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Antidemocráticos

La embestida de los sectores agropecuarios más retrógrados contra el Banco Credicoop es otra muestra de la notoria dificultad de la derecha para adaptarse a las reglas de juego de la vida democrática. El enojo contra el diputado nacional Carlos Heller, quien promueve con otros legisladores el mal llamado «impuesto a las grandes fortunas» -en realidad, un modesto aporte por única vez-, llevó a varias entidades ruralistas a impulsar un boicot contra el único banco cooperativo del país.
Esas organizaciones no son representativas del «campo» argentino ni mucho menos. Son las ubicadas en la llamada zona núcleo, en donde el valor de la tierra es por lejos el más alto del país. Los principales impulsores de esta cruzada fueron, inicialmente, delegaciones de la Sociedad Rural de Varadero, Arrecifes, San Pedro, Rojas y Carmen de Areca que contaron con la inmediata adhesión de otras entidades del sur de la provincia de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba.
El tono agresivo de los comunicados convocando a retirar los depósitos del banco, muestra a las claras que se trata de un exhibición de fuerza de la ruralidad más poderosa y acaudalada, cuya realidad económica poco y nada tiene que ver con los pequeños y medianos chacareros ubicados en la mucho más extensa región semiárida y árida del país. Aunque canse hay que repetirlo: el «campo» no es uno solo; hay muchos «campos» aunque los que hagan ruido son siempre los mismos.
El Credicoop tiene una historia tan rica como poco conocida. Nació cuando el ministro de Economía de la última dictadura, José A. Martínez de Hoz pergeñó la mal llamada «Ley de Entidades Financieras» -vigente hasta nuestros días a pesar de casi 40 años de democracia- con la que destrozó las antiguas cajas de crédito. Muchas de ellas se fusionaron para constituir en 1979 un banco cooperativo, el Credicoop, que hoy tiene sucursales en todo el país; el 40 por ciento de ellas enclavadas en zonas agropecuarias. Entre tantas medallas el Credicoop tiene una que reluce con brillo especial: fue el único banco argentino que tras la crisis de 2001-2002 devolvió dólares a los ahorristas que habían depositado en esa moneda.
Quizás por esta historia es que en los ataques al Credicoop algunas entidades ruralistas dijeron cosas de este tenor: «estamos en lucha por pertenecer al mundo libre y evitar caer en las garras del castrochavismo y el Foro de San Pablo que Heller promueve».
Con mucho más altura el diputado replicó: «Es un acto profundamente antidemocrático, porque intentan sancionarme a mí y a la entidad que yo presido porque estoy participando de una iniciativa con la que no están de acuerdo. Yo no soy dueño sino el presidente del consejo de administración». Esta última expresión no debería pasarse por alto. La naturaleza del sistema cooperativo marca una diferencia rotunda con las sociedades de lucro. Las cooperativas -financieras, de servicios públicos, de trabajo, etcétera- no tienen «dueños»; en todo caso, los dueños son sus propios usuarios que se organizan con la finalidad de prestarse a sí mismos un servicio y no para obtener una renta.
No cabe duda de que la furia contra Heller y el Credicoop excede en mucho la pelea por el «impuesto a la riqueza». Es otra manifestación más de la verdadera «grieta», la que separa a quienes defienden dos modelos antagónicos de país: uno del privilegio, el otro de la equidad.