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2021 también se las trae

DOMINICALES

En agosto de 1814, un alegre contingente de unos 4.500 soldados británicos invadió la ciudad de Washington, capital de los Estados Unidos, y procedió a incendiar varios edificios públicos, incluyendo el Capitolio y la Casa Blanca. Liberados de sus compromisos bélicos contra Francia (Napoleón ya estaba cautivo), los ingleses se dirigieron hacia su ex colonia con el objeto de vengar varios actos de vandalismo cometidos por los norteamericanos en Bermuda y Canadá, todavía colonias de la Corona.

Madison.

Haciendo la «Gran Sobremonte», el hoy venerado presidente James Madison abandonó presuroso la capital al enterarse que sus tropas habían sido derrotadas, a pocos kilómetros, en Blandensburg. Lo hizo no sin antes encargar a su mujer que se ocupara de rescatar bienes del pillaje británico. Una tarea que ésta, a su vez, encomendó al nutrido contingente de esclavos que servían a la pareja presidencial.
Libres de toda resistencia, los ingleses procedieron en primer lugar a destruir el Capitolio, por cuanto éste era «el único edificio digno de mención» en la joven capital norteamericana. En el incendio se produjo la destrucción casi total de la sede de ambas cámaras del Congreso y de la Corte Suprema, y allí perecieron los magros 3.000 volúmenes que integraban la Biblioteca Nacional. Luego la emprendieron con la Casa Blanca, el Departamento del Tesoro (donde no encontraron ni un mango que llevarse) y el Departamento de Guerra.
Sin embargo, el asedio duró apenas 26 horas. Como aparentemente EEUU goza de la «suerte de los campeones», una poderosa tormenta -posiblemente un huracán- asoló la zona, apagando los incendios, y dañando considerablemente las naves del ejército invasor, que debió retirarse presuroso. Quién sabe qué hubiera pasado con el futuro imperio norteamericano de no mediar aquel golpe de suerte.

Déja vu.

Poco más de dos siglos tuvieron que pasar de aquel episodio -que, por algún motivo, no se menciona a menudo en el relato histórico yanqui- para que el Capitolio, símbolo máximo de la democracia norteamericana, fuera invadido y saqueado. Esta vez, sin embargo, no se trataba de los gallardos soldados ingleses, sino de una variopinta fauna de ciudadanos norteamericanos, comandados tan luego por el propio presidente de aquella nación.
Los invasores vestían coloridos disfraces, caras pintadas, cascos con cuernos y hasta remeras con la inscripción «Camp Auschwitz», en aparente celebración del genocidio nazi. Algunos portaban banderas confederadas, las mismas que habían sido derrotadas en la Guerra de Secesión (curiosamente, unas horas antes, el Estado de Georgia acababa de elegir al primer senador negro del Sur en toda la historia). Varios de los atacantes transmitieron en vivo por internet durante el asedio, un «trabajito» pago por la red social Dlive.
Y aunque la turba de atacantes fue tratada con cordialidad por las fuerzas de seguridad -después de todo, eran blancos, no como los muchachos del «Black Lives Matter»- ello no les impidió matar a un policía, partiéndole la cabeza con un matafuegos. El tumulto obligó a levantar la sesión legislativa que debía consagrar al nuevo presidente Joseph Biden, y los legisladores debieron huir despavoridos.

Esquizo.

El presidente Trump, que a la mañana alentó el motín y hasta les prometió -falsamente- que «estaría con ellos», al llegar la tarde y ya perpetrado el atentado institucional, le pidió a sus seguidores que se fueran «a casa en paz», asegurándoles que los amaba. Luego, bajando más aún el tono, prometió que a partir de entonces -y con apenas dos meses de tardanza- se iniciaría una «transición ordenada y pacífica» hasta la asunción del nuevo presidente. Al día siguiente, de todos modos, anunció que personalmente no asistiría a ese acto, en lo que constituye una rara falta de protocolo en nuestros tiempos, pero de la que hay varios antecedentes históricos en EEUU.
Semejante despliegue de esquizofrenia hizo pensar a más de uno en la necesidad de remover al presidente de inmediato, aunque le queden menos de dos semanas en el poder. La líder demócrata Nancy Pelosi -cuyas oficinas fueron especialmente vandalizadas el miércoles- recordó que este sujeto todavía tiene disponible el botón para disparar armas nucleares.
Los norteamericanos bienpensantes -con Biden a la cabeza- han repetido desde entonces que los episodios del Capitolio no los representan, que «nosotros no somos así», pretendiendo ignorar el largo historial de violencia política en su país. Sólo les faltó decir que los asaltantes en realidad eran «planeros» que habían ido a la manifestación «por la coca y el hot dog».
Mientras tanto, el presidente saliente no sólo deberá tolerar ahora que lo traten de «perdedor». Además de eso, se quedó sin su cuenta de Tweeter, y por ende, sin su única labor comprobable. Si el 2020 había sido un año extraño, el 2021 también se las trae.

PETRONIO