Bob Marley, la deuda externa y el colonialismo

DOMINICALES

Corría abril de 1980 y en la capital Harare preparaban los festejos por la independencia de la naciente Zimbabwe, última nación africana en sacudir el yugo colonial. En el aeropuerto confluyeron dos curiosos personajes. Uno, el músico jamaiquino Bob Marley, ya entonces una estrella internacional con su ritmo de reggae. Otro, el insípido y aún soltero Príncipe Charles, que llegaba a la ex Rodesia para recoger la bandera de su país en retirada.

Dignidad.
Cuenta la leyenda que Charles le mandó un mensajero a Marley, manifestándole su intención de conocerlo. Bob le mandó otro contestándole que, si tenía interés en conocerlo, por qué no se acercaba él mismo. El encuentro nunca se produjo. Pero la anécdota bien vale para retratar el contraste entre el pasado colonial y el digno presente de los otrora sojuzgados. De un lado estaba el decadente heredero del que durante el siglo XIX fuera el imperio más poderoso del mundo. Del otro, un joven negro, nacido en la pobreza rural del Caribe, transformado en estrella internacional a base de puro talento.
Aún cuando continúan existiendo colonias en el mundo -las Islas Malvinas entre ellas- lo cierto es que el mundo colonial fue herido de muerte a fines de la Segunda Guerra Mundial. Y aunque hubo resistencia notorias, como la de Francia -que no quería ceder Indochina ni Argelia- ese sistema de explotación internacional yace ya en el basurero de la historia.
Lo que llama la atención de aquel pico del proceso de descolonización es su coincidencia temporal con otro fenómeno global del que por algún motivo -o por algunos billetes- se habla bastante poco: la crisis de la deuda externa.

¿Casualidad?
Tampoco la deuda externa era un fenómeno nuevo. En nuestro país esa historia se remonta a 1824, cuando el gobernador de Buenos Aires, Bernardino Rivadavia, le endilgó al país el ruinoso préstamo de la compañía inglesa Baring Brothers, que se terminó de pagar recién en 1947.
Lo de los años 70, sin embargo, fue mucho más grave. El mundo entró en recesión a partir de la crisis del petróleo en 1973, y los países latinoamericanos vieron cómo su deuda externa se cuadruplicó entre 1975 y 1982. No por casualidad, estos países estaban todos gobernados por dictaduras alineadas con Washington. Tampoco fue casual que pese a ese enorme flujo de dinero, la región se desindustrializara a pasos agigantados.
La explicación más difundida de las causas de este fenómeno de endeudamiento, fue la abundancia de “petrodólares” que, al volcarse al sistema financiero internacional, “forzó” a los bancos a colocar préstamos en las naciones del Tercer Mundo. Los banqueros, según esta explicación, serían unos samaritanos a los que el cálculo les salió un poco mal, dejando un tendal de deudores famélicos, aunque nunca dejaron de cobrarles puntualmente.

Mismo perro.
Existe, por supuesto, otro enfoque para ver el asunto. Y ya que hablamos de Africa, pongámoslo en la voz de Thomas Sankara, ex presidente de Burkina Faso: “Los que hoy nos prestan dinero son los mismos que antes nos colonizaron, los que siempre manejaron nuestros estados y nuestras economías”.
Según esta visión, entonces, el colonialismo y el sistema de la deuda externa no serían más que el mismo perro, con diferente collar. Un sistema de dominación que permite controlar las decisiones económicas de los países periféricos, sin molestarse en disparar una bala ni en tomarse el trabajo de gobernarlos. Que EEUU impulsara el proceso de descolonización tras la Segunda Guerra, sólo se debería entonces a que su modelo de dominación internacional era diferente: más financiero que militar.
Esto explicaría, entonces, por qué motivo los gobiernos de corte popular se esfuerzan especialmente por desendeudar a sus países. Y también explicaría cómo es que cada vez que sube un gobierno “neoliberal”, la deuda explota astronómicamente.

One love.
Dicen quienes examinan este fenómeno desde una perspectiva libertaria, que hoy vivimos un proceso de crecimiento de la deuda similar, aunque más profundo, que el provocado por la recesión de los años setenta (en nuestro caso el catalizador fue la crisis financiera de 2008).
Así sería cómo naciones como Grecia o Puerto Rico han caído a la categoría de “Debt colonies” (colonias de la deuda) y cómo Alemania logró controlar Europa ya sin necesidad de pistolas, a fuerza de pura chequera.
Y así sería también cómo el FMI acaba de colonizar nuestro Banco Central, y se nos pide ahora que nos enamoremos de su presidenta, una mujer con aspecto de ave rapaz a la que, en su país de origen, están tratando de poner en una jaula.

PETRONIO