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Baldíos: historia de una lucha santarroseña

LA SEMANA PAMPEANA

I – Santa Rosa volvió con una lucha histórica: la guerra al baldío. La historia de la ciudad es, en no poca medida, la historia de la especulación con la tierra urbana. Una maniobra que comenzó con un encumbrado pionero y maestro: el propio fundador Tomás Mason. Desde el trazado de la ciudad con calles angostas para maximizar los terrenos por superficie hasta la actitud que tuvo su descendencia en la recordada «sucesión Gil», responsable de la rápida extensión de la mancha urbana mientras en el centro pululaban los terrenos que no se vendían. Contra esa lógica especuladora del fundador se enfrentaron los socialistas cuando ganaron las elecciones municipales y se encontraron con una ciudad macrosuperficial donde, si se ocupaban todos los baldíos, hubiera albergado cinco o diez veces más población. La especulación obligaba a los vecinos a construir en las villas que rodearon el casco céntrico, foco de la especulación. Villa Santillán, Villa del Busto, Villa Alonso, Colonia Escalante, eran las alternativas que tenía el proletariado urbano santarroseño en el primer tercio del siglo pasado. El centro era para unas pocas familias, tradicionales, acaudaladas o ligadas a los negocios más rentables o al Estado.

II – El plan socialista para terminar con esa lacra urbana que obligaba al municipio a prestar servicios en una extensión artificiosamente grande para la cantidad de habitantes que tenía y dificultaba el acceso a la tierra para vivienda al pueblo llano, fue sencillo: aumentar varias veces el importe de los impuestos municipales a los baldíos. No fue la única ordenanza que aprobaron en su lucha contra la especulación. También, con la misma simpleza, sancionaron la ordenanza de «cercos y veredas»: todo baldío debía tener, obligatoriamente, cerco y vereda de material. Con esas dos herramientas comenzó la persecución de los especuladores que, de mala gana, comenzaron a vender sus terrenos. Pero otro sector de especuladores, más poderosos y relacionados con el poder político de entonces en la Nación, los más recalcitrantes, iniciaron acciones judiciales alegando que las tasas municipales del socialismo era «impuestos confiscatorios». La demanda prosperó. Era la justicia de la Década Infame que convalidaba los golpes militares en el nombre de la oligarquía y, desde luego, falló a favor de los especuladores urbanos santarroseños. Pero esa demanda tardó años en tener sentencia y, en el medio, buena parte de los baldíos fueron vendidos. Fue un golpe duro para la oligarquía terrateniente urbana lugareña.

III – La lógica del especulador es sencilla. Compra tierra urbana y espera que se «valorice». Pero ¿por qué se valoriza la tierra urbana? Por las mejoras que su dueño le haga o por las mejoras que los vecinos de esas tierras hagan. Un ejemplo: un terreno en un barrio alejado poco poblado cuesta poca plata. Pero en la medida que los vecinos construyan, lleven la luz, el agua, las cloacas, levanten un salón de usos múltiples, abran comercios, brinden servicios y hagan de ese solar de baldíos un barrio, el terreno del especulador, que no puso un peso y en la mayoría de los casos ni siquiera cortó el pasto, se valoriza. En estos días se ha informado que hay en Santa Rosa un baldío de 50 hectáreas. Algo obsceno en términos del contrato social que da forma a una ciudad.

IV – La lucha de los socialistas contra los baldíos como símbolos de la especulación caló tan hondo en la clase política progresista pampeana que quedó registrada en un artículo de la Constitución de 1960 que no fue modificado en la reforma de 1994. Dice el artículo 33: «La propiedad debe cumplir una función social y su explotación conformarse a la conveniencia de la comunidad. La expropiación, fundada en el interés social, deberá ser autorizada por ley y previamente indemnizada, beneficiando a la comunidad el mayor valor del suelo que no sea producto del esfuerzo personal o de la actividad económica del propietario, de acuerdo a la reglamentación que fije la ley». El artículo nunca fue reglamentado porque los especuladores siguen siendo un lobby poderoso en la provincia. Pero el espíritu de aquélla lucha contra el baldío quedó como una asignatura pendiente en la ciudad que, tímidamente en ocasiones y más decididamente en estos días, ha retomado aquéllas banderas y encara la guerra a la especulación urbana como lo que es, un ataque al espíritu de la ciudad como una construcción social solidaria.