Inicio Opinion A 6 años del primer "Ni una menos"

A 6 años del primer «Ni una menos»

El 3 de junio de 2015 se produciría en todo el país una movilización feminista sin precedentes. Con la asistencia de más de 200.000 personas, ese primer Ni Una Menos llenó las calles argentinas de amigas, hermanas, de madres y abuelas que compartían la consigna de visibilizar la violencia machista en toda su expresión.
VICTORIA SANTESTEBAN *
3J. «Desde 2015, cada 3 de junio, damos un poderoso y feroz grito. Cientos de miles de personas nos encontramos en la calle para ser la voz de quienes ya no la tienen, víctimas de la violencia femicida. Ponemos cuerpo, palabra, banderas y carteles para decir que la violencia machista mata y no sólo cuando el corazón deja de latir. Porque la violencia machista también mata, lentamente, cuando coarta libertades, participación política y social, la chance de inventar otros mundos, otras comunidades, otros vínculos» … se lee al comienzo del manifiesto de Ni Una Menos, consigna que a seis años de su aparición persiste, con dolor desesperado y como grito urgente: nos están matando.
Así lo escribió la periodista Marcela Ojeda, cuando en el marco del femicidio de la adolescente de 14 años, Chiara Páez, en mayo de 2015 tweetió: «Actrices, políticas, artistas, empresarias, referentes sociales … mujeres, todas, bah.. no vamos a levantar la voz? Nos están matando». Unas semanas después, el 3 de junio de 2015, se produciría en todo el país una movilización feminista sin precedentes. Con la asistencia de más de 200.000 personas, ese primer Ni Una Menos llenó las calles argentinas de amigas, hermanas, de madres y abuelas que compartían la consigna de visibilizar la violencia machista en toda su expresión, desde la brutalidad femicida hasta la sutileza simbólica del lenguaje. El primer 3 de junio desconocíamos la fuerza que cobraría el movimiento, que se replicó en el mundo y es inspiración de luchas que traspasan las fronteras. Pero, con intuición de brujas, esa tarde vaticinamos la convicción hecha también consigna, que impregna nuestra cotidianeidad para hacer de lo personal, político: a la opresión y al silencio no volvemos, nunca más.

Femicidios.
De aquel 2015 a hoy, las voces hartas de la violencia reiteran que el machismo, pandemia mediante, continúa haciendo alarde de una salud de hierro. Salud que consiguió por su perpetuación histórica, por enquistarse en cada recoveco social hasta volverse norma, hasta automatizarse y confundirse con lo natural. El patriarcado como sistema de opresión institucionalizado explica los números de la violencia: los femicidios como su expresión más brutal son funcionales a este sistema de creencias que cosifica el cuerpo de las mujeres para uso y disposición capitalista de los varones. Conforme el registro de femicidios de la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema, en 2015 un total de 235 mujeres fueron víctimas de femicidio, es decir, asesinadas por su condición de mujeres. Los números se han mantenido en el tiempo: en 2016 ascendió a 254, en 2017 a 273, en 2018 a 278 femicidios, en 2019 se registraron 268 y en 2020, 251. En lo que va de 2021, se cometieron 143 muertes de mujeres, trans y travetsis. Las cifras que contabilizan la violencia letal dan cuenta que, en el país, cada 25 horas, una mujer es víctima de varones que cumplieron con el mandato de dominación masculina marcada por el patriarcado.

Paren de matarnos.
El grito que no es pedido ni plegaria sino expresión de hartazgo, continúa vigente en una Argentina que a pesar de los esfuerzos legislativos no llega a tiempo para frenar las muertes por la condición de género. En un repaso acelerado por la normativa nacional, vemos que el país ratifica la Convención de Belém do Para para la eliminación de la violencia contra las mujeres en 1996; en 2009 se sanciona la ley 26485 de protección integral a las mujeres; se modifican el código civil y el penal con perspectiva de género y de derechos humanos; se crean oficinas, juzgados, fiscalías y comisarías presuntamente especializadas en violencia de género; proliferan leyes y políticas públicas para la erradicación de la violencia, se conquistan por fin derechos como el aborto legal, seguro y gratuito, pero los números de la violencia no dan tregua. El mundo con igualdad de género alcanzado sólo en los papeles dista de la realidad nacional, porque las normas continúan aplicándose en clave patriarcal. Por eso, la consigna actual del Ni Una Menos suma la necesidad de una reforma judicial feminista: que vaya por todo para salir del entramado que pretende dar fin a la violencia de género con intentos hipócritas, sobre andamiajes que responden al machismo y no hacen más que reproducir esa violencia que se jactan de repudiar. Y ante la desesperación del entrampamiento generado por la revictimización de un sistema que no protege, sino que vuelve a violentar, decir Paren de Matarnos va dirigido también y sobre todo al Poder Judicial.

Vivas nos queremos.
De 2015 a esta parte, mujeres, niñas, adolescentes, trans, travestis e identidades no binaries pisan las calles con otra fuerza, para irrumpir en la fiesta pública de la participación política, a esa a la que nunca nos invitaban. Y aunque por segunda vez, el 3J nos encuentre en casa, se milita desde el hogar, con un cartelazo, el «vivas y libres nos queremos». Soberanas, sororas, empoderadas, críticas, alegres, fuertes… convencidas de que el patriarcado se va a caer, porque lo estamos tirando.

* Abogada, magíster en Derechos Humanos y Políticas Públicas