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Aislarnos para estar unidos

La situación presente no sólo es asimilable a una guerra. Es, en realidad, una guerra. El problema es que cada miembro de la humanidad es un combatiente. Y que muchos, demasiados, no tienen la conciencia adecuada para librar esta batalla.
Estamos siendo agredidos por un microorganismo invisible a los ojos, con una eficacia y una amplitud que ninguna persona viva tiene memoria, en su historia vital, de una experiencia comparable. Sin embargo, la humanidad ha vivido estas crisis recurrentemente a lo largo de los siglos: la ventaja es que hoy sabemos exactamente lo que está sucediendo. Es más, lo supimos a apenas dos semanas de descubierto el primer caso.
Esta guerra no reconoce límites nacionales. Hablar de que se trata de un «virus chino» no sólo revela una profunda ignorancia, sino también un peligroso racismo. Es la clase de conductas que en una guerra se califican como «traición». Del mismo modo, analizar lo que sucede a la luz de las mezquinas diferencias políticas internas de cada país, es un despropósito mayor. A la muerte la tienen sin cuidado la grieta política argentina y sus patéticos episodios.
El límite que debe preocuparnos, en este momento, no es el que nos separa de los adversarios políticos, ni de los países vecinos, ni siquiera de las naciones que llevan la delantera en el número de infectados y de muertos. El límite está mucho más cerca -y más imperceptible- para todos nosotros. Se trata de la frontera que separa al mundo humano del mundo de estos virus mutantes.
Somos sin duda la especie prevalente en el planeta. Tanto es así, que nuestra población se multiplica año a año, como lo hace, también, la de los animales y plantas que hemos colonizado para nuestra subsistencia. No podemos pretender que esa prevalencia no sea cuestionada por otros seres vivos, del tamaño que sean.
Si algo nos enseña toda la ciencia -la biología, sí, pero también la antropología y la historia- es que nuestro sitial prominente no fue obra de la genialidad de algún individuo, sino de la capacidad que el género humano tuvo para acordar y ejecutar acciones conjuntas, en grandes grupos, y en forma flexible. Esta última característica es esencial, y es la que nos separa de otros seres vivos -como abejas y hormigas- con gran capacidad organizativa, pero sin la flexibilidad necesaria para adaptarse a los cambios y a las amenazas del ambiente.
Esa flexibilidad inteligente nos impone ahora la tarea de aislarnos para estar unidos, por paradójico que parezca. Para no darle al virus la ventaja que representa la tendencia gregaria y afectiva de nuestra especie, que es caldo de cultivo para el contagio.
El mundo y nuestro país en particular, venían siendo bombardeados, desde las usinas de poder, con un mensaje individualista, que promovía el «emprendedurismo» pero también la codicia y la discriminación. Como resulta claro, esa ideología y ese tipo de conductas no tienen lugar en los tiempos que corren. Excepto, claro está, para quienes hayan decidido autoinmolarse en nombre de esos supuestos ideales.