A pagar la fiesta del endeudamiento

El anuncio del ministro de Hacienda y el presidente del Banco Central sobre la aprobación del préstamo del FMI por 50 mil millones de dólares constituye una copia fiel de lo que sucedió bajo el gobierno de Fernando De la Rúa. Los mismos eufemismos, las mismas opiniones de los economistas ortodoxos, los mismos titulares de Clarín y La Nación. Hasta las mismas sonrisas y las mismas frases: “esto es una buena noticia”.
El despliegue de marketing político es imprescindible para ocultar la verdadera razón de este préstamo y de su objetivo primordial. La nueva “caída” en el FMI no es un triunfo sino un fracaso: los “mercados” -léase los grandes bancos multinacionales- le retiraron la financiación al gobierno pues también le retiraron la confianza al evaluar, y no sin razón, que agotó su capacidad de pago. La apresurada corrida de Nicolás Dujovne a Washington es lo menos parecido a una victoria. Es sabido que el FMI es el prestamista de última instancia, al que se recurre cuando ya nadie presta un dólar a un deudor desacreditado. Eso en cuanto a las razones. En cuanto al objetivo, es muy preciso: el préstamo llega para garantizar el cobro de los acreedores, de los bancos que prestaron para generar este descomunal endeudamiento al que nos llevó el macrismo. Las otras metas anunciadas por los sonrientes funcionarios están subordinadas a esta.
El acuerdo tendrá una vigencia de 36 meses, por lo tanto comprometerá al próximo gobierno. Al respecto muchos analistas sostienen que este renovado “blindaje” del FMI tiene, entre sus propósitos, respaldar la reelección del macrismo. El año que viene -dicen los observadores- habrá financiamiento para que Cambiemos afronte el calendario electoral con recursos y llegue mejor posicionado a octubre.
El problema de esa especulación es el paquete de medidas que el gobierno se compromete a cumplir. Entre ellas: reducir la masa salarial en el Estado, ajustar el sistema jubilatorio, amputar la obra pública, recortar las transferencias a las provincias y acelerar la quita de subsidios. También podar la emisión monetaria, bloquear el financiamiento del Banco Central al Tesoro y dejar el dólar liberado a la mano invisible del mercado.
Conocemos muy bien las consecuencias indigestas de este menú. Devaluación, inflación, caída del consumo, del salario, de la actividad industrial, aumento del desempleo, recesión… No hay un solo país que se haya salvado de estas calamidades con las recetas del FMI. Hace 18 años los argentinos lo sufrimos en carne propia. Ahora les tocó a los griegos; y en el medio a otros países.
La fiesta del endeudamiento terminó y ahora hay que pagarla. Pero en ninguna parte del discurso de los funcionarios se habla de aumentar impuestos a los más ricos. Ni siquiera de reimplantar los tributos progresivos que fueron casi extinguidos como Bienes Personales y retenciones a las exportaciones entre otros. Tampoco de afectar a quienes embolsaron millones con la bicicleta financiera y fugaron capitales al exterior como nunca antes.
Este gobierno de grandes empresarios, integrado por Ceos que tienen sus fortunas en dólares depositadas en el extranjero, ni se plantea esa alternativa. Y acude al FMI porque coincide en todo con su catecismo de siempre: los que pagan son los de abajo, nunca los de arriba, aunque ello implique una brutal transferencia de ingresos desde los sectores populares hacia la elite económico-financiera. La consecuencia directa de este proceso es una sociedad mucho más desigual, mucho más “latinoamericana”, tal como lo venían reclamando los más conspicuos representantes del “círculo rojo”.
Este es el verdadero rostro del “cambio”, el que no logró ver a tiempo la mitad más uno de los votantes cuando decidió optar en favor de la “revolución de la alegría”, a pesar de las advertencias de quienes, entonces, fueron acusados de “sembrar el miedo”.