miércoles, 13 noviembre 2019
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Arde Cataluña

Las manifestaciones públicas producidas en Barcelona al conocerse las penas aplicadas a dirigentes independentistas, condenados por sedición, no reconocen antecedentes en España, al menos en el último medio siglo. Los manifestantes, que en definitiva respaldan la independencia del país catalán, interrumpieron los vuelos en la ciudad y cortaron las vías férreas, carreteras y autopistas nacionales e internacionales, creando un estado de conmoción interna de riesgo para el Estado español. Todos los medios coinciden en que son centenares de miles los ciudadanos que salen a protestar y a sumarse a las manifestaciones callejeras: semejante cantidad de personas -en una postura de abierta confrontación con el Estado nacional español- sembró el caos en la segunda ciudad del país, y desató una violencia represiva de alto nivel por parte de las fuerzas policiales.
El independentismo catalán no es un sentimiento nuevo; es más: si se repasa la historia de España se verá que, a grandes rasgos, el país se constituyó sobre la unión -a veces forzada- de grupos regionales con fuerte sentido nacional. Cataluña, con su singular presencia económica, ha sido de las regiones más destacadas y, también, castigadas durante el franquismo, cuando hasta se les prohibió hablar su idioma.
Las acciones violentas en Barcelona y otras ciudades catalanas, que posiblemente evolucionen hacia una huelga general, ponen al gobierno central ante una disyuntiva de hierro: o acepta las pretensiones de la región -algo impensable para la integridad de España- o enfrenta un estado de conmoción latente en toda Cataluña. Solo una apuesta al diálogo, algo que no se vislumbra, podría contribuir a la búsqueda de una solución, aunque con el riego de incentivar el mismo sentimiento independentista en otras regiones de la península.