Aunque usted no lo crea, húngaros hay

DOMINICALES

En una escena de la película “Esperando la carroza”, el personaje de Luis Brandoni se queja por teléfono ante un policía, de que en el velorio de su madre, que está en pleno curso, el cadáver que les entregaron para velar en realidad pertenece a una vieja húngara, aparentemente suicida. Ante la incredulidad del agente por el extraño relato, Brandoni comenta: “y… húngaros hay…”

Los hay, los hay.
Lo que viene a postular esa escena de la película -acaso la única unanimidad nacional: ¿a quién no le gusta?- tiene profundidades ontológicas: desde Argentina podría hablarse, así, de “la improbabilidad de lo húngaro”. A no dudarlo, algún becario del Conicet haría maravillas con ese título.
Pero la verdad es que Hungría existe, y no sólo existe, sino que -aunque el personaje de Brandoni se sorprendería de saberlo- tiene muchos más puntos de conexión con nuestro país de los que podría suponerse.
Pongamos por caso el adagio “Dios es argentino”, con el que se procura explicar las riquezas naturales de nuestro país, aunque no así los pésimos gobiernos que suelen asolarlo. Resulta que los húngaros tienen su propia versión de ese mito, y no como una mera frase folclórica, sino como una teoría bastante elaborada. Según ésta, Jesucristo habría sido húngaro. Una noción algo extraña -la nación húngara tardó algunos siglos después de Cristo en formarse- pero que tendría fundamentos étnicos, y explicaría por qué motivo los magiares hablan esa lengua endemoniada, sin relación alguna con los idiomas de sus vecinos europeos.

No los voy a defraudar.
Por supuesto, lo que anida detrás de este delirio no es otra cosa que un nacionalismo, digamos, algo derechoso. Una faceta no muy simpática cuyo ejemplo más gráfico quizá sea la reciente filmación de una periodista húngara aplicando patadas y zancadillas a los pobres refugiados sirios que intentaban ingresar a su país.
Otra expresión de este nacionalismo es el actual primer ministro, Víktor Orban, gran amigo de Putin, euroescéptico y ex jugador de fútbol.
Tanto le gusta el fútbol, que hizo construir con dineros públicos un magnífico estadio con capacidad para 3.500 espectadores en su pueblo natal, Felcsút. Los negativos de siempre lo han criticado como un “monumento a la corrupción y la megalomanía”, aduciendo que en el propio pueblito no viven más de 1.500 habitantes.
Esta mezcla de deportes, corrupción y banalidad, no puede sino recordarnos a cierto presidente argentino que en los años noventa hizo construir una aeropuerto en su minúscula villa de Anillaco, hoy convertido en una suerte de vivero natural donde hoy pululan yuyos de las más variadas especies (por cierto, Orban, ya que estaba, también se hizo construir un aeropuerto en Felcsút).

La mano de Dios.
Lo que no puede negarse es que el súper estadio tiene un nombre simpático: se llama “Pancho Arena”. Y la historia de cómo adquirió ese apelativo español no es menos pintoresca.
El nombre homenajea al más grande jugador de fútbol de la historia de Hungría, Ferenc Puskás, integrante de aquel glorioso equipo que descolló en el Mundial de 1954. Nuestro amigo Ferenc terminó siendo ídolo del Real Madrid -junto al argentino Alfredo Di Stéfano- donde conquistó quince títulos. Como al parecer en Madrid les costaba pronunciar su nombre de pila, lo apodaron “Pancho” (“Ferenc” equivale a “Francisco” en español, y es el nombre de otro héroe nacional húngaro, el pianista y compositor Liszt). Al parecer, al volver a su país, a los húngaros también les dio fiaca y decidieron seguir llamándolo por su alias español.
Aún cuando al dejar Hungría -entonces comunista- fue tildado de “traidor a la patria”, hoy sus restos descansan en la catedral basílica de San Esteban, Budapest, donde es objeto de la idolatría nacional. Al punto tal que los húngaros afirman, sin ruborizarse, que cuando Puskás le pegaba una vez a la pelota, convertía dos goles.
¿No hay algo de argentino en esta historia? ¿Es tan aventurado imaginarse un futuro en el que nuestro máximo héroe futbolístico, “El 10” descanse en la catedral porteña junto a los restos de José de San Martín, y, ya que estamos, con nuestro propio Pancho, el del Vaticano?
La lista sigue. Seguramente algún musicólogo podrá encontrar coincidencias entre la ciclotímica música popular húngara y nuestro temperamental tango. Para no hablar del gusto compartido por la decadencia: tras el último Mundial no faltó quien vaticinó que el fútbol argentino podría terminar en la situación de intrascendencia actual de los magiares.
Tal parece, muchachos, que nos ha salido una nación imitadora allá en el centro de Europa. Para seguir con “Esperando la carroza”, casi podríamos exclamar, indignados: “¡Yo hago puchero, ella hace puchero. Yo hago ravioles, ella hace ravioles!”…

PETRONIO