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Algo más que policías violentos

En las últimas semanas la opinión pública mundial -también la argentina, obviamente- se vio sacudida por las noticias acerca del violento accionar de la policía de Estados Unidos con tantos casos de «gatillo fácil». Esa brutalidad se evidencia no solamente en las noticias sino también en las estadísticas que muestran con claridad que las muertes de negros y latinos a manos de la policía superan largamente las de los llamados blancos. Sobran las evidencias para afirmar que en Estados Unidos -un país que rinde culto a la violencia- la policía, especialmente en algunos estados, procede con muy elevados niveles de racismo.
Pero esa irracionalidad no es patrimonio exclusivo de la nación norteamericana. Si volvemos la mirada hacia nuestro país, también podemos apreciar muchos casos de violencia extrema protagonizados por los cuerpos armados que han dado lugar a hechos estremecedores y, lo que es peor, en ocasiones avalados por la autoridad política. Uno de los casos más recordados fue el del policía Luis Chocobar, quien asesinó por la espalda a un joven que huía después de cometer un hurto callejero y cuando ya no significaba un peligro para nadie. La escena quedó registrada en una cámara de seguridad y se hizo viral por las redes y los medios. Lo peor llegó después, cuando semejante proceder fue destacado por la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, y el policía fue recibido nada menos que por el entonces presidente de la Nación, Mauricio Macri, en la propia Casa Rosada. A la par de las felicitaciones por el «valor» del policía homicida, se destacó su accionar como un ejemplo para las fuerzas de seguridad en lo que fue conocido como «doctrina Chocobar».
Siguiendo con los ejemplos que dieron lugar a una seria crítica, se recuerdan las intervenciones violentas en la cordillera patagónica que dejaron como saldo las muertes de Santiago Maldonado y de Rafael Nahuel. En el norte del país, la provincia de Tucumán fue escenario de otro crimen horrendo cuando un policía asesinó a un niño de doce años y, poco más tarde, las cámaras de vigilancia grabaron el momento en que un policía de la Ciudad de Buenos Aires mataba de una patada a un hombre que caminaba por una calle quien, según se confirmaría después, padecía de una enfermedad mental.
El último escándalo en la materia ha sido la desaparición del joven Facundo Astudillo Castro, un caso que tiene como principal sospechosa a la policía de la provincia de Buenos Aires. Las investigaciones parecen indicar que los uniformados habrían ocultado elementos de prueba y plantado otras con el propósito de desviar las pesquisas. Pero también la actuación de algunos funcionarios judiciales ha sido cuestionada por la madre y otros familiares de la víctima. Por estas horas la autopsia sobre un cadáver que aparenta haber sido colocado en las inmediaciones del sitio de desaparición del muchacho, podría confirmar su identidad y también su forma de muerte.
En tanto, aparece como destacable la actitud del Presidente de la Nación y del gobernador de la provincia de Buenos Aires de recibir a la madre del joven desaparecido. En ambas reuniones los dos gobernantes le garantizaron a la mujer que las investigaciones no se detendrán hasta identificar a los responsables de lo ocurrido y llevarlos ante la Justicia. La diferencia con lo que ocurría bajo el gobierno anterior es evidente.
Como conclusión de este panorama general que presentan, en el país y en el mundo, las fuerzas de seguridad, puede señalarse que su accionar está íntimamente ligado a los procesos sociopolíticos que viven los países. Las políticas de seguridad no son neutras, ni son ajenas a los lineamientos que bajan los gobernantes. Alguien dijo que es posible imaginar un país sin fuerzas armadas, pero no sin policía. Esta reflexión, por sí sola, basta para explicar de lo que estamos hablando.