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Belfast y los chorizos de Boris Johnson

CONSECUENCIAS DE LA POLITICA IMPERIAL BRITANICA

Si el premier británico entregó en bandeja a los irlandeses, ¿qué podían esperar los kelpers, aún con el laborioso lobby que hicieron en Londres y en Bruselas?
JOSE ALBARRACIN
Se suponía que 2021 sería el año en que Irlanda del Norte celebraría el primer centenario de su «creación». Aunque tal vez esa no sea la palabra adecuada para designar lo que sucedió, esto es, el mordiscón con que Inglaterra se manducó seis condados en el noreste de la isla, alrededor de Belfast, para «proteger» a sus súbditos de religión anglicana. Como quiera, con las consecuencias que está teniendo el Brexit, los irlandeses del norte no están para festejos. Más bien parecen estar preparándose para dejar de formar parte del llamado Reino Unido, y volver de una vez por todas a una Irlanda unida, pleno miembro de la Unión Europea.

Brexit.
Una de las condiciones que puso la UE para una salida negociada de Gran Bretaña, fue que no existiera una frontera «dura» dentro de la isla de Irlanda. Eso llevó necesariamente a que el límite se creara en el Mar de Irlanda, afectando así al comercio entre Londres y Belfast. Y no sólo por una cuestión arancelaria, sino sobre todo por los controles sanitarios, que son muy estrictos.
Esto motivó un rezongo del primer ministro Boris Johnson, que le preguntó a su par francés, Macron, qué le parecería si en Francia los chorizos de Toulouse no pudieran llegar a París. Cuando el francés le contestó que el ejemplo no valía, porque Toulouse y París estaban en el mismo territorio, el inglés se hizo el ofendido, protestando que Irlanda del Norte era parte del Reino Unido y que estaban afectando la soberanía de su país. Macron le contestó entonces que la UE se toma muy en serio la soberanía británica, que el Brexit era una expresión de eso, y que los funcionarios europeos habían invertido «miles de horas» en arreglar ese divorcio.
En realidad ni valía la pena gastarse. Lo que en verdad le importa a Johnson son los chorizos, no la soberanía; y mucho menos, los irlandeses.

Troubles.
Pero no todo es culpa del Brexit. Desde el tratado de 1998 que trajo la paz a Irlanda -dando fin a lo que ellos llamaban, eufemísticamente, los «problemas» (troubles) en que murieron 4.000 irlandeses- esa sociedad ha cambiado profundamente. El Partido Unionista, servil a Londres, ha perdido caudal electoral y se ha visto envuelto en varios escándalos que lo forzaron a expulsar a dos líderes en cuestión de semanas. En contrapartida está creciendo el Sinn Fein, la fuera política nacida del IRA.
Los católicos de Irlanda del Norte, que durante décadas sufrieron una discriminación en materia de empleo, educación, vivienda y derechos electorales no muy lejana al apartheid sudafricano, van camino a transformarse en la mayoría de la población. Pero más aún, a los irlandeses de ambos lados cada vez les importan menos las diferencias religiosas. Lo que quieren es vivir en paz… y en Europa.
Las nuevas generaciones, que han conocido la prosperidad económica, cada vez más se convencen de que una Irlanda unificada no es el fin del mundo. A lo sumo será el fin de la más antigua colonia inglesa.

Falkland.
Todo esto puede parecer muy lejano desde Argentina, pero no debe olvidarse que también por estos lares anduvo el Imperio Británico haciendo de las suyas, con su insufrible manía de dibujar límites en los mapas para proteger sus intereses. Ahí está como prueba el Uruguay, creado como país independiente para preservar la «libre navegación» del Río de La Plata, una tropelía que nos privó a los argentinos de los goles de Luis Suárez y de la sabiduría del Pepe Mujica.
Pero no sólo eso: el Brexit ha tenido también importantes consecuencias en la situación del gobierno en Malvinas (Falkland les llaman ellos). Si Boris Johnson entregó a los irlandeses en bandeja, ¿qué podían esperar los kelpers, aún con el laborioso lobby que hicieron tanto en Londres como en Bruselas?
La presión diplomática argentina logró que la UE desconociera el carácter de «territorio ultramarino» a las islas del Atlántico Sur. Y las consecuencias no sólo fueron diplomáticas, sino sobre todo económicas. Ahora las exportaciones malvinenses a Europa pagarán saladas tarifas. La carne de cordero tributará un 42%, lo que los dejará fuera del mercado, incluso del inglés. En cuanto a la pesca, la tasa va del 6% al 18%, y afecta principalmente al calamar, que representa la mitad de todo lo que exportan. Curiosamente en este conflicto tienen un aliado inesperado: el reino de España, ya que son buques de esa bandera los que transportan y procesan luego (en Vigo) la pesca de los isleños. Cuando les tocan el bolsillo se olvidan de Gibraltar y de la «relación privilegiada» con Argentina y Latinoamérica.
La debacle económica que se anuncia para los kelpers, crea una oportunidad única para la diplomacia argentina. Como lo demuestra el caso irlandés -y los chorizos de Boris Johnson- cuando suenan las tripas se pone difícil hacerse el principista. Después de todo, no hay nada más anglosajón que la frase de Groucho Marx: «Estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros».