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Basura: otra deuda de la municipalidad

Después de un año poco feliz para el municipio santarroseño, acosado por viejos y nuevos problemas sin resolver, quizás sea conveniente volver sobre una carencia cada vez más manifiesta en la ciudad: el tratamiento de la basura.
Santa Rosa acumula más de 120 toneladas de basura por día si se considera su población y los estudios estadísticos realizados en nuestro país sobre el promedio de generación de desechos per cápita. Y ello sin tomar en cuenta los efluentes orgánicos que se trasladan a través de la red cloacal. En lo que atañe a la basura generada en hogares y negocios, no cabe duda de que existe una evidente desactualización en el tratamiento que necesita, y que a esta altura del crecimiento de la ciudad se torna un grave problema.
Muy atrás en el tiempo quedaron aquellas viejas concepciones de los basurales como descampados alejados de las poblaciones en donde se acumulaban los desechos y, en el mejor de los casos, se cubrían con tierra o directamente se quemaban. Cierto que abundan todavía ciudades y megaciudades en donde buena parte del volumen de basura producida se arroja al mar (con las atroces consecuencias biológicas que ya registra el planeta) pero ese no sería el caso de Santa Rosa, ciudad mediterránea y de modestas dimensiones.
Hoy se sabe que, mediante un tratamiento adecuado, los desechos pueden generar buenos suelos, especialmente a partir de los avances de la bioquímica, pero es evidente que para ello debe existir un paso previo: la separación de los distintos componentes de la basura en las propias viviendas tal como se practica en las comunidades que más han avanzado en la materia.
Se impone entonces una selección de la basura ordenada y efectiva, que agrupe en forma diferenciada a la materia orgánica hogareña, los plásticos, el papel, el metal, etc. mediante la utilización de recipientes especiales no demasiado onerosos y que faciliten la tarea de los recolectores. Una actividad semejante se intentó hace algunos años, aunque no se la acompañó con una campaña enérgica por parte del municipio y, peor aún, al poco tiempo de iniciada se la abandonó a su suerte. Hoy no puede demorarse más una reactualización de aquel proyecto, con las mejoras que se considere necesario incorporar. Por ejemplo: algunas ciudades ya han avanzado en incorporar normativas que sancionan a las empresas que promueven la generación de basura a través de grandes envoltorios y envases no renovables.
No es tarea sencilla pero aparece como imprescindible. La salud pública y el progreso de la ciudad lo exigen sin demora. Los beneficios logrados por las comunidades que asumieron con seriedad el problema deberían ser el principal estímulo para no seguir viviendo en el atraso y la desidia.
Desde luego, semejante empresa requerirá un cambio de hábitos y de mentalidad tanto en las autoridades como en los vecinos. Los lamentables «minibasurales», focos infecciosos que abundan en las afueras de la ciudad, nos hablan con claridad de que estamos muy lejos todavía de lograr un nivel de conciencia social y ambiental que nos libere de estas calamidades. Las campañas de educación que acompañen a este proyecto tampoco pueden demorarse más.