y cuando me llevaba a su casa me daba todos los gustos. También ‘la Moni’ cómo yo le decía, que fue muy contenedora; Y Dora que sería mi abuela postiza… Todos ellos nos aportaban algo. Y no me olvido de Mara, otra de las personas que tengo muy presente: era una vecina del Río Atuel que vivía frente a la escuela y dos por tres se cruzaba, o me pegaba el grito para que me acerque, para regalarme caramelos y a veces útiles escolares. A todos ellos jamás las borraré de mi memoria porque han sido muy especiales para mí», reconoce.

Una piba solitaria.

La enfermera del Lucio Molas que tiene un sueño ambicioso y muy lindo por cierto -nada menos que transformarse en atleta olímpica en París 2024 (muy poquitos pampeanos lo consiguieron)-, recuerda que cuando adolescente su cabeza «siempre iba por otro lado, y me llevaba a estar muy sola… No fui una chica de salir mucho, porque estaba con otras preocupaciones, y enfocada en mis estudios. Era de adolescente muy solitaria, pero aún así disfrutaba mis andanzas sola… en mi mundo pero contenta por lo que hacía por mí… a veces lo sufrí no lo niego, pero enseguida trataba de aferrarme a las cosas que me gustaban. Ya de grande tal vez esa forma de ser me produjo algunas complicaciones que tuve que aprender a sortear», admite.
«¿Qué cosas me gustan hacer? Me encanta salir a correr, obvio. Luego diría estar en mi casa relajada, acomodándola… me gusta mirar series, salir al aire libre a recrearme con mis niños y que disfruten de la naturaleza», responde a una pregunta.

Llega el atletismo.

Si bien en algún momento dijo que cuando chica jugaba con los varones, lo cierto es que no se había dedicado a un deporte… hasta que llegó al atletismo casi de casualidad…
«Un día, tenía 17 años, llegaba tarde al colegio e iba corriendo… en eso me vio el director (Milton Rulli) y me preguntó por qué corría a esa hora (eran las 7.15). Le contesté que no tenía plata para el colectivo y yo vivía a casi 8 kilómetros de la escuela… me acercó al colegio y me dijo de participar de los Juegos Deportivos Pampeanos», rememora. También desde aquel día Rulli se hizo cargo del pasaje de micro de Yamila.
Ahí empezaría todo… «Me fue muy bien en todas las pruebas, y desde ese momento me propusieron entrenar con más seriedad y poder representar a nuestra provincia. De chica fui muy ‘chiva’ y andaba a las corridas para todos lados, y me encantaba jugar a las carreras en la escuela con mis compañeros… se ve que ya llevaba en mí eso de correr», dice.

Los entrenadores.

Confiesa que no es fácil prepararla, por eso -aunque conserva buena relación con todos- tuvo varios entrenadores. «Sí, soy bastante especial para que me entrenen, y eso lo fui descubriendo… no sé si complicada pero sí muy demandante en la atención. Pasé por varios grupos y entrenadores y hoy lo hago con Jorge Basirico y con Adriana Calvo (esta gran atleta de Pehuajó que compitió mucho en Santa Rosa), quienes viven en Buenos Aires y me monitorean a distancia… Creo que hacemos un gran equipo. Y por favor que quede claro que no subestimo para nada a los anteriores y aprecio lo que me dieron, pero quizás era yo que no me hallé…», explica.
Yamila Maidana es hoy una de nuestras mejores atletas… Y podría decirse que si en la línea de largada está esa joven de físico espigado, es muy probable que sus competidoras tengan pocas chances de disputar el primer lugar… Se ríe con ganas cuando se lo digo y relativiza diciendo que «no es tan así… aquí hay muy buenas atletas. Sí es cierto que me tocó ganar varias competencias, y también algunos premios… pero eso no importa tanto como el sólo hecho de correr, porque ahí estoy en mi salsa…», simplifica.

Los trofeos, por ahí andan.

Es de esas personas a la que no le interesan los trofeos, y sólo algunos pocos -de los cientos que obtuvo- permanecen sobre un mueble. «A la mayoría los regalé para que los utilicen como premios en otras pruebas…», completa. Y tan es así que en ninguna vitrina exhibe los tres Caldén de Plata ni los dos Ranquel que le otorgó el Círculo de Periodistas Deportivos, cuando consagra a fin de año a los mejores de cada disciplina.
Analiza que nunca se preparó para realizar pruebas determinadas: «Corría más o menos lo que venía… hice todas las distancias, 1.500, 3.000, 5.000, 10.000, pero me sentí muy cómoda en los 21 kilómetros», señala.
Tiene recuerdos hermosos, como cuando en Mendoza se consagró campeona argentina juvenil de cross y montaña; pero siente por Mar del Plata algo especial «porque ahí hice mis mejores competencias y realicé todas mis mejores marcas y records provinciales que aún están vigentes».

La primera vez de los 42.

Tal vez un punto de inflexión en la carrera de Yamila Maidana tiene que ver con la última «A Pampa Traviesa», donde se animó a la Maratón. Fue la primera vez que hacía 42 kilómetros, y fue un debut inesperado… «Sabía que había cupos limitados para los 21 y no me inscribí a tiempo… pero sí tenía lugar para los 42, y me arriesgué a una locura que salió mejor de lo esperado. Fue hermoso y ahí empezó a reflotarse el sueño que siempre tuve… quiero ser maratonista olímpica. Voy a hacer todo lo necesario para lograrlo», enfatiza.
Sonríe y se le ilumina el rostro cuando recuerda que «fue bárbaro lo de los 42… porque corrimos bajo la lluvia, saltando los charcos que había por todos lados… En realidad me gusta mucho correr cuando llueve, con el agua dándome en la cara», dice convencida ante mi gesto de asombro.
Expresa que a veces está «muy cansada, porque en algunas oportunidades hacemos hasta 12 horas por día en el Hospital, y se trabaja con mucho stress, hay mucha responsabilidad… pero igual trato de entrenar al menos dos horas por día… me busco el hueco y lo hago. Quiero ser maratonista olímpica y lo voy a lograr», reafirma.

París ’24, el objetivo.

Se ríe con ganas cuando le pregunto si habla francés… «Si tengo que aprender para estar en París en el 2024 también lo voy a hacer», asevera.
Esta es la historia de Yamila Maidana… La piba que «cirujeaba» juntando papeles y latas; que trabajó más de una vez como empleada doméstica y después en algunos comercios… Yamila, la mujer que es hoy y que supo siempre que quería ser enfermera, la que tiene dos hijos aún pequeños y horarios complicados, pero que igual se permite soñar… «Voy a ser la primera enfermera atleta olímpica… Ya van a ver», promete… «Y ya estoy yendo rumbo a mi sueño…», se convence.
Y vaya si no dan ganas de acompañarla en su ilusión. Tal vez sea el momento de decir, al modo de los políticos cuando tienen algunas aspiraciones, pero en este caso promocionando a una atleta: «Yamila 2024».
Y claro, por qué no se va a permitir soñar que es posible, si con su tesón y capacidad ya ha superado otras pruebas bien difíciles… Sí, por qué no Yamila Maidana con la camiseta argentina corriendo por París… ¿Se imagina?

«El día a día es muy intenso».

Más allá de los conocimientos de salud quienes trabajan en la Unidad de Terapia Intensiva del Lucio Molas deben -necesariamente- deben tener mucha presencia de ánimo, porque están casi obligados a no deprimirse ante lo que ven, y lamentablemente son testigos de como el sistema se tensiona por el número de casos afectados por Covid.
«La actitud a veces se agota… pero seguimos como profesionales que somos y hacemos hasta donde podemos… Se suman más camas y respiradores, pero el tema es el personal, porque se necesita recurso humano para que pueda ser usado con la eficacia que demanda. Los que estamos nos vemos agotados», advierte.
Yamila Maidana comenzó a trabajar «de enfermera en 2019, en el hospital de Eduardo Castex. Allí adquirí experiencia, y después de algunos meses me propusieron venir al Hospital Lucio Molas, y desde entonces estoy en la Terapia Intensiva de Adultos donde actualmente presto servicio».
En todo este tiempo le tocó -como a todo el personal del área- asistir a momentos difíciles, porque en la UTI llegan los casos más complicados… «Es verdad, y si bien uno se va acostumbrando por ahí te toca atender a alguien que conocés del barrio, gente que uno trató siempre y ahora estaba ahí», manifiesta algo consternada.
Obviamente está vacunada -«gracias a Dios!», dice-, porque en su lugar de trabajo «el día a día es muy intenso. En nuestra área laboral, y en esta época de pandemia, todo se fue intensificando y generando un estrés tremendo, y es una carga de responsabilidades de la que pocos toman dimensión. Tanto mis compañeros como yo estamos agotadísimos…», afirma.
Yamila se desempeña como artículo 6° en el área de Salud, y hubo momentos en que sus cobros estuvieron demorados: «Es algo que no es fácil de aguantar, porque no alcanza con que nos digan héroes… pero por suerte esa semana me pagaron todo lo anterior, y parece que el tema por suerte se regularizó», se alivia.

«Voy a llegar».

Aunque exhibe en todo momento una amplia sonrisa, Yamila tiene un fuerte carácter, y no lo esconde. «Mi costumbre es decir lo que siento y lo que pienso, pero no soy conflictiva… eso sí, exijo que me respeten», expresa.
No oculta un pasado de privaciones, y dice: «Ahora estoy mejor, pero me acuerdo muy bien que las primeras zapatillas con las que corrí tenían un agujero, pero era lo que había», sonríe indulgente en la evocación.
En un momento pide agradecer a quienes la ayudan: «Después de A Pampa Traviesa vino Ceferino Almudévar (subsecretario de Deportes) y me dijo que la Provincia me otorgaba una beca, y eso me va a ayudar mucho… y además quiero mencionar a Neo Ortopedia, que me provee las plantillas que me evitan lesiones», agrega.
En el final sostiene que la ayuda que recibe, y su esfuerzo, le permitirá cumplir con su ilusión… «Sí, me veo siendo una atleta olímpica. Voy a llegar…», se promete.