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Al compás de la pandemia

El regreso de las clases en La Pampa a esta altura del año es otra muestra más de lo fuerte que ha trastocado el Covid-19 la vida de la sociedad humana. En todo el territorio nacional solo nuestra provincia y Formosa están logrando este objetivo; unas pocas provincias habían podido comenzar y tuvieron que interrumpir las clases presenciales ante el avance de nuevos brotes de la pandemia. Por eso la reapertura de las escuelas pampeanas fue una noticia que tuvo repercusión nacional, lo cual habla a las claras del estado de excepción que estamos viviendo en el país y el mundo.
Con pocos alumnos en las aulas, menos horas diarias y un estricto protocolo que todos deben cumplir apenas traspasan el umbral de las escuelas, la actividad pedagógica tuvo que adaptarse a las condiciones adversas que plantea una enfermedad que se propaga a velocidad de vértigo. De hecho, el último rebrote que afectó a la provincia en las poblaciones del norte provincial, y algunas malas noticias que llegan de otras localidades, impuso restricciones al deseo inicial de las autoridades educativas de abrir las escuelas en toda la geografía pampeana. Intendente Alvear, Bernardo Larroudé, Realicó, Rancul, 25 de Mayo, La Adela, Doblas, Sarah y Adolfo Van Praet no serán de la partida; al menos por ahora.
El transporte urbano también tuvo que adaptarse a las exigencias que plantea el retorno escolar con medidas de seguridad adicionales y un sistema de refuerzos en coincidencia con los horarios novedosos que un esquema de clases tan inusual plantea. Es evidente que la reciente estatización de este servicio en la capital pampeana hizo las cosas más sencillas a la hora de decidir los cambios. La pandemia no solo trajo complicaciones, también enseñanzas.
Pero hay otras facetas de esta enfermedad mucho más sombrías y que nos obligan, como sociedad, a tener ojos y oídos muy alertas. El informe que publicó ayer este diario sobre el incremento de las causas judiciales por violencia de género y abuso sexual en el ámbito familiar nos ponen otra vez frente a una lacra social, producto de la cultura patriarcal, que las condiciones de aislamiento sanitario no hacen más que exacerbar. Según ese trabajo estadístico, elaborado con datos oficiales del fuero penal, cuatro de cada diez sentencias están relacionadas a causas de violencia de género; si se suman los abusos sexuales el total supera la mitad de los fallos.
Alguien dijo que la pandemia sacó lo mejor y lo peor de las personas, y parece que no se equivocó. La vulnerabilidad de los débiles y el poder de los fuertes -tanto en el sentido socioeconómico como en el de la relación de los géneros- se han potenciado ante el avance de la peste. De ahí que el rol del Estado adquiera una relevancia inusitada. La cruzada neoliberal había pretendido reducir el Estado a mero observador pasivo de lo que decide el mercado, pero si hoy se aplicara ese dogma el futuro de la humanidad no valdría dos pesos. En todas las actividades sociales, sin excepción, se requiere de más presencia del Estado. Hasta en la atención de los dramas «privados» que suceden tras las puertas cerradas de las viviendas familiares.