Boris Johnson y el populismo reaccionario

La noticia escueta dice que el ministro de relaciones exteriores de Gran Bretaña, Boris Johnson,acaba de renunciar a su cargo por discrepancias con la primera ministra Theresa May, acerca del plan a implementar para la salida de la Unión Europea. El hecho podría no tener mayor trascendencia, especialmente en una monarquía parlamentaria donde estos cambios en el gabinete son frecuentes. Pero mirando un poco más de cerca al personaje, se revelan algunos patrones comunes inquietantes.

Brexit.
Aún cuando no es inglés nativo -su llegada al mundo se produjo en Nueva York hace poco más de 54 años- Boris Johnson llegó a ser, apenas dos años atrás, uno de los políticos más populares del Reino Unido. Su primera profesión fue el periodismo, y sus artículos contrarios a la Unión Europea solían hacer las delicias de Margareth Thatcher. Cuando se lanzó a la política, bajo el ala de partido conservador, tuvo la buena fortuna de postularse para la intendencia de Londres ante un desgastado alcalde laborista, lo que le valió acceder a ese cargo crucial por dos períodos consecutivos entre 2008 y 2016.
Fue en este último año que Johnson -junto al también ex miembro del gabinete, Michael Gove- encabezó la campaña que promovía la salida de su país de la Unión Europea, en el referéndum que tuvo lugar en junio. Cuando el voto popular favoreció la propuesta del “Brexit” (apócope de “Bretaña” y “Exit” o “salida”) parecía lo más lógico que fueran los adalides de esta propuesta quienes llevaran a cabo la voluntad popular de salir de Europa. Y ahí fue cuando empezaron los problemas.

Escondidas.
Aún cuando su ascendiente estrella política y el sorpresivo resultado del referendum lo colocaban en una posición inmejorable para asumir como primer ministro, Johnson declinó esa posibilidad, forzando a su partido a elegir a la moderada Theresa May. Desde ese momento el país se encuentra virtualmente paralizado hasta en los asuntos más nimios de la administración y la política, debatiéndose casi exclusivamente sobre si la salida de Europa debe hacerse suave o violentamente. Por supuesto, nuestro Boris se pronuncia por la segunda opción, aunque nunca se haya molestado en entrar en detalles sobre cómo podría llevarse a cabo.
Siempre atento a los medios, esta semana orquestó su renuncia al gobierno con una larga y florida carta -para cuya firma posó ante los fotógrafos, con cara de prócer- en la que ventilaba sus temores de que Gran Bretaña se termine convirtiendo en una “colonia”. Una palabra con hondas resonancias para los ciudadanos del que fuera el mayor imperio mundial del siglo XIX.

Complejidades.
Lo que pasó, en realidad, es relativamente claro. La campaña a favor del Brexit se basó en una serie de atroces mentiras -acaso porque sus promotores nunca pensaron que ganarían- tales como que salir de Europa le traería enormes recursos de vuelta al país, que recuperaría su soberanía usurpada por los tecnócratas de Bruselas, y podría controlar sus fronteras ante el aluvión de indeseables inmigrantes.
La realidad, por supuesto, era más compleja: la verdad es que Gran Bretaña, para salir de Europa, lejos de enriquecerse, deberá pagar una cuantiosa deuda en millones de euros. A su vez, como su comercio principal es con los países del continente, podrá dejar de ser miembro de la Unión Europea, pero no podrá dejar de someterse a las reglas comerciales que ésta impone a todos los países ajenos al bloque. Por otra parte, luego de más de medio siglo de tratados y leyes comunes entre los países de la UE, desatar toda esa maraña jurídica resulta una tarea ciclópea. Acaso podrá frenar la entrada de algunos inmigrantes, pero no podrá frenar el éxodo de profesionales y trabajadores calificados que buscarán continuar siendo europeos. Y, acaso, hasta termine perdiendo a Escocia -que votó a favor de Europa en el referendum- como miembro del reino.
Todas estas complejidades no llegan a conmover a Johnson, quien es notoriamente renuente -algunos dicen, vago- para ingresar en el análisis de los detalles de cada problema.

Calcos.
A esta altura resulta imposible no comparar a este personaje con el presidente norteamericano, a quien dice admirar, y hasta pareciera imitar en el aspecto físico, el exhibicionismo y el temperamento. Luego de aventurar que hay “método en la locura” de Trump, dijo soñar con que fuera éste quien condujera la negociación del Brexit. Trump, siempre sensible a las zalamerías, les contestó de inmediato asegurando que, según él, Johnson sería un excelente primer ministro inglés.
Así son los dirigentes del nuevo “populismo reaccionario”: parecen calcados. La misma superficialidad, el mismo desprecio por el conocimiento y el trabajo ajeno, la misma incapacidad a la hora de mantener un equipo de gobierno funcionando. La misma invocación al patriotismo, mientras se empeora sensiblemente la condición de vida de sus conciudadanos. La misma tendencia a confundir los negocios particulares con la cuestión pública.
Eso sí, Boris Johnson jamás les prometió “pobreza cero” a los británicos. Algún resquicio de responsabilidad parece anidar en él.

PETRONIO