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17 años buscando a Andrea

TODAS SOMOS TODAS

Todas somos cada víctima que no vuelve, que no está, que desaparece bajo un Estado que reitera nuestros derechos a una vida libre de violencias pero que no llega a tiempo.
VICTORIA SANTESTEBAN*
La noche del 9 de febrero de 2004 (o la madrugada del 10) el ex boxeador Víctor Purreta golpeó con un rebenque y ahorcó a su pareja Andrea López en la casa que compartían al norte de Santa Rosa. El hijo de ambos fue quien vio el desenlace que sirvió en el juicio, antes que fuera mandado a dormir por un padre que desaparecía para comprar cigarrillos y que dijo haber regresado al hogar y que Andrea ya no estaba. No era la primera vez que la molía a palos. Andrea escapaba a lo de su madre tras las golpizas, Purreta la denunciaba por abandono de hogar y ella volvía al ciclo de violencia institucionalizado del que era imposible salirse por el apañamiento oficial al varón que disponía de su cuerpo y de su vida. Purreta consciente de sus privilegios de varón de disposición total de una Andrea de existencia cosificada, la prostituía, en un país que todavía debate reglamentarismo vs. abolicionismo, que todavía confunde queriendo cubrir de legalidad y dignidad la explotación niñas, adolescentes y mujeres bajo el rótulo de «trabajo sexual». Pero en un país que prohibió el rubro 59 y comenzó a desbaratar cabarets para sacarlos de su mimetización con el paisaje, que arremetió contra los aires de pretendido divertimento y distracción con el que sostenían la esclavitud de mujeres, ellas continúan en esquinas y piezas del horror en las que hablar de libertades y derechos suena a chiste de mal gusto.
Purreta está preso por homicidio simple y proxenetismo, en una carátula que debería decir «femicidio». Durante su encierro se casó dos veces, da clases de boxeo y salió en libertad por puertas sin llaves cuando la condena es por delitos de violencia de género. Entre todos sus tupés también se dio el lujo de guardarse para sí dónde está el cuerpo de Andrea. Ese cuerpo del que ella estuvo lejos de ejercer el derecho a una vida plena, que incluyera la protección de un Estado a cualquier atisbo de atropellamiento sobre sus libertades. Ese cuerpo desaparecido, que se tragó una tierra abonada con machismo rancio, que habilita el descarte sin rastros que es el que se busca desde aquel febrero de 2004. «Todas somos Andrea» es lema feminista pampeano, es bandera de lucha en una pampa jactada de apacible, donde el patriarcado tampoco da tregua.

Andrea no aparece.
Pasaron 17 años y el juzgamiento con perspectiva de género al varón prostituyente recién tuvo lugar en 2014, a fuerza del remo de mujeres organizadas, como son las emblemáticas Mujeres por la Solidaridad, y la madre de Andrea, Julia Ferreyra. El cuerpo del que Andrea no disponía a pesar de ser sólo suyo, continúa aguardando el encuentro. En un juego de las escondidas perverso en el que las instituciones cubriéndose los ojos contaron por años y años, las pruebas se contaminaban y también desaparecían, dándole ventaja a Purreta para el escondite.
En febrero de 2004 Andrea era vista por última vez en la capital pampeana. En febrero pero de 2001 Natalia Melman, de 15 años también era vista por última vez, corriendo por su Miramar natal que, como Santa Rosa, tiene fama de tranquila. Natalia había salido a correr sin saber que sus piernas iban acelerar el paso para huir de la bonaerense, de esos cinco policías que la subieron a un patrullero para violarla y descartar su cuerpo. Natalia y Andrea son nombres de la lista escalofriante que suma víctimas por machismo, por desigualdad, por injusticia, en un mundo donde ser mujer es más peligroso, más difícil, más jugado.

Somos todas.
Todas somos Andrea, todas somos Natalia, todas somos cada víctima que no vuelve, que no está, que desaparece en una democracia que reitera nuestros derechos a una vida libre de violencias pero que no llega a tiempo: el patriarcado está más aceitado que los andamiajes jurídicos dispuestos para la protección y el empoderamiento. Todas somos las niñas, adolescentes y mujeres que ya no están, porque sabemos de la fragilidad de nuestra existencia. Somos las que desaparecen, las ultrajadas, las que ganamos menos y hacemos más, las que escuchamos silbidos en la vereda, las prostituidas, las relegadas, las ciudadanas de segunda. Somos las brujas que le ganaron al tiempo, las aves fénix que reviven de entre las cenizas, sacudiendo las alas chamuscadas que quieren volar libres, que se agitan para la búsqueda incansable de cuerpos, de vidas, de derechos y libertades. Todas somos todas las que estuvieron, todas somos Andrea también.

*Abogada, magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles.