Agresiones contra Kicillof dan pie a un interesante debate político

EMILIO MARÍN
El viceministro de Economía viajaba con su familia y fue agredido por pasajeros de Buquebus. La agresión fascistoide fue casi igualada un “escrache” de los organismos de derechos humanos. Y atribuida a la “violencia” generada por la presidenta.
Axel Kicillof viajaba en clase turista de Buquebus, desde Colonia a Buenos Aires, con su esposa y sus dos hijos, de 2 y 4 años, el 3 de febrero. Volvía de unas vacaciones en su casa a pocos kilómetros de Colonia y que, aunque la revista Noticias quiere presentar como “una casa de dos pisos”, se trata de una vivienda modesta, en un terreno de 1.200 metros.
La investigación de Perfil dice que el lote fue adquirido en 2005 y la casa hecha en 2006 por unos 90.000 pesos. Queda claro que no se trata de ninguna mansión, de los ricos y famosos que ama la editorial de Fontevecchia.
Viniendo de ese lugar y viajando en turista, se comprende menos la reacción furiosa de esa parte del pasaje que empezó con los insultos y agresiones. Fueron varios los agresores contra una sola persona, lo que implica una cuota elevada de cobardía. Y mucho más cuando el agredido estaba con su esposa y dos pequeños, quienes lloraban, sintiéndose en riesgo y viendo sufrir a sus padres.
Difícil saber en qué hubiera terminado la agresión si la víctima no aceptaba la sugerencia de la tripulación y marchaba rumbo a la cabina del capitán. ¿Los más exaltados, habrían llegado a la agresión física?

La sola pregunta los califica.
¿Quiénes fueron los agresores? Según la delirante Elisa Carrió, eran “trabajadores y personas de clase media”. Lo primero, harto difícil; lo segundo, muy posible. No se trata de un acertijo. Con ver el grueso de los caceroleros del 13-S y del 8-N, se puede acertar en que se trataba del mismo público. En esos repudios al gobierno había más personas de clase alta y varios oligarcas, que el domingo 3 habrán viajado en primera clase. Estos, en los palcos VIP, y los patoteros de la barra brava, agrediendo en la “popu”.
“Chorro”, “ladrón”, “corrupto”, “puto”, “cagón”. ¿A quién repudiaban de ese modo? ¿A Carlos Menem, Fernando de la Rúa, Domingo Cavallo o Mauricio Macri? Negativo. Su blanco era un joven economista que lleva poco tiempo en la función pública y no fue acusado de ningún delito.
Menos aún se le ha imputado el vaciamiento del país o la afectación de los intereses de la mayoría de sus habitantes.
Al contrario. Kicillof asumió posiciones en defensa del derecho del Estado a nominar directores en grandes empresas donde aquél tenía acciones. Se trensó con el pulpo siderúrgico Techint, que no le permitía a él y otros directores nombrados por el gobierno acceder al directorio, pese a contar con 26 por ciento de los papeles de la empresa luego de la supresión de las AFJP.
El viceministro pulseó con los Rocca hasta que el Estado tuvo lo suyo.
Cuando Techint volvió a quejarse de que los costos laborales de Argentina eran muy elevados y los salarios más altos que los de la región, buscando una devaluación, le tapó la boca con los datos de las infladas ganancias del grupo gracias en parte a los subsidios del Estado en energía y protección arancelaria. También acotó que esta siderúrgica era la principal favorecida por la construcción de 100.000 viviendas con el programa estatal de Pro.Cre.Ar.
Dicen las malas lenguas que Kicillof fue el ideólogo, o uno de los principales, de la nacionalización de Repsol-YPF en abril de 2012.
Debe ser por eso que Carlos Pagni, de “La Nación”, lo acusó de marxista en marzo de 2012. Toda esta historia está en la base de la agresión que brotó de golpe el domingo; los caceroleros de Buquebus tuvieron buena puntería al tirar contra Kicillof.

Mentiras verdaderas.
Establecidos los hechos de la agresión, con abundante prueba, y clarificado el sentido nacional del funcionario y el sesgo cacerolero de sus agresores, interesa pasar a un segundo tema: ¿cómo valoraron ese suceso los medios y la oposición?
Después de leer las declaraciones de Carrió, Macri, José M. de la Sota, Ricardo Gil Lavedra, Gustavo Ferrari, Hugo Moyano, Patricia Bullrich, etc; y de revisar las columnas de Joaquín Morales Solá, Ricardo Kirschbaum, Luis Majul, Santiago Kovadloff, y editoriales de “La Nación” y notas de Noticias-Perfil, se puede extraer la siguiente
conclusión: de palabra dicen estar en desacuerdo con la agresión sufrida por Kicillof, pero en el fondo responsabilizan al gobierno nacional por haber creado, supuestamente, el clima “de violencia”.
En la óptica de la oposición conservadora, “la causa” básica de la agresión corresponde a la política de Cristina Fernández y sólo “el efecto” menor debe facturarse a los pasajeros del aliscafo.
Macri tiene muchas dificultades para hilar dos frases seguidas, pero debe reconocérsele que en esta materia tiene las cosas claras.
Atribuyó las encendidas protestas “al clima de confrontación que ha generado el Gobierno”. “No comparto la modalidad y estoy totalmente en desacuerdo, pero el Gobierno nacional quiere dividir la sociedad entre buenos y malos, y colocarse arbitrariamente del lado de los buenos”, dijo el referente de la derecha.
Lo de Morales Solá el miércoles 6, en “La Nación” no tuvo desperdicio.
En su columna “Detrás de los escraches, el hartazgo social” se pudo
leer: “El núcleo del problema es, entonces, el conflicto de la Presidenta, y del oficialismo en general, con cada vez más numerosos sectores sociales. Analistas de opinión pública están seguros de que Cristina Kirchner se enfrentará en los próximos meses con encuestas que se irán empobreciendo inevitablemente. La deducción se respalda en que ninguna de las grandes quejas sociales (inseguridad, inflación, soberbia presidencial) parecen tener un remedio cercano. El repudiable escrache es una mala práctica, pero es también un termómetro fiable de la opinión social”.
O sea que atribuye a la presidenta la culpa de la violencia y lo ocurrido con su viceministro, y valora que lo de Buquebus sería un termómetro fiel de “un final de ciclo político”.
El resto de los enfoques citados reitera estos conceptos. Majul busca ser el más duro de todos y se remonta a Néstor Kirchner y sus supuestos aprietes al periodismo crítico y a algunas empresas como Shell, para ir más allá de la crítica de sus colegas a CFK.
Esto es lo positivo del desgraciado momento que le tocó vivir a
Kicillof: ha detonado un fuerte debate político sobre la situación argentina, las causas y circunstancias.
El cronista tiene una opinión contraria a la del conglomerado monopólico. Sin creer que el gobierno sea un santo, entiende que la agresión provino del establishment y la reacción política, en contra de las autoridades asumidas en mayo de 2003. Hay que remontarse al chantaje de Claudio Escribano, vicedirector de “La Nación”, haciéndose eco de que en EE UU se lamentaban que los argentinos hubieran elegido un gobierno por un año.

Escraches sí, fascismo no.
Como parte de esa ardua discusión política, la oposición y los medios monopólicos han presentado lo padecido por el viceministro como un “escrache” y han afirmado que todos los “escraches” son igualmente repudiables y fascistoides.
Carrió, Paula Bertol y Laura Alonso (PRO) argumentaron en esa dirección, aunque siempre pegándole más al gobierno que a los violentos caceroleros. Para la primera, los peores y más violentos escraches serían realizados por la presidenta en Twitter, seguida por Hebe Bonafini contra la justicia.
Morales Solá también apuntó a la Casa Rosada: “¿Por qué algunos escraches deberían ser malos, se pregunta el ciudadano de a pie, cuando la propia Presidenta escrachó en cadena nacional, como sucedió con el dueño de una inmobiliaria?”.
Según esa valoración, todos los escraches serían igualmente malos, aunque los de origen kirchneristas serían los peores.
HIJOS y demás organismos de derechos humanos comenzaron con los escraches a los domicilios de los represores, a mediados de los ’90, estrenando una metodología adecuada para proseguir la lucha por la justicia, con las leyes del perdón blindando a esos personajes.
Camilo Juárez, de HIJOS, fue al panel de 678 esta semana y recordó ese origen de la movilización, explicando que se quería que los vecinos supieran quién era el asesino que compraba el pan o el diario como si fuera un hombre común.
Justamente el primer escrache, o uno de los primeros, se realizó en
1996 contra el médico y marino Jorge Magnacco, que atendía partos en la ESMA y robaba los bebés a las madres secuestradas en ese lugar y luego asesinadas.
Por esas vueltas del destino, en los mismos días en que se discutía sobre Kicillof, Magnacco fue filmado violando el arresto domiciliario y yendo de compras a un shopping, lo que le valió ser mandado otra vez de Barrio Norte a Marcos Paz.
Escrachar a estos responsables de tanta muerte fue y es un método correcto, usándolo en el momento adecuado, para evitar que la justicia o la política neoliberales les brinden impunidad. Comparar este método con lo que le hicieron a Kicillof no es comparar peras con manzanas.
Es mucho peor. Es reflotar, con otras palabras, la “teoría de los dos Demonios”, apuntando como de costumbre más contra el demonio subversivo, zurdo, marxista, judío, bolche, kirchnerista y montonero.