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2019: el año en que nos vimos desiguales

DOMINICALES

Con la cándida claridad con que un niño gritó, una vez, «El rey está desnudo», el año que se cierra puso en el tapete uno de los problemas centrales de la humanidad, el de la desigualdad económica y social. No es que los datos no existieran o fueran desconocidos, sino que la cuestión venía siendo eficazmente tapada por el ruido informativo que, con la regularidad de un motor de Fórmula 1, producían al unísono los medios de prensa hegemónicos.

Sopaipillas.
El caso más dramático -y también el más próximo- es el de Chile, donde en forma inusitada, un mero aumento en el transporte público desató una pueblada de proporciones mayúsculas, que puso al descubierto un estado de profunda inequidad social en un país cuyos indicadores económicos lo colocaban en lugar de «modelo» para la prédica neoliberal.
Pronto se vio que el problema no era que el país fuera pobre, sino que las sopaipillas estaban muy mal distribuidas, y de ahí que el pueblo chileno sufriera no sólo los magros salarios, sino también los pésimos servicios públicos, particularmente en salud y educación.
En una obra de ficción más digna del Nobel que del Pulitzer, los grandes medios argentinos se apuraron a publicar artículos de análisis en los que intentaban explicar la crisis chilena… prescindiendo por completo de la desigualdad económica como factor. Algo así como intentar escribir el Antiguo Testamento prescindiendo de la figura de Jehová.
No por nada los destrozos ocurridos en Santiago incluyeron no sólo estaciones del metro y oficinas gubernamentales, sino también los cuarteles generales de un notorio conglomerado de prensa.

Regadero.
Pero no ha sido el único caso. En Ecuador, el pueblo salió a las calles a protestar por las medidas de ajuste impuestas por el FMI. En Líbano, el disparador fue un impuesto a las comunicaciones por Whatsapp. En Francia, fue inicialmente un aumento en los combustibles, y en una segunda ola, una propuesta de reforma previsional. No debe olvidarse que de allí proviene la Sra. Lagarde, que supo enamorar a un presidente argentino, y que supo también alertar sobre que «los ancianos viven demasiado» y que había que «hacer algo urgente».
Desde luego, han existido también revueltas sociales por otros temas. En Hong Kong, el problema es una ley de extradición que concedía mayores poderes a China sobre los ciudadanos de la isla. En Cataluña las movilizaciones tienen que ver con las reivindicaciones separatistas de esa nación actualmente incluida en el Reino de España. En Irak, la protesta es por un sistema político y económico detonado tras casi dos décadas de intervención norteamericana, con la corrupción resultante.
Sin embargo, y como supo advertir en el siglo XIX un filósofo alemán curiosamente parecido a Papá Noel, si uno rasca lo suficiente en la superficie de cualquier conflicto humano, la cuestión económica terminará por aparecer tarde o temprano.
No es ninguna casualidad que una de las mejores películas del año, la coreana «Parásito» -de la que hasta se especula, podría ser candidata a ganar el Oscar principal- tiene como trasfondo la cuestión de la desigualdad social vigente, como todas partes, en aquel «tigre asiático».

Pescado podrido.
Como publicó en enero pasado la organización Oxfam, las 26 personas más ricas del planeta poseen recursos equivalentes a los de la mitad más pobre de la población mundial, eso es, casi cuatro mil millones de individuos.
Lamentablemente, la inteligencia no está distribuida en la misma proporción. Y es que esta supuesta elite, que sólo muestra interés en incrementar su riqueza y no advierte las responsabilidades que conlleva acumular más poder que cualquier Estado nacional, está sembrando su propia destrucción. La cuestión climática, como mero ejemplo.
La respuesta está a la vista, con datos que se publican desde hace treinta años, en el llamado «índice de desarrollo humano». Allí se ve a las claras que los países más eficaces del mundo en administrar sus recursos y procurar la satisfacción de sus ciudadanos, son siempre los mismos: los escandinavos (Finlandia, Noruega, Suecia, Dinamarca), junto a Holanda, Canadá, Nueva Zelanda, Australia, y un par más.
¿Qué tienen en común estos países evolucionados? Entre otras cosas: altos impuestos a los ricos, y excelentes servicios públicos de salud y educación.
No se trata de importar ciegamente la receta escandinava, del mismo modo que no podríamos importar su pasado vikingo, su moral protestante o su gusto por el arenque podrido. Aunque, pensándolo bien, el pescado en mal estado huele mucho mejor que las recetas culinarias del FMI, y que algunos titulares del «gran diario argentino».

PETRONIO