sábado, 19 septiembre 2020
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74 metros de felicidad

DOMINICALES

Cuando Seth Wheeler patentó el rollo de papel higiénico, en 1891, acompañó en su formulario un dibujo que vendría a zanjar una discusión hogareña que debe haber causado más de un divorcio: la forma de colocar el rollo en el tubo que lo sostiene. Según su inventor, el papel debe salir desde arriba, y el eje debe girar en sentido anti-horario. Nada que vaya a cambiar las posiciones de nadie, pero este pequeño detalle sirve para iniciar el debate, tantas veces postergado, sobre el desproporcionado papel -valga la redundancia- que este adminículo supuestamente destinado a la higiene tiene en nuestra cultura.

Pánico.
Están frescas en la memoria las escenas de supermercado, a comienzos de la pandemia, cuando actuando su propia película de ciencia-ficción, los cuarentenistas novatos arrasaban las góndolas en busca de fideos, arroz, harina y… toneladas de rollos higiénicos. Las imágenes de apartamentos atestados con estas provisiones, y hasta las ingeniosas esculturas elaboradas por artistas con el papel de toilet, inundaron el intercambio virtual de fotos en internet.
¿Qué parte oscura de nosotros se conecta con este objeto de consumo? ¿Tendremos que acudir aquí también a Sigmund Freud? Porque, desde luego, ya existe ese enfoque: esta conducta se relacionaría con la personalidad «anal», ligada a la necesidad del orden, el acaparamiento y el temor a la contaminación, que a su vez se asocia con tendencias obsesivo-compulsivas que se disparan cuando la gente se siente amenazada. Es así, al menos, si le creemos al profesor Nick Haslam, de la Universidad de Melbourne, Australia, autor de un curioso volumen intitulado «Psicología del baño».
Desde la filosofía, William James supo decir que «nuestra opinión con respecto al valor de las cosas , sea buena o mala, depende de los sentimientos que esas cosas despiertan en nosotros». Adoramos la comida porque nos recuerda a nuestra madre, y adoramos al papel higiénico, tal vez, porque somos muy conscientes de su rol en el final del proceso de digestión que inicia el alimento materno.

Gustos son gustos.
En realidad el uso higiénico del papel es muy anterior a la patente del viejo Wheeler. Hay registro de que los chinos (cuando no, adelantados) lo empleaban tan temprano como en el siglo VI, aunque -según la fuente consultada- procuraban no emplear impresos de textos sagrados para estos fines profanos.
Y así como nuestros paisanos solían dar uso a una mazorca humedecida (y comunitaria) para estos menesteres, los antiguos griegos empleaban una esponja, atada al extremo de un palo, que tras el uso era dejada en un balde con vinagre o agua salada, como cortesía para el próximo usuario. Como se ve, los griegos no se privaban de nada.
Aunque necesarios, no son temas para abordar a la hora del almuerzo. Como aquel conductor de noticiero televisivo que, para ilustrar la crisis económica de Venezuela, decía a viva voz que en ese país «no tienen papel higiénico para limpiarse la cola». Ese habrá sido el día en que la mayoría de los argentinos decidió que no quería aquel destino caribeño para nuestra gallarda nación.

Higiene.
Ahora bien, la verdad, la verdad, es que ni el papel -aunque le pongan perfume o textura- ni las toallitas húmedas que nos venden como superadoras, son tan higiénicas como nos quieren hacer creer los fabricantes. De hecho, suelen ser contraproducentes.
Desde la medicina se quejan por tener que recibir pacientes con irritaciones severas, debidas al uso obsesivo y frotativo de papel como agente de limpieza. Y es que nunca será tan higiénico como el agua, ese elemento natural y ubicuo. Es como una metáfora del consumismo: por mucho que te frotes con el fetiche que adquiriste en el mercado, la respuesta nunca será satisfactoria.
Si la ciencia ya se ha expresado al respecto, ¿cómo es que se impuso esta costumbre? Se trata, desde luego, de un producto hijo de la revolución industrial, y más específicamente de la tendencia higienizante que se inicia con Pasteur y el descubrimiento de los microbios. A no dudarlo también habrá tenido influencia su uso en los frentes de guerra: buena parte de la industria actual (la comida procesada incluida) proviene de aquella maquinaria industrial que tras la Segunda Guerra quedó ociosa y se reconvirtió. Pero uno debería tender a buscar un estándar de vida superior al de las trincheras europeas de 1915.
Curiosamente la invención -infinitamente más higiénica- del bidet es muy anterior: se dice que hasta María Antonieta tenía uno en la celda mientras esperaba la guillotina: los franceses tampoco se privan de nada. En EEUU este invento nunca prosperó, en buena medida, gracias al puritanismo, hermano gemelo del capitalismo, que sospecha de cualquier cosa que pueda ser usada para el placer.
Es así, tal como lo denunció H.L. Menken: el puritanismo es el miedo acuciante de que alguien, en algún lugar, pueda ser feliz.

PETRONIO